Quizá has pasado demasiado tiempo esperando.
Esperando que algo cambie.
Esperando una respuesta.
Esperando una oportunidad.
Esperando que llegue el dinero.
Esperando que mejore una situación.
Esperando que alguien regrese.
Esperando que un problema termine.
Esperando sentirte preparado.
Esperando tener más tiempo.
Esperando alcanzar una meta.
Esperando que finalmente llegue ese momento en el que puedas decir:
“Ahora sí puedo estar tranquilo.”
Pero existe una pregunta que puede detenerte en medio del camino:
¿Y qué ocurre con todos los días que estás viviendo mientras esperas?
Porque el futuro tiene una característica inevitable:
cuando finalmente llega, deja de ser futuro.
Se convierte en presente.
Y entonces aparece otro futuro delante de ti.
Otra meta.
Otra preocupación.
Otro proyecto.
Otra necesidad.
Otra cosa que resolver.
Si no aprendemos a vivir mientras caminamos, podemos pasar toda nuestra existencia esperando llegar a un lugar que nunca permanece quieto.
La vida puede convertirse en una sucesión de destinos.
“Cuando consiga esto…”
“Cuando termine aquello…”
“Cuando resuelva lo otro…”
“Cuando cambie esta situación…”
“Cuando tenga más…”
Y así, sin darnos cuenta, dejamos de habitar el único lugar donde realmente podemos vivir:
ahora.
No porque el presente sea perfecto.
No porque debamos ignorar nuestros problemas.
No porque tengamos que fingir felicidad.
Sino porque incluso en medio de una vida incompleta existen momentos que merecen ser vividos.
La felicidad que siempre está después
Hay una frase silenciosa que puede acompañarnos durante años:
“Después.”
Después disfrutaré.
Después descansaré.
Después viajaré.
Después llamaré.
Después escribiré.
Después volveré a hacer aquello que amo.
Después tendré tiempo.
Después estaré tranquilo.
Después celebraré.
Después viviré.
El problema es que “después” parece infinito.
Siempre puede aparecer una nueva obligación.
Y cuando la anterior termina, otra ocupa su lugar.
Entonces llega un día en el que miramos atrás y descubrimos algo doloroso:
pasamos demasiado tiempo preparando una vida que nunca nos permitimos vivir.
No necesitas tener todo resuelto para disfrutar
Esta idea puede parecer difícil cuando atraviesas una etapa complicada.
Porque alguien podría pensar:
“¿Cómo voy a disfrutar si tengo problemas?”
La respuesta no es:
“Haz como si no existieran.”
Tampoco:
“Sé positivo.”
Ni:
“Todo está en tu mente.”
No.
Los problemas son reales.
Las preocupaciones existen.
Hay pérdidas que duelen.
Hay situaciones económicas difíciles.
Hay enfermedades.
Hay conflictos.
Hay incertidumbres.
Hay despedidas.
Hay injusticias.
Hay momentos en los que simplemente sobrevivir ya requiere esfuerzo.
Disfrutar no significa negar nada de eso.
Significa reconocer que una dificultad no tiene necesariamente derecho a ocupar cada rincón de tu existencia.
Puede existir preocupación y también una taza de café disfrutada lentamente.
Puede existir incertidumbre y también una conversación hermosa.
Puede existir tristeza y también una canción.
Puede existir un problema y también una puesta de sol.
Puede existir miedo y también una oración.
Dos realidades pueden coexistir.
La vida no empieza después del problema
¿Cuántas veces has pensado:
“Cuando esto termine, empezaré a vivir”?
Quizá sea una de las mayores trampas del futuro.
Porque los problemas no desaparecen definitivamente.
Una situación termina.
Otra comienza.
Una preocupación se resuelve.
Otra aparece.
Una etapa se cierra.
Otra se abre.
No existe una vida completamente libre de desafíos.
Por eso, si condicionas tu capacidad de vivir a que todo esté resuelto, estarás colocando la felicidad detrás de una puerta que probablemente nunca permanecerá abierta.
La vida no comienza después del problema.
La vida ocurre también durante el problema.
El pequeño placer que no exige permiso
Hay experiencias que no necesitan planificación extraordinaria.
Abrir una ventana.
Sentir el aire.
Escuchar una canción.
Preparar una comida.
Leer unas páginas.
Tomar algo caliente.
Caminar.
Conversar.
Mirar el cielo.
Reír.
Jugar.
Escribir.
Orar.
Cuidar una planta.
Sentarte en un lugar agradable.
Observar cómo cambia la luz durante la tarde.
Parecen cosas pequeñas.
Y precisamente por eso pueden ser ignoradas.
Estamos esperando grandes acontecimientos para sentir que la vida vale.
Pero la vida está construida principalmente de pequeños acontecimientos.
Cuando te acostumbras a sobrevivir
Después de atravesar períodos difíciles, puede ocurrir algo curioso.
Aunque la situación mejore, una parte de ti sigue viviendo como si el peligro continuara.
Sigues esperando que algo malo ocurra.
Te cuesta relajarte.
Te cuesta disfrutar.
Cuando algo bueno sucede, piensas:
“Seguro no durará.”
Cuando aparece tranquilidad, buscas qué problema podría venir.
Cuando alguien te quiere, sospechas.
Cuando todo parece estar bien, te preparas para el golpe.
Esto puede ocurrir porque has aprendido a sobrevivir.
Y sobrevivir es una capacidad valiosa.
Pero no puedes vivir eternamente en modo supervivencia.