Había pasado una semana desde que Jason regresó a la casa.
Siete días.
Para Dave habían sido suficientes para descubrir que tenerlo cerca podía doler casi tanto como haberlo tenido inconsciente en aquella cama de hospital.
Jason mejoraba físicamente.
Los médicos todavía no le permitían retomar formalmente su trabajo. Tenía controles, rehabilitación y órdenes estrictas de no hacer esfuerzos excesivos.
Pero había insistido en recuperar parte de su rutina.
Entre ellas, llevar a Dave a la universidad.
Trayectos cortos.
Nada más.
Elizabeth había aceptado principalmente porque Jason se estaba volviendo insoportable dentro de la casa sin hacer absolutamente nada.
Para Dave, sin embargo, aquellos viajes se habían convertido en una tortura silenciosa.
Antes hablaban.
Discutían.
Jason le preguntaba por sus clases.
Dave se burlaba de su música.
A veces se besaban antes de que él bajara del automóvil.
Ahora…
—¿A qué hora sales?
—Al mediodía.
—Bien.
Eso era prácticamente todo.
Jason permanecía perdido en sus pensamientos.
Y Dave fingía que no le dolía.
Aquella mañana despertó antes de que sonara la alarma.
Miró el reloj.
6:03 a. m.
Había dormido quizás tres horas.
Se quedó mirando el techo.
No tenía ganas de levantarse.
Tampoco de quedarse allí.
Últimamente nada parecía tener demasiado sentido.
Cerraba los ojos y recordaba a Jason diciéndole que lo amaba.
Los abría y encontraba a un hombre que apenas sabía cómo hablarle.
Finalmente se obligó a ponerse de pie.
Se bañó.
Se vistió.
Bajó.
Preparó café.
Nada más.
No tenía hambre.
En realidad llevaba varios días sin sentir demasiada.
Permaneció frente a la ventana con la taza entre ambas manos.
El cielo apenas comenzaba a aclararse.
—Buenos días.
Dave no se sobresaltó.
Reconocía aquella voz incluso antes de escucharla.
—Buenos días.
Jason entró en la cocina.
Se sirvió café.
Después lo observó.
Dave parecía cansado.
No.
No solamente cansado.
Tenía ojeras profundas y la ropa parecía quedarle un poco más holgada.
Jason miró la encimera.
Solo café.
—¿Ya desayunaste?
Dave mantuvo la vista en la ventana.
—No tengo hambre.
—Eso dijiste ayer.
Él giró ligeramente.
—¿Qué?
Jason se sorprendió de sí mismo.
No sabía por qué estaba prestando atención a algo tan pequeño.
—Ayer tampoco desayunaste.
Dave sostuvo su mirada.
Por un instante apareció algo en sus ojos.
Dolor.
Después desapareció.
—Estoy bien.
—No parece.
—¿A qué hora tenemos que salir? —preguntó Dave, cambiando de tema.
Jason miró el reloj.
—¿A qué hora entras?
—A las ocho.
Dave dejó la taza en el fregadero.
Apenas había bebido la mitad.
—Entonces te veo en el auto unos minutos antes.
Salió.
Jason miró la taza.
Después la puerta.
Una sensación incómoda apareció dentro de él.
Algo le ocurría a Dave.
Y cada vez estaba más convencido de que él tenía algo que ver.
El viaje fue silencioso.
Jason lo dejó frente al edificio.
—Al mediodía estoy aquí.
Dave tomó su mochila.
—Está bien.
Abrió la puerta.
—Dave.
Se detuvo.
Jason no sabía qué quería decir.
Come algo.
Duerme.
Deja de mirarme como si te hubiera hecho algo terrible.
En lugar de eso preguntó:
—¿Estás seguro de que estás bien?
Dave sonrió.
Una de aquellas sonrisas que no llegaban a los ojos.
—Perfectamente.
Bajó.
Jason lo observó desaparecer dentro de la universidad.
No le creyó ni una sola palabra.
Aquella noche Dave necesitaba salir.
No quería otra velada encerrado en su habitación escuchando movimientos al otro lado del pasillo y preguntándose qué estaría pensando Jason.
Lola había insistido durante varios días.
Finalmente aceptó.
Cuando bajó, Elizabeth estaba hablando con Jason.
—Dave.
Él se volvió.
—¿Sí?
—¿Vas a salir?
—Con Lola.
—¿A dónde?
Dave soltó aire.
—Abuela…
—Solo pregunté.
—A un bar nuevo.
Elizabeth miró hacia Jason.
Dave supo inmediatamente lo que venía.
—Por favor, que Jason los lleve.
—Puedo pedir un auto.
—Prefiero que él vaya.
Dave apretó los labios.
—Como sea.
Jason levantó ligeramente las cejas ante el tono.
Dave ya caminaba hacia la puerta.
Recogieron a Lola diez minutos después.
Ella salió acompañada de Michael y de otro muchacho que Dave no conocía.
—¡Dave!
El joven bajó para saludarlos.
Lola lo abrazó.
—Mira nada más quién decidió tener vida social.
—No empieces.
Ella señaló al muchacho.
—Él es Miguel.
Miguel sonrió.
Era aproximadamente de su edad.
Cabello oscuro.
Ojos claros.
Atractivo.
—Mucho gusto.
Dave estrechó su mano.
—Igualmente.
—Lola me ha hablado de ti.
Dave la miró.
—¿Por qué siempre dices cosas sobre mí a desconocidos?
—Porque soy encantadora.
—Esa no era la palabra que tenía en mente.
Miguel rio.
Jason los observó desde el automóvil.
No supo por qué prestó especial atención a la manera en que Miguel miraba a Dave.
Demasiado.
Definitivamente estaba interesado.
Jason sintió una molestia vaga.
Inmediatamente la descartó.
No era asunto suyo.
Durante el trayecto Lola explicó dónde quedaba el bar.
Miguel se sentó junto a Dave.
Hablaba bastante.
Preguntó por la universidad.
Por lo que estudiaba.
Por sus planes.
Dave respondía educadamente.
Nada más.
Jason observaba de vez en cuando por el retrovisor.