Zenara

CAPÍTULO 22 EL VALOR DE SER, AUNQUE NO HAGAS NADA

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos cuando estamos acostumbrados a medir nuestra vida por lo que conseguimos:

¿Quién soy cuando no estoy haciendo nada para demostrar mi valor?

Puede parecer una pregunta sencilla.

Pero para muchas personas puede resultar profundamente incómoda.

Porque hemos aprendido a asociar nuestro valor con aquello que hacemos.

Valgo si trabajo.

Valgo si produzco.

Valgo si resuelvo.

Valgo si ayudo.

Valgo si alcanzo objetivos.

Valgo si los demás reconocen mi esfuerzo.

Valgo si soy necesario.

Valgo si avanzo.

Valgo si no fracaso.

Valgo si puedo sostenerlo todo.

Y, poco a poco, sin darnos cuenta, comenzamos a construir una relación peligrosa con nuestra propia existencia:

dejamos de sentir que tenemos valor por ser y empezamos a creer que debemos ganárnoslo mediante el hacer.

Entonces descansar parece pérdida de tiempo.

Detenerse parece irresponsabilidad.

No producir parece fracaso.

Decir “hoy no puedo” parece una debilidad.

Y una jornada tranquila puede terminar acompañada de culpa.

Como si nuestra conciencia llevara un contador invisible preguntando constantemente:

—¿Qué hiciste hoy para justificar que el día valiera la pena?

Pero la vida humana no fue creada para funcionar como una máquina.

No eres una máquina de producir resultados.

No eres una herramienta cuyo valor depende de cuánto puede hacer por los demás.

No eres solamente tus logros, tus responsabilidades, tus proyectos, tus ingresos, tus títulos, tus capacidades o tus metas.

Antes de hacer, ya eras.

Y ese hecho contiene una verdad espiritual inmensa.

Cuando hacer se convierte en una manera de existir

Hay personas que llevan tantos años ocupándose de todo que ya no recuerdan cómo se siente simplemente estar.

Se levantan pensando en lo que deben resolver.

Trabajan pensando en lo que falta.

Terminan una tarea y buscan inmediatamente otra.

Cuando llega el descanso, revisan mensajes.

Cuando no hay mensajes, buscan algo que ordenar.

Cuando todo está ordenado, encuentran algo que mejorar.

Y cuando finalmente no queda nada pendiente, aparece una sensación extraña.

Vacío.

Incomodidad.

Culpa.

Como si detenerse significara estar desperdiciando una oportunidad.

Entonces surge una nueva actividad.

No porque sea necesaria.

Sino porque la quietud revela algo que durante mucho tiempo permaneció escondido:

el cansancio.

Y también puede revelar una pregunta más profunda:

—Si no estoy haciendo nada, ¿quién soy?

Esta pregunta merece ser escuchada.

Porque quizá llevas demasiado tiempo presentándote ante el mundo a través de tus funciones.

Soy padre.

Soy madre.

Soy trabajador.

Soy profesional.

Soy quien resuelve.

Soy quien ayuda.

Soy quien sostiene.

Soy quien siempre está.

Soy quien nunca se rinde.

Todas esas dimensiones pueden formar parte de ti.

Pero ninguna de ellas agota la totalidad de lo que eres.

Hay un ser humano detrás de todos esos papeles.

Un corazón.

Una historia.

Una sensibilidad.

Una conciencia.

Una vida que no necesita estar permanentemente ocupada para tener significado.

El peligro de convertir la productividad en identidad

La productividad es valiosa.

Trabajar, crear, construir, estudiar, emprender, servir y alcanzar objetivos pueden ser expresiones maravillosas de nuestras capacidades.

El problema aparece cuando aquello que hacemos deja de ser una expresión de nuestro valor y comienza a convertirse en la fuente de ese valor.

La diferencia es enorme.

Una persona puede decir:

“Hago cosas porque tengo algo que aportar.”

Y otra puede vivir desde:

“Necesito hacer cosas para sentir que valgo.”

Desde afuera pueden parecer exactamente iguales.

Ambas trabajan.

Ambas se esfuerzan.

Ambas cumplen.

Ambas producen.

Pero interiormente viven experiencias completamente diferentes.

La primera puede disfrutar de sus logros sin convertirse en esclava de ellos.

La segunda necesita resultados para sentirse suficiente.

Y cuando llega un fracaso, no piensa:

“Esto no salió bien.”

Piensa:

“Yo no soy suficiente.”

Cuando pierde un trabajo, no solamente pierde una ocupación.

Siente que perdió una parte de su identidad.

Cuando un proyecto fracasa, siente que él fracasó como persona.

Cuando alguien deja de necesitarlo, puede sentirse inútil.

Cuando llega la jubilación, puede aparecer una crisis de identidad.

Cuando los hijos crecen y ya no dependen de la misma manera, puede surgir una sensación de vacío.

Cuando una enfermedad, una dificultad o una circunstancia de la vida limita temporalmente la capacidad de hacer, la persona puede sentirse desorientada.

Porque había aprendido a responder quién era mediante una lista de actividades.

Pero tu valor no puede depender de una lista.

El día en que no puedes producir

Hay momentos en la vida en los que simplemente no puedes hacer todo lo que quisieras.

El cuerpo se cansa.

Las circunstancias cambian.

Aparecen responsabilidades inesperadas.

Un proyecto se detiene.

Una etapa termina.

La economía puede obligarte a modificar tus planes.

Una pérdida puede quitarte fuerzas.

Una transición puede dejarte temporalmente sin dirección.

Y entonces aparece una prueba que no suele enseñarse en ninguna escuela:

aprender a respetarte cuando tu capacidad de producir disminuye.

Es fácil sentirse valioso cuando todo funciona.




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