Alfonso llegó a la casa esa tarde con la sonrisa de siempre, cansado pero contento tras la jornada. Tenía ganas de platicarle a Ximena cómo le había ido en el trabajo y traía en mente varias cosas para contarle, pero en cuanto cruzó la puerta, notó que el ambiente estaba distinto.
Ximena lo esperaba en la entrada con las manos temblorosas y la mirada fija en él. Cuando Alfonso se acercó para besarla y comenzar a hablar, ella lo detuvo con suavidad, poniéndole una mano en el pecho.
—Espérame un momento, amor... tengo que decirte algo importante —murmuró con la voz cortada.
Alfonso se guardó las palabras y la miró intrigado:
—¿Qué pasa, bebé? ¿Todo bien?
Ximena respiró hondo, sacó la prueba del bolsillo y lo miró a los ojos:
—Estoy embarazada.
Alfonso se quedó mudo por un segundo, asimilando la noticia, y de inmediato el rostro se le iluminó por completo. Una chispa de felicidad pura le invadió el pecho. Sin pensarlo dos veces, la levantó ligeramente en un abrazo lleno de fuerza y ternura, llenándola de besos.
—¡No puede ser, mi amor! ¡Vamos a ser papás! —exclamó emocionado, abrazándola fuerte contra su pecho.
Sin embargo, recostada en los brazos de Alfonso, la cabeza de Ximena era un mar de emociones encontradas. Por un lado, sentía una felicidad enorme porque deseaba ese bebé y amaba a Alfonso; pero por el otro, un nudo de dudas le apretaba el estómago. Ella apenas tenía 16 años, mientras que Alfonso ya tenía 24. A pesar de todo el amor que se tenían y de los planes que habían construido juntos, no podía evitar sentir miedo por el futuro, por su edad y por todo lo que implicaba dar un paso tan gigantesco en esa etapa de su vida.