Zenara

CAPÍTULO 23 CUANDO DESCUBRES QUE YA TIENES SUFICIENTE

Existe una palabra que puede ser difícil de pronunciar cuando la vida nos ha enseñado a mirar permanentemente hacia lo que falta:

suficiente.

Suficiente.

Una palabra pequeña.

Pero capaz de detener una carrera que puede durar toda una vida.

Porque quizá llevamos años persiguiendo aquello que creemos que finalmente nos permitirá sentirnos completos.

Más dinero.

Una casa mejor.

Un trabajo mejor.

Más reconocimiento.

Más seguidores.

Más ventas.

Más éxito.

Más seguridad.

Más cosas.

Más experiencias.

Más aprobación.

Más certezas.

Y cuando conseguimos algo de aquello que deseábamos, la satisfacción puede durar un tiempo.

Después aparece una nueva necesidad.

Un nuevo objetivo.

Una nueva comparación.

Una nueva preocupación.

Una nueva meta.

Y volvemos a correr.

Entonces surge una pregunta que pocas veces nos hacemos:

¿Y si el problema no fuera solamente que tenemos poco, sino que hemos aprendido a sentir que nunca tenemos suficiente?

No se trata de negar las necesidades reales.

No se trata de romantizar la carencia.

No se trata de decirle a quien atraviesa dificultades económicas que simplemente sea feliz con lo que tiene.

Tampoco se trata de abandonar los sueños, dejar de progresar o renunciar a mejorar nuestras circunstancias.

Existe una diferencia enorme entre querer crecer y vivir convencidos de que solamente podremos estar bien cuando tengamos más.

Una cosa es aspirar.

Otra es depender.

Una cosa es construir.

Otra es vivir permanentemente insatisfecho.

Una cosa es buscar prosperidad.

Otra es convertir la acumulación en una respuesta para un vacío que ninguna posesión puede llenar.

Tal vez la verdadera abundancia comience con una pregunta distinta:

¿Qué significa realmente tener suficiente?

La carrera que nunca termina

Imagina una carrera en la que nadie te explicó dónde está la meta.

Corres.

Llegas a un punto.

Te dicen que todavía falta.

Corres más.

Llegas nuevamente.

Todavía falta.

Entonces aceleras.

Los demás también están corriendo.

Miras hacia un costado.

Alguien tiene más que tú.

Aceleras.

Miras hacia adelante.

Hay alguien que parece estar mucho más lejos.

Aceleras todavía más.

Y un día descubres algo inquietante:

nadie sabe exactamente dónde termina la carrera.

Así puede funcionar nuestra relación con el deseo.

Cuando obtenemos aquello que pensábamos que necesitábamos, inmediatamente aparece otra cosa.

No porque seamos personas desagradecidas.

El deseo humano tiene una enorme capacidad de multiplicarse.

El problema no está en desear.

El problema aparece cuando nuestra tranquilidad queda condicionada a que todos nuestros deseos sean satisfechos.

Porque entonces la paz siempre queda unos pasos por delante.

“Cuando tenga…”

“Cuando consiga…”

“Cuando gane…”

“Cuando compre…”

“Cuando termine…”

“Cuando pueda…”

“Cuando alcance…”

Y la vida actual se convierte en una sala de espera.

Pero quizá la vida no debería ser solamente la preparación para un futuro en el que finalmente nos permitiremos sentirnos bien.

Querer más no te convierte en una mala persona

Es importante decirlo.

Desear una vida mejor no es necesariamente ambición desordenada.

Querer una vivienda digna no está mal.

Querer estabilidad económica no está mal.

Querer progresar profesionalmente no está mal.

Querer viajar no está mal.

Querer comprar algo que te gusta no está mal.

Querer ganar más dinero no está mal.

Querer ayudar económicamente a tu familia tampoco está mal.

Querer construir un patrimonio puede ser una decisión responsable.

Querer mejorar tus condiciones de vida puede ser perfectamente legítimo.

La pregunta no es:

“¿Está mal querer más?”

La pregunta es:

“¿Qué crees que ocurrirá dentro de ti cuando finalmente tengas ese más?”

Si tu respuesta es:

“Entonces podré sentirme seguro.”

“Entonces podré sentirme importante.”

“Entonces seré alguien.”

“Entonces los demás me respetarán.”

“Entonces dejaré de compararme.”

“Entonces podré ser feliz.”

Detente.

Porque quizá estés pidiéndole a una posesión que haga un trabajo que corresponde a tu mundo interior.

Tener no es lo mismo que ser

Podemos tener muchas cosas.

Pero ninguna posesión puede responder completamente a la pregunta:

¿Quién soy?

Una persona puede tener una casa y seguir sintiéndose sin hogar emocionalmente.

Puede tener dinero y vivir con miedo permanente a perderlo.

Puede tener reconocimiento y sentirse invisible en su propia intimidad.

Puede tener objetos hermosos y experimentar un profundo vacío.

Puede tener éxito y no saber disfrutarlo.

Puede tener miles de contactos y sentirse sola.

Puede tener una vida aparentemente perfecta y desconocer cómo estar en paz consigo misma.

Esto no significa que las cosas materiales no importen.

Importan.

El dinero importa.

La vivienda importa.

La alimentación importa.

La seguridad importa.

El trabajo importa.

Los recursos importan.

Pero tienen un límite.

Pueden mejorar determinadas condiciones de nuestra existencia.

No pueden resolver todas las dimensiones de nuestra humanidad.

No le pidas a lo material que cure una herida que no nació en lo material.

Cuando compramos esperanza

A veces no compramos un objeto.




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