El sótano olía a humedad y a cloro.
Un cuarto sin ventanas. Un colchón en el suelo. Un foco que parpadeaba.
Y Kenji. 19 años. Flaco. Ojeras. Trabajaba 14 horas en la lavandería de arriba.
"No digan nada" dijo la primera noche. "Si viene el jefe, se meten debajo de las mesas de planchar. Y no hacen ruido."
Nia asintió. Daiki no. Él solo apretó la mandíbula.
*Día 1 al 3:* Hambre.
Comían pan viejo y sopa que Kenji les pasaba en un termo. Nia lavaba su ropa en un balde. Daiki dormía con un ojo abierto.
*Día 4:* Nia salió.
"Necesito trabajar" dijo. "No puedo depender."
Daiki quería ir con ella. "Es peligroso."
"Más peligroso es no comer." Se puso el único vestido limpio. "Vuelvo antes de que anochezca."
Caminó 6 cuadras. Tocó puertas. "¿Necesita ayuda? Lavo. Plancho. Barro."
En la quinta casa le dijeron que sí.
Señora O’Leary. Irlandesa. Viuda. 4 hijos.
"20 centavos la hora. Y no me traigas problemas" dijo, mirándola de arriba a abajo.
Nia agachó la cabeza. "Sí, señora."
Llegó al sótano con las manos rojas y 80 centavos en el bolsillo. Los puso en la mano de Daiki.
"Para la comida."
Daiki la miró y por primera vez en días sonrió. De verdad.
*Día 7:* Construyeron.
Con una caja de madera hicieron una mesa. Con un periódico viejo hicieron una cortina para el colchón.
Con un lápiz y el reverso de una bolsa, Daiki le enseñó japonés a Nia. Nia le enseñó a él a leer a Langston Hughes en voz alta.
En las noches, cuando Kenji dormía arriba, hablaban bajito.
De libros. De trenes. De cómo sería tener una ventana.
"Cuando tengamos dinero" susurró Nia una noche, "compramos una tetera."
"Y dos tazas" dijo Daiki. "Una para ti. Una para mí."
Se rieron. Bajito. Para no despertar a nadie.
*Día 12:* El miedo.
Golpes arriba. Voces. "¡Inspección del trabajo!"
Nia y Daiki se metieron debajo de la mesa de planchar en 3 segundos. Sin hablar.
Estuvieron 40 minutos sin respirar. Escuchando botas.
Cuando se fueron, salieron temblando.
Nia vomitó en una cubeta. Daiki le sostuvo el pelo.
Esa noche no hablaron. Solo se sentaron espalda con espalda en el colchón.
Sin tocarse. Pero juntos.
*Día 15:*
Nia llegó con algo envuelto en papel. Una tetera. De segunda. 35 centavos.
"Para que tomemos té" dijo.
Daiki la agarró. Estaba abollada. Y era lo más bonito que había visto.
La pusieron sobre la caja-mesa.
En un sótano sin ventanas, con ratas y miedo, tenían una tetera.
Nia se sentó en el suelo. Daiki a su lado.
Sirvió agua caliente. De la llave.
"Por nosotros" dijo Nia, levantando su taza abollada.
"Por los martes" contestó Daiki.
Chocaron las tazas. Sonó bajito.
En el sótano. En Chicago. En 1943.
Y por un minuto, no estaban escondidos.
Estaban en casa.
*Dos semanas después*
Daiki llegó oliendo a naranjas y a sudor.
"Trabajo" dijo. Sin aliento. "En la frutería de la esquina. La del señor Kim."
Nia se quedó parada con el trapo en la mano. "¿Cómo?"
"Mi tía." Daiki se pasó la mano por el pelo. "Fue. Habló con él. Le dijo que soy trabajador. Que no doy problemas. Que soy familia."
Bajó la voz. "No dijo de ti. Solo de mí."
Nia asintió. Dolió. Pero entendió.
"¿Y qué haces?"
"Cargo cajas. 10 horas. 30 centavos la hora." Daiki se rió. "Es mucho, Nia. Es el doble de lo tuyo."
Esa noche Daiki no cenó. Guardó sus 30 centavos. Y los del día siguiente. Y los del otro.
*Día 6 de trabajo:*
Llegó con un paquete envuelto en papel periódico.
Lo puso sobre la caja-mesa. Junto a la tetera abollada.
"¿Qué es?" preguntó Nia.
"Ábrelo."
Era una radio. Pequeña. De baquelita negra. Segunda mano. 2 dólares.
Tenía un rayón en una esquina.
Daiki la conectó al único enchufe del sótano. Le dio vuelta a la perilla.
_Chisporroteo. Ruido. Y luego... música._
Jazz. Bajo. Lejano. Como saliendo del 1943.
Ninguno dijo nada.
Daiki le extendió la mano. "¿Bailas?"
Nia se rió nerviosa. "Aquí no hay espacio."
"Hay el espacio que hagamos."
Le agarró la mano. La jaló. Despacio.
El sótano era de 2x3 metros. Con el colchón, la mesa y las cubetas.
Pero bailaron.
Un paso. Otro.
Daiki le puso una mano en la espalda. Nia apoyó la otra en su hombro.
Giraron. Casi tirando la tetera. Se rieron. Bajito. Para que Kenji no los oyera arriba.
La música era vieja. De antes de la guerra.
Y ellos estaban ahí. Con ropa lavada a mano y pies descalzos.
"Esto es lo más bonito que me ha pasado" susurró Daiki. Tenía la frente pegada a la de ella.
"A mí también."
La canción se acabó. Empezó otra. Más lenta.
Daiki no la soltó.
Nia no lo soltó.
Se quedaron así. Bailando sin moverse. Solo respirando al mismo ritmo.
Y entonces Daiki la besó.
Suave. Como preguntando.
En los labios. Un segundo.
Nia no se apartó.
Le devolvió el beso. También suave. También con miedo y con ganas.
Cuando se separaron, los dos estaban temblando.
No dijeron "te amo". No hacía falta.
Daiki le tocó la mejilla con el pulgar. "¿Está bien?"
Nia asintió. Y se recostó en su pecho.
La radio siguió sonando. Jazz.
En un sótano en Chicago.
Con una tetera, 80 centavos, y dos personas que por fin se habían encontrado.
Por primera vez, el sótano no olía a humedad.
Olí a naranjas. A música. Y a ellos.