Hay un momento en la vida en el que comprendes algo que, aunque parece sencillo, puede cambiar profundamente tu manera de vivir:
ningún camino importante viene acompañado de garantías.
No existe una firma que asegure que una decisión será perfecta.
No hay un documento que certifique que la persona que amas nunca te decepcionará.
No existe una promesa humana capaz de garantizar que aquello por lo que trabajas tendrá exactamente el resultado que imaginas.
Tampoco podemos saber con absoluta certeza qué traerá el próximo año, el próximo mes, la próxima semana o incluso el día siguiente.
Y, sin embargo, seguimos avanzando.
Compramos un boleto sin conocer todas las circunstancias del viaje.
Comenzamos una relación sin saber cuánto durará.
Aceptamos un trabajo sin conocer cada dificultad que encontraremos.
Estudiamos durante años sin tener la certeza absoluta de dónde nos llevará aquello.
Plantamos una semilla sin poder exigirle una fecha exacta a la tierra.
Amamos sin garantías.
Perdonamos sin garantías.
Oramos sin garantías de recibir exactamente la respuesta que deseamos.
Y vivimos.
Porque vivir consiste, en gran medida, en aprender a caminar sobre un terreno que nunca podemos conocer completamente.
Quizás una de las razones por las que sufrimos tanto no sea solamente la incertidumbre, sino nuestra insistencia en convertir la vida en algo que debería ofrecernos certezas permanentes.
Queremos saber cómo terminará.
Queremos conocer el resultado antes de comenzar.
Queremos asegurarnos de que no sufriremos.
Queremos comprobar que nuestra decisión será correcta.
Queremos saber si esa persona permanecerá.
Queremos saber si nuestro esfuerzo dará frutos.
Queremos saber si la oración será respondida.
Queremos saber si el camino que estamos recorriendo finalmente conducirá al lugar que imaginamos.
Y cuando no podemos obtener esas respuestas, aparece la inquietud.
Entonces la mente comienza a fabricar escenarios.
“¿Y si sale mal?”
“¿Y si pierdo?”
“¿Y si me equivoco?”
“¿Y si no puedo?”
“¿Y si aquello que espero nunca ocurre?”
“¿Y si todo cambia?”
La imaginación, que puede ser una fuente maravillosa de creatividad, puede convertirse también en una fábrica de amenazas cuando intenta resolver aquello que todavía no ha sucedido.
Pero existe otra posibilidad.
Podemos aprender a decir:
“No sé qué sucederá. Pero puedo decidir cómo caminaré mientras lo descubro.”
Esa frase contiene una forma distinta de libertad.
No elimina la incertidumbre.
La hace habitable.
Y quizás eso sea una de las grandes enseñanzas de la conciencia plena: no necesitamos conocer todo el camino para dar el siguiente paso.
LA NECESIDAD DE SABER CÓMO TERMINA
A muchas personas les cuesta comenzar porque necesitan conocer el final.
Quieren garantías antes de comprometerse.
Quieren seguridad antes de arriesgar.
Quieren certezas antes de confiar.
Pero imagina que la vida funcionara de esa manera.
Imagínate recibiendo, antes de cada decisión, un informe completo:
“Esto ocurrirá.”
“Esto no ocurrirá.”
“Esta persona permanecerá.”
“Esta otra se irá.”
“Este proyecto funcionará.”
“Este otro fracasará.”
“Esta decisión te hará feliz.”
“Esta experiencia te hará sufrir.”
Quizás al principio pensarías que sería maravilloso.
Pero con el tiempo descubrirías algo extraño.
Si conocieras absolutamente todas las respuestas, muchas decisiones perderían su significado.
La vida dejaría de ser descubrimiento.
Sería simplemente ejecución.
Parte de nuestra existencia consiste precisamente en avanzar hacia aquello que todavía no conocemos.
Por eso la incertidumbre no es necesariamente un error de la vida.
Es una condición de la vida.
No siempre necesitas una garantía.
A veces necesitas suficiente claridad para dar el siguiente paso.
Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.
La garantía dice:
“Quiero saber que todo saldrá bien.”
La claridad dice:
“Quiero saber qué puedo hacer ahora.”
La primera intenta controlar el futuro.
La segunda se ocupa responsablemente del presente.
La primera exige una respuesta completa.
La segunda acepta una respuesta parcial.
Y muchas veces Dios trabaja precisamente en esos espacios parciales.
No porque quiera confundirte.
Sino porque quizás el camino no se revela de una sola vez.
EL FUTURO NO FIRMA CONTRATOS
Existe una fantasía muy humana:
creer que, si hacemos todo correctamente, podremos conseguir que la vida cumpla exactamente nuestros planes.
Pero la existencia no firma contratos.
Puedes hacer las cosas bien y encontrarte con dificultades.
Puedes amar sinceramente y ser herido.
Puedes trabajar con dedicación y atravesar una etapa de fracaso.
Puedes cuidar una relación y descubrir que la otra persona eligió otro camino.
Puedes prepararte muchísimo y aun así encontrarte con circunstancias que nadie podía prever.
Eso no significa que actuar correctamente sea inútil.
Significa que nuestra responsabilidad llega hasta nuestras decisiones, pero no alcanza a controlar todas las variables de la realidad.
Comprender esto puede ser profundamente liberador.
Porque muchas personas se culpan por resultados que nunca estuvieron completamente bajo su control.
Se dicen:
“Debí haberlo previsto.”
“Debí haber sabido.”
“Debí haber hecho algo diferente.”
“Si hubiera tomado otra decisión…”
Pero hay una pregunta más justa:
“Con la información que tenía en aquel momento, ¿hice lo mejor que pude?”