Cartas al otro lado del alambre

Capítulo 8

Chicago. 6:00am.

Olí a humo, a metal frío y a gente. Mucha gente.
Nia se bajó del tren temblando. No de frío. De miedo.

Daiki cargaba las dos maletas. "Ya casi. Mi tía vive a 4 cuadras."

Caminaron en silencio. Edificios de ladrillo. Gente apurada. Carteles en inglés y en japonés.
Nia nunca había visto tantos edificios juntos.

Se detuvieron frente a una puerta roja. Casa pequeña. Ventanas con cortinas.
Daiki tocó. Dos veces. Suaves.

La puerta se abrió.

La tía de Daiki. Señora Sato. Unos 50. Pelo recogido, delantal, cara cansada.
Vio a Daiki y sonrió. "Daiki, hijo—"
Y luego vio a Nia.

La sonrisa se le borró.

"¿Ella quién es?" preguntó en japonés. Rápido. Duro.

"Es Nia, tía. Viene conmigo. Necesita un lugar—"
"Habla inglés." La tía la miró de arriba a abajo. "Para que te entienda."

Daiki tragó saliva y cambió al inglés. "Tía, ella está en peligro. En Alabama. Un hombre... su padre..."

"No me importa." La señora Sato cruzó los brazos. "Te dije por carta que podías venir. A ti. Solo a ti."

"Tía, por favor—"
"¡No!" La voz le salió filosa. "Yo ya tengo problemas. Los vecinos ya nos miran raro por ser japoneses. ¿Y ahora voy a meter a una negra a mi casa? ¿Tú sabes lo que dirán? ¿Tú sabes lo que me harán a mí?"

Nia se quedó helada. Había huido de un racismo para encontrarse con otro.

"Entonces no nos deje entrar" dijo Nia. Bajito. Digna. "Gracias por su tiempo, señora."

Se dio la vuelta.

"¡Nia, espera!" Daiki agarró su brazo. "Tía, es por unos días. Solo hasta que consigamos trabajo. Prometo—"

"¡Nada de promesas!" La señora Sato cerró la puerta. No de un portazo. Despacio. Definitiva.
Se oyó el seguro.

Se quedaron en la banqueta. Con las maletas. Con el frío de agosto pegándoles en la cara.

Daiki cerró los ojos. "Lo siento. Lo siento mucho."

Nia negó con la cabeza. No lloraba. Ya no le quedaban lágrimas.
"Está bien. Yo entiendo."

"¿Entender qué?" Daiki pateó una piedra. Rabia. "¿Que el mundo nos odia a los dos por separado, y juntos el doble?"

Nia miró la calle. "¿Ahora qué?"

Daiki respiró hondo. Miró a los lados. Señaló un callejón entre dos edificios.
"Mi amigo Kenji. Trabaja en una lavandería. Duerme en el sótano. A veces deja que la gente se quede un par de noches. Si no decimos nada."

"¿Escondernos?"
"Escondernos." Daiki le ofreció la mano. No la agarró. Solo se la ofreció. "Otra vez."

Nia la miró. Luego miró la puerta roja que se había cerrado.
Y agarró la mano de Daiki.

"Vamos."

Bajaron al callejón. Con las maletas. Con el miedo.
Pero juntos.

Chicago no los quería.
Pero ellos se tenían.




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