Adentro del cuarto, con el aire acondicionado bien fresco para aplacar el calor, Ximena descansaba plácidamente entre las cobijas. El cansancio del embarazo por fin le daba un respiro cuando escuchó unos golpecitos suaves en la madera.
La mamá asomó la cabeza con una sonrisa traviesa.
—Ximena, hija, levántate... Ven, te quiero enseñar algo afuera.
Ximena se frotó los ojos, se estiró despacio y salió del cuarto con calma. Pero al poner un pie en el pasillo, se acordó del detalle de la habitación:
—¡Ay, ay, ay! Se me olvidaba apagar el clima —dijo entre risas, volviendo rápido para cerrar bien la puerta y no desperdiciar el aire.
Cuando terminó de salir hacia la estancia, la sorpresa la dejó sin palabras. Ahí ya estaban reunidas las vecinas de la cuadra y hasta algunas personas desconocidas del rumbo que se habían enterado. Traían platillos de comida, un pastelito al centro y carteles felicitando a la "mamá del año". Todas, absolutamente todas las señoras la rodearon para abrazarla, llenarla de bendiciones y buenos deseos:
—¡Ximena, muchas felicidades! ¡Qué alegría por esos dos bebés!
Ximena se integró al ambiente entre risas, abrazos y pláticas. Estuvo cotorreando a gusto con la gente del barrio cuando se le acercó una de sus amigas más cercanas. La muchacha la miró con los ojos brillando de emoción y la abrazó con fuerza:
—¡Vas a ser mamá! ¡Qué emoción, amiga, de verdad felicidades!
Ximena le devolvió la sonrisa con el corazón lleno. Esa amiga la entendía mejor que nadie, pues ella misma había tenido a su primer niño cuando apenas tenía 15 años. Ahora, juntas en la misma sala, ya eran dos jovencitas compartiendo el mismo reto, acompañándose y demostrando que con el apoyo de la gente correcta, la edad no era un impedimento para sacar adelante a sus hijos.
¡Qué bonito capítulo para resaltar esa red de apoyo entre amigas!