En cuanto trasladaron a Ximena a la habitación de recuperación, la puerta se abrió lentamente y padres. La serenidad del día quedó atrás en cuanto el varoncito soltó un llanto desgarrador pidienAlfonso entró a paso tembloroso. Aunque intentaba mantenerse firme como el hombre de la casa, los ojos rojos y brillantes lo delataban por completo.
Acercándose a la cama, le dio un beso en los labios a Ximena y luego otro en la frente, agradeciéndole con la mirada todo el esfuerzo del quirófano. A los pocos minutos, la enfermera entró cargando dos pequeños bultitos envueltos en mantas, uno azul y uno rosa, y se los acomodó en los brazos a Alfonso.
Por primera vez en su vida, Alfonso sintió el peso exacto de la felicidad. Sostener al niño y a la niña al mismo tiempo le hizo temblar las manos. Los miraba detenidamente: las diminutas pestañas, las manitas cerradas en puño y las naricitas respirando a un ritmo acelerado. Unas cuantas lágrimas le rodaron por las mejillas sin que pudiera evitarlo.
—Míralos, mi amor... son perfectos —susurró Alfonso con la voz cortada, acercándose para que Ximena también pudiera tocarlos desde la cama.
En ese momento entró la mamá de Ximena junto con Sebastián. El hermano, al ver la escena, se quedó en la puerta sin saber qué decir, con el pecho apretado de la emoción al ver a sus sobrinos. La mamá se acercó despacio, persignó a los dos recién nacidos y le dio un abrazo a Alfonso por la espalda.
El cuarto de hospital, que horas antes era puro nervio y carrera, se transformó en un refugio de paz. Los gemelos estaban sanos, Ximena se recuperaba favorablemente y la familia, más unida que nunca, empezaba a escribir esta nueva etapa.