LoveMatch había renacido, pero Cristian aún sentía que algo faltaba. La empresa estaba más fuerte que nunca, los usuarios celebraban la autenticidad y Mariana narraba cada paso como si fuera una novela. Sin embargo, Cristian sabía que el verdadero cambio debía ocurrir dentro de él.
Una mañana, Cristian entró a la oficina y vio a los empleados riendo mientras compartían historias de citas fallidas que habían terminado en amistad. Por primera vez, no pensó en métricas ni en proyecciones. Pensó en lo que significaba sentir.
—El amor no es una fórmula —murmuró para sí mismo. —Es un riesgo.
Mariana lo interceptó en el pasillo, como siempre, con una caja de donas.
—¡Lo sabía! —exclamó, señalándolo con una dona glaseada. —El CEO sin corazón está aprendiendo a sentir.
Cristian arqueó una ceja. —¿Y cómo sabes eso?
—Porque ya no hablas de números, hablas de riesgos. Y el amor es el mayor riesgo de todos.
Cristian suspiró. —Tal vez tengas razón.
—Claro que la tengo —replicó Mariana, con una sonrisa traviesa. —Y Sofía lo sabe.
Más tarde, Cristian se reunió con Lucas.
—Siempre pensé que mostrar emociones era una debilidad —dijo Cristian.
Lucas, tímido pero firme, respondió: —No lo es. Es lo que nos hace humanos.
Cristian lo miró fijamente. —Entonces debo aprender a ser humano.
—Ya lo eres —replicó Lucas. —Solo tienes que aceptarlo.
Esa noche, Cristian salió a caminar bajo la lluvia ligera. Recordó a Sofía, su sonrisa, su calma, su manera de convertir los errores en oportunidades.
—La extraño —admitió en voz baja. —Y no quiero seguir huyendo.
Por primera vez, sintió que estaba listo para buscarla.
Esa noche, Sofía escribió en su diario desde lejos:
Hoy escuché que Cristian habló de riesgos, no de números. Tal vez está aprendiendo a sentir. Y yo… yo estoy aquí, esperando que lo demuestre.
Cristian, en su departamento, pensaba en ella. En cómo todo lo que había evitado ahora era lo que más deseaba.