Hay decisiones que creemos tomar libremente.
Elegimos una profesión.
Una relación.
Un lugar donde vivir.
Una manera de vestir.
Una forma de trabajar.
Un modo de hablar.
Una manera de relacionarnos.
Una idea sobre el éxito.
Una definición de felicidad.
Una forma de entender a Dios.
Una determinada imagen de nosotros mismos.
Y pensamos:
“Esto es lo que yo quiero.”
Pero, algunas veces, debajo de nuestras decisiones existen voces mucho más antiguas.
Voces que escuchamos cuando éramos pequeños.
Frases que alguien dijo una vez.
Expectativas familiares.
Experiencias dolorosas.
Temores aprendidos.
Normas culturales.
Fracasos.
Comparaciones.
Rechazos.
Comentarios que parecían insignificantes.
Promesas que hicimos para protegernos.
Conclusiones que sacamos cuando todavía no teníamos suficiente experiencia para comprender lo que estaba ocurriendo.
Y algunas de esas conclusiones continúan viviendo dentro de nosotros muchos años después.
Quizá alguien te dijo:
“Eso no es para ti.”
Y comenzaste a creerlo.
Quizá escuchaste:
“Hay que conformarse.”
Y confundiste conformidad con madurez.
Quizá aprendiste:
“No confíes demasiado.”
Y comenzaste a cerrar el corazón.
Quizá escuchaste:
“Los hombres no lloran.”
O:
“Debes ser fuerte.”
O:
“Primero están los demás.”
O:
“Si quieres que te quieran, tienes que complacer.”
O:
“Equivocarse es fracasar.”
O:
“Ya es demasiado tarde.”
O:
“Las personas como nosotros no llegan tan lejos.”
O:
“Necesitas demostrar tu valor.”
Quizá nadie lo dijo exactamente con esas palabras.
Pero lo aprendiste.
Y aquí comienza una pregunta profunda:
¿Cuántas de las reglas con las que estás viviendo fueron realmente elegidas por ti?
Las ideas invisibles
Una creencia no siempre aparece como una frase consciente.
A veces simplemente se siente como realidad.
No dices:
“Creo que no soy capaz.”
Simplemente no lo intentas.
No dices:
“Creo que no merezco amor.”
Simplemente aceptas menos de lo que necesitas.
No dices:
“Creo que debo agradar a todos.”
Simplemente te cuesta decir no.
No dices:
“Creo que descansar es malo.”
Simplemente sientes culpa cuando descansas.
No dices:
“Creo que el fracaso me define.”
Simplemente evitas aquello donde podrías equivocarte.
La creencia puede ser invisible.
Y precisamente por eso puede tener tanto poder.
Cuando una interpretación se convierte en una verdad
Imagina a un niño que intenta hacer algo y fracasa.
Puede pensar:
“Todavía no sé hacerlo.”
Pero alguien puede decirle:
“Eres malo para esto.”
Son frases muy diferentes.
La primera describe una situación.
La segunda puede convertirse en identidad.
El niño quizá no tenga herramientas para distinguirlas.
Entonces comienza a construir una conclusión:
“Yo soy así.”
Y esa conclusión puede acompañarlo durante años.
La persona adulta ya no recuerda exactamente cuándo comenzó.
Solo sabe que “siempre fue así”.
Pero no siempre fue así.
En algún momento aprendió a verse de esa manera.
No todo lo que aprendiste es verdad
Aprender algo no significa que sea verdadero.
Aprendemos hábitos.
Opiniones.
Miedos.
Prejuicios.
Costumbres.
Formas de reaccionar.
Ideas sobre el dinero.
Ideas sobre el amor.
Ideas sobre el éxito.
Ideas sobre la familia.
Ideas sobre el cuerpo.
Ideas sobre la edad.
Ideas sobre el trabajo.
Ideas sobre la espiritualidad.
Algunas son sabias.
Otras fueron útiles en una determinada época.
Otras fueron equivocadas.
Y algunas quizá nunca debieron convertirse en reglas.
Por eso una vida consciente necesita revisar.
No destruir todo.
Revisar.
La frase que se quedó viviendo dentro de ti
Piensa en una frase que alguien te haya dicho muchas veces.
Quizá:
“Siempre haces todo mal.”
“Eres demasiado sensible.”
“No puedes.”
“Eso es imposible.”
“Nunca llegarás.”
“Debes ser fuerte.”
“Los demás son mejores.”
“Ten cuidado.”
“No confíes.”
“Debes aguantar.”
“Eso no es para gente como nosotros.”
“Ya pasó tu momento.”
“Necesitas tener éxito.”
“Lo importante es que los demás estén contentos.”
Quizá hoy esa persona ya no esté.
Pero la frase continúa.
Y lo más sorprendente es que puede llegar un momento en que ya no necesites que nadie te la diga.
Tú mismo la repites.
Ahí una voz externa se convirtió en una voz interna.
Cuando ya no necesitas al juez porque aprendiste a juzgarte solo
Esta transformación puede ser dolorosa.
Al principio alguien te critica.
Después anticipas la crítica.
Finalmente te criticas antes de que los demás tengan oportunidad.
Así evitas cierta sorpresa.
Si tú mismo te dices:
“No puedo.”
Si tú mismo te dices:
“Seguro lo haré mal.”
Si tú mismo te dices:
“No vale la pena intentarlo.”
Entonces quizá nadie pueda decepcionarte.
Pero existe un problema:
también puedes impedirte descubrir de qué eres capaz.
Las creencias que nacieron para protegerte
No todas las creencias limitantes nacieron de la maldad.
Algunas nacieron del miedo.
Si alguna vez confiar te hizo daño, quizá aprendiste:
“No confíes.”
Si alguna vez equivocarte tuvo consecuencias dolorosas, quizá aprendiste: