Cartas al otro lado del alambre

Capítulo 10

La frutería del señor Kim olía a cítricos y a tierra mojada.

Daiki cargaba cajas desde las 6am. Espalda rota, manos rajadas. Pero 30 centavos son 30 centavos.

A la semana llegó ella.

Hana Sato. 18 años. Japonesa. Hija del primo del señor Kim.
Pelo negro recogido, delantal limpio, y una sonrisa que no se le bajaba cuando veía a Daiki.

"¿Eres el nuevo?" dijo el primer día. "Mi tío dice que trabajas duro."
"Sí" contestó Daiki. Seco. "Daiki."

Desde ese día Hana le llevaba té. "Para que no te canses."
Le guardaba las mejores manzanas. "Para tu almuerzo."
Le preguntaba cosas. De Japón. De la guerra. De todo.

Daiki contestaba con monosílabos. Pensaba en Nia. En el sótano. En la radio.

*El problema empezó en casa.*

Un domingo la tía de Daiki fue a la frutería.
Vio a Hana riéndose con Daiki mientras pelaba naranjas.
Vio cómo Hana le acomodó el cuello de la camisa sin que él se diera cuenta.

Esa noche tocaron la puerta roja.

"Daiki." La señora Sato entró sin esperar. "Tenemos que hablar."

"¿Qué pasa, tía?"
"Hana es buena chica. De buena familia. Su padre tiene tienda." La tía lo miró fijo. "Sería lo mejor. Para ti. Para nosotros. Para que no nos señalen."

Daiki se quedó helado. "¿De qué habla?"
"De casarte." Dijo la palabra como si fuera un plan de negocios. "Con Hana. Los Kim ya preguntaron. Dicen que hacen buena pareja."

Daiki soltó la tetera. Casi se le cae.
"Tía, yo— yo tengo a alguien."

"¿A esa muchacha?" La tía frunció el ceño. "Hijo, eso no es futuro. Eso es problema. Hana es de los nuestros. Te puede dar una vida. Una casa. No un sótano."

"No quiero una casa sin ella."
La tía lo abofeteó. No fuerte. De desesperación.
"¡Piensa! Si te metes con una negra, nos cierran la frutería. Nos corren del barrio. ¿Quieres eso para mí? ¿Después de todo lo que hice por ti?"

Daiki no contestó. Salió.

Caminó 4 cuadras al sótano.

Nia estaba planchando. Vio su cara y dejó el trapo.
"¿Qué pasó?"

Daiki no supo cómo decirlo. Así que solo la abrazó. Fuerte. Como si se la fueran a quitar.

"Mi tía quiere que me case con otra chica." Lo dijo contra el pelo de Nia. "De su familia. Para que estemos 'seguros'."

Nia se quedó quieta. Un segundo. Dos.
Luego se separó. Los ojos secos.

"¿Y tú qué quieres, Daiki?"

Daiki la miró. A ella. Con el vestido remendado, las manos rojas de jabón, y la radio chiquita sonando bajito en el fondo.

"Quiero esta mierda de sótano" dijo. "Quiero tu té frío. Quiero bailar con una radio que mete ruido. Quiero besarte aunque nos cueste todo."

Se acercó. Le tomó la cara.
"Quiero a ti, Nia. Solo a ti."

Y la besó. Esta vez no suave. Con rabia. Con miedo. Como diciendo _no te me vayas_.

Nia le respondió. Con las dos manos en su camisa.

Cuando se separaron, Nia susurró: "Entonces peleamos. Los dos. Contra tu tía. Contra Hana. Contra Chicago."

Daiki asintió. "Los dos."

Arriba, en la frutería, Hana seguía guardándole una manzana.
Y en la casa roja, la tía ya estaba hablando con los Kim del compromiso.

Pero abajo, en el sótano, había dos personas que acababan de decidir que no se soltaban.

Aunque el mundo quisiera.




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