Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 10

El suelo de madera del salón tres se convirtió en una sala de tormento donde Roxanne Dubois ejercía su tiranía con una sonrisa impecable.

Amparada en el aval del ministerio y en su estatus de prima ballerina, Roxanne tomó el control absoluto de las correcciones del cuerpo de baile. Su fijación con Valeria fue inmediata y despiadada.

—Repite la diagonal, campesina —ordenaba Roxanne desde una silla alta, batiendo las palmas con un ritmo asfixiante—. Las zapatillas no tocan el piso al unísono. Otra vez. Y esta vez con el empeine estirado de verdad, a menos que en tu tierra llamen danza a arrastrar los pies.

Fueron tres horas ininterrumpidas de saltos, giros y caídas forzadas. Cuando el resto de las bailarinas recibió la orden de retirarse, Roxanne retuvo a Valeria para pulir los arabesques una y otra vez. Las medias blancas de Valeria comenzaron a teñirse de un tono carmín oscuro a la altura de los dedos; el roce constante contra el satén desgarraba la piel ya maltratada, pero ella no emitió un solo gemido ni bajó la guardia. Mantuvo la barbilla en alto, soportando la humillación física con una frialdad pétrea que desquiciaba a Roxanne.

El quiebre definitivo llegó al caer la tarde, en el pasillo desierto que conducía a los vestuarios de la planta baja.

Roxanne la interceptó apoyada contra el marco de caoba, cruzada de brazos con guantes de seda negra y una mirada cargada de un veneno insidioso.

—Tienes resistencia, te lo concedo —soltó Roxanne, bloqueándole el paso—. Pero la terquedad no te va a comprar un futuro aquí. Julian Vance cree que puede jugar a ser tu salvador, pero no tiene idea del tipo de plaga que metió en este teatro.

Valeria se detuvo en seco. Apretó la bolsa de ensayo contra su costado, sintiendo el latido sordo de sus pies ensangrentados.

—Apártate de mi camino, Roxanne —respondió Valeria, con una voz tan baja y cortante que resonó en la penumbra del corredor.

Roxanne soltó una risa seca, aguda y cargada de desprecio. Dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal.

—¿Te crees muy intocable, verdad? He leído tu expediente, Valeria. Sé de dónde vienes y conozco el rastro que dejaste atrás. Huérfana trágica. Tus propios padres muertos en la carretera... y esos amigos tuyos que se quitaron la vida. ¿De verdad crees que la gente no habla? Eres un mal augurio andante. Todos a tu alrededor terminan bajo tierra, como si cargaras una maldición pudriéndolo todo. Julian Vance terminará exactamente igual, pudriéndose en una tumba por acercarse a ti. Estás condenada a destruir a cualquiera que intente quedarse a tu lado.

Las palabras cayeron sobre Valeria como plomo fundido. El terror visceral de su propio secreto, expuesto con tanta crueldad por una extraña, la golpeó en el centro del pecho, sofocándola por completo. Una marea negra y ardiente amenazó con romper sus defensas. El instinto destructivo, esa sombra que habitaba en el fondo de su conciencia, rugió exigiendo sangre: borrar a Roxanne, quebrarla, callar esa boca para siempre.

Pero la imagen de Genevieve postrada en una cama de hospital, conectada a máquinas y al borde del abismo, se interpuso en su mente como una advertencia espantosa.

No. No pienses. No desees nada.

Valeria clavó las uñas en las palmas de sus manos hasta rasgarse la piel, forzando a su mente a un vacío absoluto. Respiró entrecortadamente, aterrada de que un solo pensamiento de ira pudiera desatar otra tragedia y confirmar que realmente era el monstruo que Roxanne describía. Sin responder una sola sílaba, esquivó a Roxanne con un movimiento rápido y se perdió en el vestuario, encerrándose con pestillo mientras temblaba de pies a cabeza, luchando una guerra silenciosa para no desatar la muerte otra vez.

Mientras tanto, en el último piso del conservatorio, la escena no había pasado inadvertida.

Julian estaba de pie junto a los ventanales de su despacho privado, con las manos entrelazadas en la espalda y la mandíbula tensa como el acero. Sus informantes ya le habían detallado cada segundo de los ensayos y cada palabra escupida en el corredor. Ver a su obsesión reducida a sangrar en las tablas y escuchar cómo tocaban las heridas que él mismo custodiaba encendió una furia metódica y peligrosa.

El Estado protegía a Roxanne a través de contratos, pero Julian no necesitaba tribunales para doblegar a una bailarina.

Tomó el auricular del teléfono de baquelita de su escritorio y marcó un número privado con movimientos pausados.

—Miller —dijo Julian con una calma espectral cuando la línea conectó—. El perdón de tu deuda sigue en pie, pero vas a trabajar para ganártelo. Hay una mujer llamada Roxanne Dubois. Quiero los registros de sus médicos privados en Viena, sus transacciones no declaradas y los contratos de patrocinio ministerial antes de que amanezca. Si tiene un solo punto débil, lo quiero sobre mi mesa. Y si no lo tiene... encárgate de fabricarlo.

Colgó despacio, con la vista fija en la llovizna que golpeaba el cristal.

Julian sonrió sin calidez alguna. Valeria se negaba a pelear y temblaba ante sus propios fantasmas, pero él no tenía escrúpulos ni temores morales. Destruiría a Roxanne pieza por pieza, limpiando el escenario con sus propias manos para devolver a Valeria al lugar que le pertenecía.




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