Al regresar a la casa después del hospital, la cabeza de Ximena era un torbellino de emociones. Saber que llevaba a una niña y a un niño en su vientre cambiaba por completo el panorama. Sin embargo, los gastos no esperaban y la rutina del día a día seguía su curso; aunque ya tenía cinco meses, por su complexión aún no se le notaba tanto la panza, así que comenzó a alistarse para irse a cumplir con sus responsabilidades en la tienda.
Su mamá, al verla ponerse los zapatos y agarrar sus cosas para salir, la detuvo en el pasillo con la mirada llena de preocupación maternal.
—Hija, espérate un momento... —le dijo tomándola suavemente del brazo—. Ya ponte de acuerdo con el jefe del trabajo para que te baje la carga de trabajo, porque así de pesado ya no vas a poder. Bueno, ahorita todavía no estás panzona, pero aun así, mi amor, con dos bebés en camino ya no vas a poder seguir al mismo ritmo.
Ximena la miró en silencio, sabiendo que en el fondo el "jefe" era Alfonso, pero su mamá solo lo veía como el encargado de la tienda donde trabajaban.
—Coméntale eso hoy mismo —insistió su mamá con firmeza—. Habla con él para que te descanse o te cambie de puesto. Y si no le quieres decir tú, dímelo y yo misma voy y le comento la situación, ¿vale, hija? Cuídate mucho, por favor, ya no estás sola... y encima son dos.
—Sí, mamá, no te preocupes, yo hablo con él hoy —respondió Ximena dándole un beso en la mejilla.
Salió de la casa con el corazón acelerado. Sabía que la plática con Alfonso esa tarde en el trabajo ya no sería solo sobre cómo organizar los pasillos o el inventario, sino sobre cómo proteger la vida de sus dos bebés y el futuro que estaban empezando a construir juntos.