La crisis de Cristian había dejado a Sofía en un estado de incertidumbre. Aunque él había declarado públicamente que eran “una historia que apenas comienza”, ahora se encerraba en su departamento, evitando verla y rechazando cualquier intento de acercamiento.
En la oficina, Sofía trataba de mantener la calma. Revisaba métricas, organizaba reuniones y sonreía frente a los demás. Pero por dentro, la duda la consumía.
—¿Y si estoy forzando algo que no existe? —susurró para sí misma, mirando la pantalla de su laptop.
Mariana apareció, como siempre, con una caja de donas. —¡No digas eso! Tú eres la chispa que encendió al CEO sin corazón.
—¿Y si no soy suficiente? —preguntó Sofía, con voz baja.
Mariana la miró fijamente. —Sofía, tú no eres una campaña. Eres la historia.
Lucas, tímido pero sincero, se acercó más tarde.
—Sé que Cristian está en crisis, pero no es por ti. Es por él.
—Lo sé —respondió Sofía—. Pero duele sentir que me está alejando.
—No lo hace porque no te quiera cerca. Lo hace porque no sabe cómo manejar lo que siente.
Sofía suspiró. —¿Y si nunca aprende?
Lucas la miró con calma. —Entonces será su pérdida.
Esa noche, Sofía se quedó sola en su departamento, con su diario abierto frente a ella.
Hoy dudé de mí misma. Dudé de lo que soy, de lo que represento, de lo que siento. Cristian se encierra, y yo me pregunto si estoy luchando contra un muro. Pero también sé que no puedo rendirme. Porque el amor no es perfecto, y yo… yo estoy aquí para demostrarlo.
Mientras tanto, Cristian seguía aislado, pero pensaba en Sofía. En su sonrisa, en su calma, en cómo lo hacía sentir vivo. Y aunque no lo admitía, sabía que su crisis no era por ella… sino por el miedo a perderla.