Al día siguiente, el sol apenas comenzaba a despuntar cuando Ximena se alistaba en su cuarto. El peso de la conversación de la tarde anterior todavía flotaba en el aire, pero la rutina debía continuar.
—Ma, ya me voy —avisó Ximena desde la puerta, arreglándose la chamarra para cubrirse del fresco de la mañana.
Su mamá salió de la cocina secándose las manos con un trapo y la miró con atención.
—¿A dónde vas tan temprano, Jime?
—Voy al doctor... a hacerme un chequeo —respondió en voz baja, esperando alguna reacción fría.
Sin embargo, la mirada de su madre cambió por completo. La amargura del día anterior le cedió el paso a una ternura protectora.
—Ah, no, yo te acompaño, hija —dijo con firmeza, tomando su rebozo—. Vamos a ver qué tal. Es súper importante saber cómo está mi nieto. Mira nada más, hija, te ves tan bonita con tu pancita... Yo te apoyo y te amo, pero no puedo evitar pensar que es muy pronto para tu deseo de ser mamá. Tienes apenas 16 años, el año que viene cumples los 17... Pero en fin, no te voy a dejar sola. Yo te apoyo, hija. Vamos al doctor, andando.
El trayecto al hospital lo hicieron tomadas del brazo. Al llegar, esperaron unos minutos en la sala hasta que el médico las llamó por su nombre. Ximena entró a la consulta, se acostó en la camilla y se descubrió el vientre mientras el doctor aplicaba el gel frío para comenzar el ultrasonido.
El médico deslizaba el aparato con paciencia mirando detenidamente la pantalla, hasta que una sonrisa se le dibujó en el rostro. Volteó a ver a la mamá de Ximena y rompió el silencio:
—Señora, le tengo una gran sorpresa... Su hija no está esperando un solo bebé. Vienen en camino una niña y un niño.
La mamá se llevó las manos a la boca, completamente atónita, mirando primero al doctor y luego la pantalla.
—¿Qué? ¿Dos? —alcanzó a decir con el aliento cortado—. ¿Cómo que dos?
—Así es, señora, son gemelos: parejita —confirmó el médico con alegría.
—¡Ay, qué emoción, qué felicidad! —exclamó la mamá mientras los ojos se le llenaban de lágrimas al instante.
Ahí, al lado de la camilla, la señora rompió a llorar sin poder contenerse. Ya no eran lágrimas de coraje ni de miedo por los 16 años de su hija; esta vez eran lágrimas de pura y absoluta felicidad al ver cómo la vida les regalaba una doble bendición.