Por más que Ximena tratara de disimular los estragos de los primeros días, hay cosas que a una madre simplemente no se le pueden ocultar. Las mamás tienen ese sexto sentido, una especie de magia que les permite leer a sus hijos sin necesidad de que pronuncien una sola palabra.
Esa tarde, la mamá de Ximena la observaba en silencio mientras caminaba por la cocina. Notaba detalles que para cualquiera habrían pasado desapercibidos: el cansancio en la mirada, la pesadez en sus pasos y esa necesidad repentina de comer a deshoras y buscar la cama a mitad de la tarde.
Aprovechando un momento en que la casa estaba tranquila, su mamá se acercó, jaló una silla y se sentó firme frente a ella. Con una mirada serena pero cargada de una sinceridad absoluta, no dio rodeos.
—Ximena, no me hagas tonta —le dijo mirándola fijamente a los ojos—. Sé que esperas un bebé. Estás embarazada.
A Ximena se le heló la sangre por un segundo. El corazón le empezó a latir a mil por hora e intentó, por puro instinto de protección, desviarle el tema.
—Creo que no, ma... —alcanzó a murmurar con la voz temblorosa, bajando la mirada.
—Creo que sí, Ximena —respondió su mamá suavemente, pero con una certeza que no dejaba lugar a dudas—. Yo tuve dos hijos, a ti y a tu hermano, y sé perfectamente por lo que estás pasando. Tienes mucha hambre, tienes mucho sueño... exactamente igual que me pasaba a mí.
Ximena se quedó en silencio, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. La intuición de su madre había derribado todas sus defensas en un instante, dejando la verdad al descubierto sobre la mesa.