—Mi papá es psicólogo —dice Fred mientras yo me desenredo el cabello con uno de sus cepillos para el pelo. Su madre insiste en que me dé una ducha, dice que tengo un rostro muy bonito pero con el cabello así de despeinado y la cara de recién levantada puedo espantar a cualquiera. Además, y en sus propias palabras, también dice que debo darle una buena impresión a su marido. Al parecer le he caído bien a la madre de Fred y ella desea que su marido piense igual. Pero parece que es exigente. Según Frederick me explica, todas las personas que llevan a la casa deben tener una pequeña entrevista con el señor—. Quiere asegurarse de que no entre un psicópata o qué sé yo —bromea Fred, mientras que le hace cosquillas a su perro.
—¿Cómo le fue a Ceci? —pregunto dejando el cepillo y mirándolo, él se ríe.
—Papá la diagnosticó con problemas de ira —contesta—, pero eso cualquiera lo sabe, ¿no?
—Es decir que él psicoanaliza a todos tus amigos.
—Y a las de mamá. Aunque entiendo que analice a las de mamá. Si vieras las amigas que tiene. —Guarda silencio un instante y luego agrega—. De cierta forma lo entiendo. Mi mamá está loca y yo también, alguien tiene que poner orden, ¿no? —A lo mejor Fred tiene razón, bien es obvio que su madre no es nada normal, pero de ahí a analizar la mente de todos los invitados que llevan a casa, además está ese temor palpitando tras de mi cabeza, ese que me grita que yo jamás seré del agrado de un psicólogo. ¿Es el momento? ¿Debo confesarlo antes de que sea tarde?
—Fred —Alza el rostro, su perrito lanza un par de ladridos y corre fuera de la habitación, como si supiera que viene una tormenta—. ¿Qué piensas de los fantasmas? —Supongo que no es una pregunta para responder sin asombrarse. Porque él dice.
—¿Por qué me preguntas eso ahora? —Me muerdo el interior de la mejilla, indecisa entre si decirlo o no. Después de todo me espera una audiencia con un profesional de la mente, un intelectual que jamás dará crédito a mis explicaciones.
—Los escucho —Él arruga la frente, levantándose del colchón—. A veces también los veo.
—¿Fantasmas? —pregunta con incredulidad a un paso de mí, asiento, sintiendo mis ojos picar. Debe creerme, tiene que hacerlo.
—Nunca se lo había dicho a nadie, pensarían que estoy loca, pero no lo estoy. Son fantasmas.
—Bien, bien —dice tomando mi rostro, mirándome directo a los ojos—. Está bien, si tú lo dices así debe ser.
—¿Me crees? —Ladea una sonrisa, una que dice perfectamente que no lo hace.
—Sí. Vamos, no hagamos esperar a papá, no le gusta la gente que se retrasa.
El estudio del padre de Fred queda al frente del dormitorio de este. Tiene un pequeño escritorio con dos sillas delante, una estantería detrás y una ventana del lado derecho. Sobre el escritorio tiene un computador y un bloc de notas, además de una planta en la esquina al lado de la puerta. Fred me indica que entre y así lo hago. Cuando tomo asiento frente al señor me siento expuesta. Como cuando te mandan al pizarrón a resolver un ejercicio cuya fórmula olvidaste o cuando debes hacer una exposición sobre un tema que no dominas. Además está ese sabor amargo de la confesión, por fin lo he dicho, he confiado en alguien y he escupido mi secreto. Aunque Frederick es tan amable como para decir que me cree, es evidente que no lo hace, su sonrisa comprensiva me lo dice, sus ojos casi tristes me lo gritan y entonces aquel señor, con aquella mirada escrutadora, como rayos X, viendo mi alma. ¿Qué ve allí, señor? ¿Es el infierno de la locura?
—¿Cómo te va en la escuela? —parece extraño que esa sea su primera pregunta. Casi lo he imaginado gritándome si acaso he recibido clases sobre buenos modales y educación sexual. Casi lo he visualizado apuntándome con un dedo: «Fuera, fuera de mi casa, lunática».
—Bien —Me pregunto si su decepción es igual a la mía, quizás espera una respuesta más extendida. Así es, lo sé cuando habla.
—Esa es una respuesta muy vaga. Defíneme «bien» —Me encojo de hombros y él ladea una sonrisa, una increíblemente parecida a las de Fred—. Veamos, ¿tienes muchos amigos? —Uh, ¿muchos amigos? No, no los tengo. Nicole y yo no nos hablamos como antes desde hace mucho tiempo, Lydia solo me habla para tener alguien con quien conversar. Ceci podría golpearme a la menor oportunidad que tuviera. Fred, él no cuenta. El chico que hace que tu mundo se mueva no cuenta como amigo. Meneo la cabeza en negación—. Frederick me había hablado de ti —dice dándome la primera sorpresa. ¿Habla de mí con sus padres? Bien, ahora entiendo por qué la madre de Fred no ha preguntado mi nombre en la mañana, ni nada—. Al parecer eres muy reservada, ¿siempre has sido así? —Hago memoria. ¿Antes del divorcio de mis padres era más comunicativa? No estoy cien por ciento segura, pero supongo que sí, quizás no tanto como una habladora, pero al menos no tan cerrada.
—Me gusta estar sola —digo y él asiente.
—¿Tienes buenas calificaciones? —Me congelo. No, no las tengo. Mi última boleta está en números rojos y aun no se la entrego a mamá.
—No muy buenas.
—¿Por qué?
—No lo sé —digo y es verdad. No soy una tonta, pero a veces me olvido de hacer los trabajos o de estudiar, a veces incluso, olvido cosas tan simples como las cosas que ya he estudiado. ¿Por qué? No lo sé, solo sé que yo soy el tipo de persona que no se centra en lo que hace, mi cabeza siempre vuela hacia otros lados. Puedo pasar periodos perdida en mi propia mente, escuchándolos reír, sintiéndolos respirar cerca de mí.