La entrevista había sido un éxito. Los titulares hablaban del “CEO sin corazón que finalmente cree en el amor”. LoveMatch estaba en boca de todos, las descargas aumentaban y Sofía se sentía más segura que nunca. Pero Cristian… no.
En su departamento, Cristian se encerró. Apagó el celular, evitó reuniones y dejó que los correos se acumularan. La exposición pública lo había desestabilizado.
—No sé si puedo con esto —murmuró, mirando la pantalla apagada de su laptop.
El recuerdo de sus palabras en televisión lo perseguía: “Somos una historia que apenas comienza.” Era cierto, lo había sentido, pero ahora le parecía demasiado grande, demasiado real.
Sofía intentó acercarse. Llamó varias veces, envió mensajes, incluso fue hasta su departamento.
—Cristian, abra la puerta —dijo, golpeando suavemente.
Él respondió desde adentro, con voz apagada. —No quiero hablar.
—No puede esconderse para siempre.
—No estoy escondiéndome. Estoy… pensando.
Sofía suspiró. —Pensar está bien. Pero no deje que el miedo decida por usted.
El silencio fue su única respuesta.
En la oficina, Mariana dramatizaba la situación como si fuera una novela.
—¡El héroe está en crisis! —exclamó, repartiendo donas como si fueran boletos de teatro. —Después de declarar su amor, se encierra en su torre.
Lucas, tímido, comentó: —Tal vez necesita tiempo.
—Tiempo sí, pero no tanto —replicó Mariana—. Si se tarda demasiado, Sofía se va a cansar.
Cristian pasaba las noches mirando una caja de recuerdos de su madre. Fotos, cartas, pequeños objetos que guardaba desde niño. Recordaba cómo ella siempre le decía que el amor era lo único que valía la pena.
—¿Y si estaba equivocada? —murmuró, con lágrimas contenidas. —¿Y si el amor solo complica todo?
Pero en el fondo, sabía que no era así. Lo que lo complicaba era su miedo.
Esa noche, Sofía escribió en su diario:
Cristian está en crisis. Se encierra, se aleja, y yo no sé cómo alcanzarlo. Lo entiendo, porque abrirse al amor no es fácil. Pero duele verlo así. Y yo… yo estoy aquí, esperando que decida salir.
Cristian, en su departamento, pensaba en Sofía. En su sonrisa, en su calma, en cómo lo hacía sentir vivo. Por primera vez, se preguntó si huir era peor que arriesgarse.