Zenara

CAPÍTULO 30 EL TIEMPO QUE DECIDES ENTREGAR

Hay algo que todos recibimos al comenzar cada día.

No importa cuánto dinero tengamos.

No importa nuestra profesión.

No importa nuestra edad.

No importa cuántos bienes poseamos.

No importa cuántas personas conozcamos.

No importa cuántos éxitos hayamos conseguido.

Cada mañana recibimos una cantidad limitada de tiempo.

Y aunque muchas veces hablamos del tiempo como si fuera algo que tenemos, quizá sería más preciso decir que el tiempo es algo que atravesamos.

No podemos guardarlo.

No podemos acumularlo.

No podemos comprar horas adicionales para recuperar las que desperdiciamos.

No podemos regresar a una tarde que ya terminó.

No podemos volver a una conversación que dejamos pasar.

No podemos almacenar un año para utilizarlo cuando tengamos más tranquilidad.

El tiempo avanza.

Y mientras avanza, nuestra vida se va formando con aquello a lo que decidimos entregarlo.

Por eso la pregunta:

“¿Cuánto tiempo tengo?”

puede ser menos importante que esta:

“¿A qué estoy entregando el tiempo que tengo?”

Porque dos personas pueden disponer de las mismas veinticuatro horas y construir vidas completamente diferentes.

No solamente por las circunstancias.

También por sus elecciones.

El tiempo no es solamente un reloj

Hemos aprendido a medir el tiempo en horas, minutos, segundos, días, meses y años.

Pero existe otro tiempo.

El tiempo de una conversación.

El tiempo de una espera.

El tiempo de una enfermedad.

El tiempo de una recuperación.

El tiempo de un duelo.

El tiempo de una amistad.

El tiempo de una infancia.

El tiempo de una oportunidad.

El tiempo de una etapa.

El tiempo de una despedida.

Hay momentos que duran cinco minutos y permanecen en nuestra memoria durante décadas.

Y hay años enteros que parecen desaparecer sin dejar demasiadas huellas.

Por eso administrar el tiempo no consiste solamente en organizar una agenda.

Consiste también en preguntarnos:

“¿Qué experiencias están formando mi vida?”

La ilusión de que siempre habrá tiempo

Una de las frases más peligrosas puede ser:

“Después lo hago.”

Después llamo.

Después voy.

Después descanso.

Después comienzo.

Después escribo.

Después pido perdón.

Después digo lo que siento.

Después visito.

Después disfruto.

Después cambio.

Después me ocupo de mí.

Después.

Siempre después.

El problema no es que algunas cosas puedan esperar.

El problema aparece cuando convertimos la espera en una forma permanente de vivir.

Porque el futuro no nos debe las oportunidades que imaginamos.

Algunas llegan.

Otras no.

Algunas personas permanecen.

Otras se van.

Algunas etapas regresan de otra manera.

Otras se cierran definitivamente.

Por eso hay cosas que merecen ser atendidas mientras todavía pueden ser atendidas.

El tiempo también es una forma de amor

Cuando entregas tiempo a alguien, entregas una parte de tu vida que nunca recuperarás.

Eso convierte al tiempo en uno de los regalos más profundos que podemos ofrecer.

Puedes comprar un objeto.

Puedes regalar dinero.

Puedes enviar algo.

Pero cuando decides sentarte junto a alguien y escuchar durante una hora, estás entregando algo que no puedes volver a guardar.

Por eso una presencia verdadera tiene tanto valor.

Porque detrás de ella existe una elección:

“De todo lo que podría estar haciendo ahora, he decidido estar aquí.”

Lo que recibe tu tiempo recibe tu vida

Esta idea merece detenerse.

Porque quizá dices:

“Solo son unos minutos.”

Pero los minutos se acumulan.

Una conversación.

Otra.

Una hora.

Otra.

Un día.

Una semana.

Un mes.

Un año.

Las pequeñas decisiones repetidas terminan formando una dirección.

No necesitas realizar una decisión gigantesca para cambiar tu vida.

A veces basta observar qué haces repetidamente.

Porque aquello que haces ocasionalmente forma un momento.

Pero aquello que haces constantemente puede formar una identidad.

Tu agenda cuenta una historia

Existe una manera sencilla de conocer tus prioridades reales.

No preguntándote qué consideras importante.

Mirando dónde colocas tu tiempo.

Porque podemos decir:

“Mi familia es lo más importante.”

Pero si nunca tenemos tiempo para ella, quizá nuestras acciones estén contando otra historia.

Podemos decir:

“Quiero cuidar mi salud.”

Pero si nunca encontramos espacio para hacerlo, nuestra agenda expresa otra prioridad.

Podemos decir:

“Quiero escribir.”

Pero si todo lo demás ocupa el espacio disponible, quizá el deseo todavía no se ha convertido en decisión.

No para generar culpa.

Para generar honestidad.

Lo que dices que importa y lo que realmente priorizas

Existe una diferencia entre valorar algo y priorizarlo.

Puedes valorar muchas cosas.

Pero no puedes priorizarlas todas al mismo tiempo.

Puedes amar a muchas personas.

Pero no puedes estar físicamente con todas simultáneamente.

Puedes tener muchos sueños.

Pero tus horas son limitadas.

Puedes querer aprender diez cosas.

Pero probablemente tendrás que elegir por dónde comenzar.

La madurez consiste, en parte, en aceptar esta realidad sin sentir que cada elección significa perderlo todo.

Elegir siempre implica renunciar

Cada vez que dices sí a algo, estás diciendo no a otra posibilidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.