Una vez que las palabras pesadas y los temores salieron a la luz, el ambiente en la sala se fue aligerando. Sebastián miró a Ximena, se le acercó de nuevo y, con una sonrisa sincera que le iluminó el rostro, la felicitó con todo el corazón. La envolvió en un abrazo largo y apretado, llenándola de buenas vibras y dándole sus bendiciones tanto a ella como a los dos pequeñines que venían en camino.
Para ese momento, los estómagos ya empezaban a pedir tregua; las emociones fuertes siempre abren el apetito y ya era hora de comer.
—Ahorita vengo, voy rápido a la tienda por la Coca y las tortillas para la comida —anunció Sebastián agarrando las llaves de la moto para salir en chinga.
Mientras tanto, Alfonso se levantó del sillón y fue un momento al cuarto a buscar unas papas para picar. Sabía que entre hombres hacía falta una buena plática para afinar detalles y terminar de afianzar la confianza con su cuñado en cuanto regresara de la tienda.
En la cocina, con el olor de la guisado llenando el espacio, la mamá y Ximena se quedaron a solas. Entre plato y plato, mamá e hija comenzaron a platicar con esa complicidad de siempre, contándose cómo les había ido en el día, dejando atrás los sustos y empezando a disfrutar, por fin, la tranquilidad de estar juntos como la familia que siempre habían sido.