Nia abrió la puerta de su casa a las 6:20pm.
Con el libro de Daiki escondido bajo el delantal y el billete de tren quemándole el bolsillo.
Y se le heló la sangre.
En la sala. Sentado en la única silla buena. Con las piernas cruzadas y un vaso de whisky en la mano.
El señor Caldwell.
Y al lado de él, en el sofá roto, su papá. James Johnson.
Riéndose. Asintiendo. Como si fueran amigos de toda la vida.
"Ah, llegó la niña" dijo Caldwell, sin levantarse. La miró de arriba a abajo. Lento. "Puntual."
Nia no pudo hablar. Miró a su mamá. Clara estaba en la cocina, de espaldas, lavando platos. Los hombros le temblaban.
"Siéntate, Nia" ordenó su padre. La voz de James no tenía el tono de siempre. Tenía miedo. "El señor Caldwell tiene una propuesta para ti."
Nia se quedó parada en la puerta.
"Una chica trabajadora como usted vale oro" dijo Caldwell, sonriendo. "Le he comentado a su padre que me gustaría que viniera a trabajar a mi casa. Tiempo completo. Mejor paga. Cuarto propio."
Mejor paga. Cuarto propio.
Traducción: más cerca. Sin testigos.
James se limpió la boca. "Dile que sí, Nia. Esto es una bendición. Con lo que pague el señor, salimos de esta casa."
Nia miró a su madre. Clara no se volteó.
Miró a su padre. Él no la veía. Solo veía el dinero.
Y entendió algo terrible: Nadie la iba a salvar.
"Yo... yo no puedo, señor." La voz le salió bajita. "Ya tengo trabajo."
La sonrisa de Caldwell se borró.
"¿Ah no?" Dejó el vaso en la mesa. El hielo sonó. "Pues qué lástima. Porque yo pensé que éramos amigos, ¿verdad James?"
James se puso pálido. "Claro que sí, señor. Claro. Hable con ella. Es terca, pero entiende."
Caldwell se levantó. Era alto. Ocupaba toda la sala.
Caminó hacia Nia. Se detuvo a un paso. Olía a whisky caro y a poder.
"Tú y yo vamos a llevarnos muy bien, Nia Johnson." Le rozó el delantal con un dedo. "Muy bien."
En ese momento Nia sintió que el mundo se le venía encima. La casa. Su padre. El hombre. El alambre.
Pero entonces su mano tocó el libro bajo el delantal.
Y dentro del libro, el billete de tren.
Y la dirección en Chicago.
Respiró.
"Me tengo que ir a dormir, señor" dijo. Y por primera vez le sostuvo la mirada. "Mañana tengo que trabajar. Temprano."
Caldwell la estudió. Luego se rió y le dio una palmada en el hombro a James.
"Me gusta que tenga carácter. Hablamos mañana."
Se fue. Con su traje y su olor a dinero.
Cuando la puerta se cerró, James explotó.
"¡¿Qué te pasa?! ¡¿Tú sabes quién es ese hombre?!" Le dio un empujón. "¡Le acabas de faltar el respeto al hombre más importante de este estado!"
Nia no lloró. No gritó.
Fue a su cuarto. Cerró la puerta.
Y sacó el billete.
El martes. 5:30pm.
Si no se iba ahora, no se iría nunca.