El turno en la tienda llegó a su fin y la noche comenzaba a caer sobre las calles. Alfonso y Ximena cerraron el local y caminaron juntos hacia el coche, cansados pero disfrutando de esos breves minutos a solas que siempre tenían al terminar la jornada.
Una vez que subieron al auto y Alfonso encendió el motor, Ximena suspiró profundo. Apoyó la espalda en el asiento, miró a su novio y decidió contarle todo lo que había pasado en la consulta con su mamá.
—Amor... tengo que platicarte algo de la visita al doctor —comenzó a decir Ximena con voz tranquila pero seria.
Alfonso apagó un momento la música del estéreo y la miró con atención:
—Dime, bebé, ¿qué te dijo el médico? ¿Todo bien con los bebés?
—Sí, ellos están bien, pero el doctor me explicó algo importante —hizo una pausa, tomando la mano de Alfonso—. Dijo que por mi edad no puedo tener un parto natural. Para que los bebés salgan bien y sin riesgos, van a tener que operarme, me van a hacer una cesárea. Por eso, amor, en unos meses voy a tener que dejar de ir a trabajar... necesito descansar y cuidarme mucho para que ellos nazcan sanos.
Alfonso escuchó cada palabra con el rostro lleno de madurez y comprensión. Le apretó la mano con ternura, se acercó a ella y le dio un beso suave en la frente.
—No te preocupes por eso, mi amor —le dijo Alfonso con total firmeza y seguridad—. Tú te vas a enfocar únicamente en cuidarte y en cuidar a nuestros bebés. Yo voy a hacer todo lo imposible para cubrir tu lugar, hablar en la empresa y acomodar las cosas para que no hagas falta en el trabajo. Tú no te mortifiques por nada, que yo me encargo de sacarnos adelante.
Ximena sintió que un peso enorme se le quitaba de encima. Le dedicó una sonrisa llena de gratitud, sabiendo que, sin importar los cambios que se vinieran, Alfonso estaba más que listo para responder como el compañero y padre que ella y sus bebés necesitaban.