Este era el día que me separaba del Baile de las Tres Lunas y nuestro escape, el último que tenía para ver a Nether y Zhartek.
Debía admitir que no tenía humor para salir de la cama, mis ojos me pesaban y todo se cernía sobre mí como el agua de la cascada, como Ahren. Pensar que toda la salida de ayer ya había sido publicada y comentada por la mitad de los thares en este planeta...
Pero no tendría otra oportunidad, al irnos no habría forma de regresar o comunicarnos con nadie en Cithlre.
Me senté, la planta de mis pies seguía magullada aun después de aplicarle cicatrizante dos veces.
Los mensajes no dejaban de llegar, peores que cuando se reveló que era parte del Cortejo Real. Fingían que se preocupaban por mí y agradecían a las Estrellas que no había muerto, pero lo más importante era que deseaban conocer hasta el menor detalle.
Entre ellos leí los de mis abuelos, siempre tan cariñosos y considerados. No querían mencionar mucho, pero decían que tenía su apoyo en todo y que podrían dar sus vidas por nosotros, por mí.
La sola idea era horrible. Estaba haciendo todo para que no ocurriera, pero la incertidumbre y el comportamiento errático de Ahren podía quitármelos sin siquiera enterarme.
Me hice un ovillo y cerré los ojos, quería que todo acabara.
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Nether me abrazó con fuerza en cuanto me vio y yo se lo devolví tratando de mantener el buen ánimo.
Era la comidilla de todos los rumores y chismes, el nuevo foco de atención. Los vecinos que sonreían de vez en cuando acompañando un saludo cordial, ahora me observaban igual a esos thares deseosos de verme para hablar a mis espaldas.
—Oh, Aris... Aris. —Se alejó de mí un poco para mirarme desde abajo, el azul era inconfundible. A veces actuaba como mi madre, tendía a decir que era porque nunca tuvo un hermano pequeño y nosotros éramos lo más parecido.
Íbamos a salir, pero en vista de todo lo que pasaba, acabamos acordando que nos quedaríamos en casa de Nether y comeríamos por envíos.
—Ni siquiera quiero preguntarte... —Volvió a abrazarme.
Su familia estaba justo detrás, mirándome con la misma pena.
—Está bien —le dije—, no tenemos porqué hablar del tema. De hecho, es mejor si fingimos que no pasa nada. —Reí con tristeza, esperando desviar la atención a cualquier otra cosa.
—Ah, claro, claro. Nada que te haga sentir mal. —Me estrechó de nuevo entre sus brazos con un apretón más fuerte que el anterior.
Zhartek se apareció a mi espalda con una mueca similar a la mía.
—Lamento la tardanza —me revolvió el cabello—, ya traje los granizados que compró mamá. ¿Estamos todos bien?
—Bien a nivel somos tres amigos reunidos y felices —le contestó Nether, sin despegarse de mi lado, su cara pegada a la mía, aunque ella debiese ponerse de puntillas para alcanzarme—. Vamos a mi cuarto, tengo todo ordenadito para mis mejores amiguitos.
Aquello me sacó una risita honesta, avanzando con ellos a uno de los cuartos que no me pertenecía, pero se sentía tan mío como el que tenía en casa.
A diferencia de Zhartek, ella si tenía las paredes bien decoradas con fotografías tridimensionales de ella, su familia, nosotros y unas dos con su nueva pareja. No tenía tanta información al respecto, pero lucía como una cires dulce, aunque extravagante, tenía el cabello con tres colores diferentes y un tatuaje sobre los lunares de sus mejillas trigueñas. Fruncí el ceño, divertida.
—Me dijiste que jamás llegaría a interesarle a nadie mi conocimiento sobre las constelaciones —le reclamé. Ella se encogió de hombros, sacando la lengua.
—Puede o puede que no usara tus conocimientos para acercarme.
—¡Nether! —Me reí a carcajadas, a lo que se le sumó Zhartek, negando.
—Vamos, solo era una bromita, uno sí puede impresionar a alguien, pero ella me atrapó de inmediato: no tenía idea qué constelación era.
—Thizley es del kandasor de Thislo. —Nos sentamos casi igual que la vez anterior, sosteniendo las bandejas de metal con comida.
—Ah, claro. —Se rio, haciéndose un ovillo sobre la almohada más grande—. Ahora ya lo sé. No tengo forma de olvidarlo, más cuando veo su rostro cada día de trabajo.
Apenas terminó de decirlo, sus mejillas adquirieron un color intenso, a lo que le sonreímos enternecidos.
Bebí de mi granizado, seguido de un pequeño bizcochuelo de bayas azul. Estaba todo tan dulce y bueno como lo recordaba.
—La zona de comida Galaxie es la mejor si hablamos de bizcochos —comentó Zhartek, haciendo igual.
—Sí, allí se fueron mis qiuvs de una octena de trabajo —se rio Nether—. Pero vale la pena por cada migaja.
Volvimos a reír.
Fue tanta la alegría que me olvidé por completo de todo lo que nos rodeaba fuera de esas cuatro paredes: no existían rangos, poderes, familia en riesgo o amores; solo un par de amigos compartiendo como solían.
Hablamos de tonterías del pasado, como aquella vez que se me quedó atorado el zapato en un juego de baile o cuando Zhartek tocó la puerta de Nether mientras lloraba a moco tendido porque Juv se había dormido sobre el pasto y no sabía cómo volver a casa.