Sofía Rosales tenía un plan. No era un plan perfecto —ninguno lo es cuando se trata de emociones—, pero sí era lo suficientemente audaz para poner a prueba a LoveMatch y, de paso, al mismísimo Cristian Rodríguez.
La idea era simple: crear un “Laboratorio del Amor” dentro de la empresa, un espacio donde empleados y usuarios seleccionados pudieran probar nuevas funciones de la app en tiempo real, compartir historias y, lo más importante, reírse de los errores.
—El humor es la mejor forma de conectar —explicó Sofía en la reunión de equipo—. Si la gente se ríe, se relaja. Y si se relaja, se abre.
Cristian la miró con escepticismo. —¿Y qué pasa si se ríen de nosotros?
—Entonces habremos logrado que nos recuerden —respondió ella, con una sonrisa traviesa.
El primer día del experimento, Sofía decoró la sala con luces cálidas, pizarras llenas de frases motivacionales y un rincón con disfraces ridículos: sombreros de unicornio, gafas gigantes y boas de plumas.
—¿Esto es una app de citas o un carnaval? —preguntó Cristian, entrando con su traje impecable.
—Es un laboratorio —corrigió Sofía—. Y los laboratorios necesitan pruebas.
Lucas apareció con unas gafas de sol en forma de corazón. —Yo estoy listo para la ciencia.
Cristian lo fulminó con la mirada. —Esto es ridículo.
—Ridículamente efectivo —replicó Sofía, mientras repartía tarjetas con preguntas divertidas para romper el hielo: “¿Cuál fue tu cita más desastrosa?”, “Si fueras un meme, ¿cuál serías?”, “¿Qué canción cantarías en un karaoke para impresionar?”
Los primeros voluntarios comenzaron a interactuar. Una chica confesó que su peor cita había sido con un hombre que llevó a su madre al encuentro. Otro dijo que había fingido ser alérgico al sushi para escapar de una cena incómoda.
Las risas llenaron la sala. Sofía observaba satisfecha. Cristian, en cambio, intentaba mantener la compostura, aunque sus labios se curvaban apenas.
—¿Ve? —dijo Sofía, acercándose—. La gente se abre cuando se ríe.
Cristian negó con la cabeza. —Esto no es ciencia.
—Es empatía —corrigió ella. —Y la empatía es la base de cualquier conexión.
En un momento, Mariana apareció con una caja de accesorios.
—¡Traje narices de payaso! —anunció, como si fuera la heroína del día.
Sofía se rió. —Perfecto para el experimento.
Mariana le colocó una nariz roja a Cristian. Él intentó quitársela, pero Sofía lo detuvo.
—Déjela. Le queda bien.
Cristian la miró con incredulidad. —Soy el CEO de una empresa multimillonaria.
—Y ahora también es el CEO con más estilo —replicó Sofía, guiñándole un ojo.
Lucas tomó una foto y la subió al chat interno de la empresa. En minutos, todos los empleados comentaban: “El CEO sin corazón tiene nariz de payaso.”
Cristian suspiró. —Esto es un desastre.
—No —dijo Sofía, sonriendo—. Esto es humanidad.
Al final del día, los voluntarios llenaron encuestas. La mayoría coincidía en que se habían sentido más cómodos, más auténticos y más dispuestos a compartir.
—Los resultados son claros —dijo Sofía, mostrando las gráficas—. El humor y la empatía aumentan la participación.
Cristian miró los números en silencio. Por primera vez, no tenía argumentos en contra.
Esa noche, Sofía escribió en su diario:
Hoy nació el Laboratorio del Amor. Hubo risas, confesiones y hasta narices de payaso. Cristian no lo admitió, pero se rió. Y yo… yo sé que cada sonrisa, por pequeña que sea, es un paso hacia su corazón.
Cristian, en su departamento, miraba la foto de sí mismo con la nariz roja. No entendía por qué, pero le hacía sonreír. Solo un poco.