LoveMatch había decidido dar un paso audaz: organizar una fiesta de solteros para promocionar la app. El evento se celebraría en un hotel elegante de la ciudad, con luces de neón, música, juegos de compatibilidad y un DJ que mezclaba reguetón con baladas románticas.
Sofía estaba emocionada. Para ella, era la oportunidad perfecta de mostrar que el amor podía ser divertido, espontáneo y accesible. Cristian, en cambio, lo veía como una pesadilla corporativa.
—Esto es ridículo —murmuró Cristian, ajustando su corbata frente al espejo del camerino.
—No es ridículo —replicó Sofía, entrando con un vestido rojo que irradiaba confianza—. Es marketing con diversión.
Cristian la miró incrédulo. —¿Diversión? ¿Con cientos de desconocidos buscando pareja en un salón lleno de globos?
—Exacto —respondió Sofía, sonriendo—. Es como un laboratorio social… pero con música.
Mariana apareció en ese momento con una bandeja de donas decoradas con corazones. —¡Bienvenidos al circo del amor! —exclamó, repartiendo dulces como si fueran boletos de lotería.
Cristian suspiró. —Esto no es un circo.
—Claro que lo es —replicó Mariana—. Y ustedes son los protagonistas.
La fiesta comenzó con juegos de compatibilidad. Los asistentes se emparejaban al azar y respondían preguntas divertidas: “¿Prefieres pizza o sushi?”, “¿Cuál fue tu peor cita?”. Los errores de la app, que habían generado perfiles duplicados y citas mal programadas, se convirtieron en bromas internas.
Un usuario levantó la mano: —¡LoveMatch me emparejó con mi vecino!
El público estalló en risas. Sofía aprovechó el momento. —¿Ven? A veces los errores nos acercan más de lo que pensamos.
Cristian observaba desde el escenario, incómodo pero intrigado.
En medio de la fiesta, alguien propuso un reto: emparejar a Cristian y Sofía en el juego de compatibilidad.
—¡El CEO sin corazón y la consultora optimista! —gritó Mariana, animando al público.
Cristian intentó negarse, pero la multitud lo ovacionó. Sofía lo miró con complicidad.
—Vamos, no es tan grave.
—Es humillante —replicó él.
—Es divertido —corrigió ella.
Finalmente, Cristian cedió. Se sentaron frente a frente, con micrófonos en mano.
—Primera pregunta —anunció el DJ—: ¿Cuál es tu cita ideal?
Sofía respondió sin dudar: —Una cena sencilla, con risas y buena conversación.
Cristian se quedó en silencio. Finalmente dijo: —Una noche tranquila, sin interrupciones.
El público aplaudió. Sofía sonrió.
Más tarde, mientras la música llenaba el salón, Cristian y Sofía se encontraron en la terraza del hotel.
—No entiendo cómo logras que todo esto parezca… aceptable —dijo él, mirando las luces de la ciudad.
—Porque no es perfecto —respondió Sofía—. Y lo imperfecto es lo que nos conecta.
Cristian la miró fijamente. Por primera vez, no discutió.
Mariana apareció de nuevo, con otra bandeja de donas. —¡Esto es mejor que cualquier telenovela! —exclamó. —El CEO amargado empieza a sonreír.
Sofía rió. Cristian suspiró, pero no pudo evitar sonreír también.
Esa noche, Sofía escribió en su diario:
Hoy fue la fiesta de los solteros. La app falló, pero la vida acertó. Cristian participó, aunque no quería, y por un momento lo vi relajarse. Fue un pequeño triunfo. Y yo… yo estoy aquí para ver qué más puede sorprendernos.
Cristian, en su departamento, pensaba en la respuesta de Sofía sobre la cita ideal. Por primera vez, se preguntó si una cena sencilla con risas y buena conversación no era exactamente lo que necesitaba.