Zenara

CAPÍTULO 33 CUANDO APRENDES A ABRAZAR TUS HERIDAS

Hay heridas que se ven.

Una cicatriz.

Una marca.

Una lesión.

Una venda.

Un movimiento que ya no es igual.

Cuando una herida es visible, los demás pueden comprender que algo ocurrió.

Pero existen otras heridas que no tienen una señal sobre la piel.

No aparecen en una fotografía.

No se pueden medir con una regla.

No siempre tienen una fecha exacta.

Son heridas que viven en la manera en que reaccionamos.

En aquello que tememos.

En las palabras que no podemos escuchar sin sentirnos pequeños.

En las relaciones que evitamos.

En las personas de las que desconfiamos.

En la necesidad constante de demostrar.

En la dificultad para recibir cariño.

En la culpa que aparece incluso cuando no hemos hecho nada malo.

En la sensación de que debemos estar preparados para el próximo golpe.

En la incapacidad de descansar.

En el miedo a ser abandonados.

En la necesidad de controlar.

En el silencio que guardamos cuando algo nos duele.

Y algunas veces esas heridas llevan tantos años con nosotros que dejamos de llamarlas heridas.

Las llamamos:

“Mi carácter.”

“Mi forma de ser.”

“Así soy yo.”

“Siempre fui desconfiado.”

“Siempre fui demasiado sensible.”

“Siempre me costó relacionarme.”

“Siempre tuve miedo.”

Pero quizá no siempre fuiste así.

Quizá hubo una historia.

Quizá hubo algo que ocurrió.

Quizá hubo una necesidad que no fue atendida.

Quizá hubo una palabra que dejó una marca.

Quizá hubo una experiencia que enseñó a tu corazón a protegerse.

Y hoy esa protección continúa funcionando aunque el peligro ya no sea el mismo.

Este capítulo no pretende abrir heridas para hacerte sufrir.

Pretende hacer algo diferente:

mirarlas sin despreciarlas.

Porque aquello que duele no siempre necesita ser escondido.

A veces necesita ser comprendido.

La herida no es tu identidad

Esta puede ser una de las frases más importantes de todo este capítulo:

Lo que te ocurrió forma parte de tu historia, pero no tiene por qué convertirse en tu identidad.

Si alguien te rechazó, eso no significa que seas rechazable.

Si alguien te humilló, eso no significa que seas inferior.

Si alguien no supo amarte correctamente, eso no significa que no seas digno de amor.

Si fracasaste, eso no significa que seas un fracaso.

Si alguien te traicionó, eso no significa que todas las personas vayan a traicionarte.

Si atravesaste una pérdida, eso no significa que toda tu vida será pérdida.

La herida puede influir.

Puede dejar consecuencias.

Puede necesitar atención.

Pero no tiene derecho automático a convertirse en tu nombre.

El momento en que aprendiste a protegerte

Quizá hubo una época en la que necesitabas una defensa.

Alejarte.

Callar.

Complacer.

Controlar.

Desconfiar.

Evitar.

Trabajar demasiado.

No pedir ayuda.

No mostrar emociones.

Ser siempre fuerte.

Quizá esa conducta tenía sentido en aquel momento.

El problema aparece cuando una estrategia de supervivencia se convierte en una forma permanente de vivir.

Lo que alguna vez te protegió puede terminar aislándote.

Lo que alguna vez te dio control puede terminar agotándote.

Lo que alguna vez evitó un conflicto puede impedirte expresar lo que necesitas.

Por eso no debemos preguntarnos solamente:

“¿Qué hago?”

También:

“¿Para qué aprendí a hacerlo?”

El niño que no tenía las herramientas del adulto

Cuando miramos nuestro pasado desde la edad adulta, podemos cometer una injusticia.

Juzgamos al niño que fuimos con el conocimiento que tenemos ahora.

“¿Por qué no se defendió?”

“¿Por qué no habló?”

“¿Por qué permitió eso?”

“¿Por qué no se fue?”

“¿Por qué no pidió ayuda?”

Pero aquel niño no tenía tus herramientas actuales.

No conocía todas las posibilidades.

No tenía tu experiencia.

No podía interpretar determinadas situaciones como ahora.

Quizá hizo lo mejor que pudo con lo que tenía.

Y esa perspectiva merece compasión.

No necesitas culpar al niño que fuiste

Imagina que alguien te cuenta la historia de un niño que atravesó una experiencia dolorosa.

¿Le dirías:

“Debiste hacerlo mejor”?

Probablemente no.

Intentarías protegerlo.

Escucharlo.

Comprenderlo.

Pero muchas personas hablan consigo mismas de una manera que jamás utilizarían con un niño vulnerable.

Se exigen.

Se insultan.

Se culpan.

Se recuerdan cada error.

Quizá ha llegado el momento de cambiar esa voz.

No para negar responsabilidades.

Para introducir humanidad.

Hay heridas que necesitan ser lloradas

No todo dolor necesita una explicación intelectual.

A veces intentamos entender demasiado rápido.

¿Por qué ocurrió?

¿Qué significa?

¿Qué aprendí?

¿Cómo puedo convertirlo en crecimiento?

Pero algunas heridas primero necesitan algo más sencillo:

llanto.

Hay dolores que no necesitan una teoría.

Necesitan espacio.

Necesitan ser reconocidos.

Necesitan que puedas decir:

“Esto me dolió.”

Sin agregar inmediatamente:

“Pero ya pasó.”

“Debería superarlo.”

“Hay gente peor.”

“Debo ser fuerte.”

No.

Te dolió.

Y eso puede ser suficiente para empezar.

Minimizar el dolor no lo hace desaparecer

Compararte con alguien que sufrió más no convierte tu experiencia en irrelevante.

“Hay personas que están peor.”

Puede ser cierto.




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