El latón del astrolabio estaba frío contra las yemas de los dedos de Kaelen, resbaladizo por la fina película de aceite sintético con la que limpiaba sus engranajes. En la penumbra de su taller, en los niveles intermedios de Ambaria, la luz del Sol no llegaba filtrada por ventanas limpias, sino distorsionada por las densas placas de cristal sulfuroso de la cúpula central. Todo en la metrópolis olía a cobre sobrecalentado, ozono rancio y al vapor seco de los grandes respiraderos del núcleo.
Kaelen encajó el último piñón del astrolabio heredado de su difunto padre. El instrumento relució un segundo bajo la lámpara antes de que un chasquido metálico resonara en el pasillo. Con agilidad pulida por años de prudencia, deslizó la reliquia de latón en la cavidad oculta tras el cuadro de conexiones, cerrando la cubierta con un golpe seco de la palma.
—Llegas tarde, Jax —murmuró Kaelen sin girarse, sujetando un soldador de plasma apagado.
—El sector cuatro estaba atestado de patrullas de centinelas —respondió una voz rasposa desde la sombra de la escotilla.
Jax avanzó limpiándose las manos manchadas de grasa negra en un trapo. Era un técnico de los niveles inferiores de la ciudad, un hombre de hombros cargados que olía a aceite de engranajes y humedad subterránea. Bajo el dobladillo de su chaquetón de cuero, extrajo un tubo cilíndrico envuelto en alambre.
—Pagué tres fichas de racionamiento extra por esto —dijo Jax, dejando el cilindro sobre el metal de la mesa con un chasquido sordo. Su tono era un susurro ahogado por el zumbido de los conductos de ventilación—. Es un cristal focalizador de alta frecuencia. Si los centinelas descubren que saqué esto de la reserva del reactor, me colgarán de las torres de refrigeración.
Kaelen examinó la pieza. El cristal emitía un tenue fulgor azulado que contrastaba de forma violenta con la luz ámbar del taller.
—Esta pieza no debería existir en los registros de inventario —observó Kaelen, pasando la yema del pulgar por la superficie facetada.
—Esa es la gracia de los niveles inferiores, ingeniero —sonrió Jax—. Nada de lo que vale la pena existe en los registros del Padre Sol. ¿Para qué quieres un modulador de esta potencia? Esto no es para reparar los motores de ventilación secundarios.
—Es para estabilizar la lectura de frecuencias —mintió Kaelen con voz neutra, guardando el cristal en su túnica.
—Mentira —repuso Jax, inclinándose sobre la mesa—. Tu padre buscaba las mismas frecuencias antes de que los centinelas se lo llevaran. Ten cuidado. La curiosidad en Ambaria no te consigue un ascenso; te consigue una fosa sin nombre en el desierto.
El sensor óptico de la puerta parpadeó en rojo brillante. La pesada escotilla deslizante se abrió con un silbido neumático, dejando entrar aire frío cargado de perfume sintético de enebro.
Solana permanecía en el umbral, erguida bajo la luz dorada de la galería superior. Vestía la túnica entallada de los mandos intermedios del Culto del Sol, con hombreras de bronce pulido que reflejaban la iluminación con el brillo del dogma. Sus ojos oscuros recorrieron la estancia en un segundo, evaluando la posición exacta de ambos hombres.
Jax dio un paso atrás de inmediato, agachando la cabeza.
—Oficial Solana—murmuró Jax, recogiendo su caja de herramientas—. Entregaba los repuestos para los sellos de presión.
—Retírate, técnico —ordenó Solana. Su voz era limpia, carente de la menor duda—. Los niveles inferiores reclaman tu presencia.
Jax se descolgó por la escala lateral y desapareció en la penumbra del hueco de servicio.
Solana entró en el taller, marcando el ritmo de sus pasos con el chasquido firme de sus botas sobre el enrejado metálico. Se detuvo frente a la mesa de Kaelen, dejando caer una mirada gélida sobre las herramientas.
—Sigues perdiendo el tiempo entre chatarra y trabajadores del subsuelo, Kaelen —dijo ella, apoyando una mano enguantada en la mesa.
—Son los técnicos del subsuelo los que mantienen los filtros de aire funcionando, Solana —respondió Kaelen, guardando los destornilladores magnéticos.— ¿A qué debo tu visita? Los oficiales no suelen descender a los talleres intermedios sin una orden de inspección.
Solana inclinó ligeramente la cabeza, analizando el rostro de Kaelen. La ambición que la impulsaba a ascender dentro de la sociedad jerárquica de Ambaria había levantado un muro invisible entre ellos, convirtiendo su antigua familiaridad en un juego peligroso de supervivencia.
—El Comandante Víctor ha solicitado un informe completo de la eficiencia del reactor primario —dijo ella, acercándose un paso.— Se han detectado fluctuaciones térmicas en la red externa. Nada grave aún, pero los altos mandos no tolera un margen de error. Y sabe que tú conoces la arquitectura del Corazón del Sol mejor que nadie.
—El reactor trabaja dentro de los parámetros diseñados por el Culto —contestó Kaelen.— Si hay variaciones, se deben a la degradación natural de los blindajes exteriores por el calor del desierto.
Solana sonrió de una forma helada que no llegó a sus ojos.
—No intentes usar la retórica de los manuales conmigo, Kaelen. Te conozco desde la Academia Tecnológica. Sé cuándo estás trabajando y sé cuándo buscando lo que no debes. Recuerda, tu padre cometió el error de creer que había verdades ocultas detrás de las palabras del Padre Sol, y ya sabes dónde acabó su nombre: borrado de los archivos de la Gran Biblioteca de Ambaria.
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Editado: 01.10.2026