El tiempo no se detuvo y llegó el momento en que Ximena tuvo que dar un paso al costado en la tienda. La pancita seguía creciendo y el cansancio ya no le permitía estar tanto tiempo de pie, así que se quedó a descansar en casa, rodeada de los cuidados de su mamá.
Por su parte, Alfonso asumió la responsabilidad por completo. Organizó muy bien los horarios, habló con la gerencia para ajustar la plantilla y armó la jugada perfecta en el trabajo para que la ausencia de Ximena no se sintiera y la economía de los dos no sufriera ni un solo rasguño.
Una tarde, al terminar su turno, Alfonso cerró el local y caminó solo hacia el auto. Se subió, cerró la puerta y se quedó unos segundos con las manos firmes en el volante, en completo silencio.
De repente, el peso de todo lo que estaba viviendo lo golpeó en el pecho, pero no por miedo ni por cansancio, sino por una emoción inmensa. Al voltear a ver el asiento del copiloto —ese lugar donde Ximena siempre lo acompañaba—, la imagen de ella en la casa cuidando a los dos bebés que llevaba en su vientre le inundó la mente.
Alfonso recargó la frente sobre el volante y rompió a llorar ahí mismo en el coche. Eran lágrimas de pura felicidad, de desahogo y de orgullo. Saber que muy pronto tendría en sus brazos a su niña y a su niño, y que estaba logrando dar el pecho como un hombre de verdad para proteger a su familia, le llenó el alma por completo. Se limpió los ojos con la manga de la camisa, sonrió frente al espejo retrovisor, encendió el motor y tomó camino a casa con más ganas que nunca de abrazar al amor de su vida.
¡Un capítulo cargado de emoción para Alfonso!