Mamá está molesta con papá, por supuesto, y no me entero sino hasta la tarde. Luego de que llego a casa, ella se pasa todas las horas obligándose a estar ocupada; lava la ropa, hace el almuerzo, limpia la cocina. Yo paso la tarde en mi habitación, contemplando la tarjeta de la supuesta psiquiatra, cuestionándome qué he hecho mal. ¿Qué es lo que lleva a esas personas a pensar que estoy loca? ¿Es por lo de los fantasmas? ¿O acaso mi rostro grita: lunática?
Papá llega a casa a comienzos de la noche, haciendo que me sorprenda y encendiendo una pequeña batalla entre mis padres.
—¿No le dijiste? —salta papá.
—No me dio tiempo —se defiende mamá. Poco les importa que yo esté allí, sin entender absolutamente nada.
Pero no pasa demasiado tiempo, logran colocarse de acuerdo cuando se cansan de batallar entre ellos y me explican.
Se trata de Amanda, su madre ha tenido que abandonar la ciudad por motivos de causa mayor, o bueno, según lo que puedo entender, es por su marido, cuya delicada salud le exige a su esposa acompañarle.
Y noto la ironía en ello. Aquella mujer deja a su hija embarazada, vuela hacia otra ciudad para estar con el hombre que ha escogido para pasar el resto de sus días por su delicado estado. Mis padres, bah, ellos no pueden estar en la misma habitación más de tres horas sin pelear. La vida es extraña y me aterra. Los veo a ellos y me veo en un futuro. Sin ser feliz.
Luego de dimes y diretes entre ambos, todo queda claro. Papá trabaja casi todo el día y Amanda necesita compañía. Yo soy la mejor opción. No, por supuesto que no lo soy. Pero ellos no saben muchas cosas sobre mí; como que solo soy una adolescente, como que tengo miedo, como que me siento sola, como que estoy medio chiflada. No, no estoy loca. Joder.
Zarzamora.