El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 16

La presencia de los fotógrafos en las inmediaciones del edificio se volvió insoportable al día siguiente. Dos furgonetas de prensa montaban guardia en la esquina y los drones de los noticieros sobrevolaban los ventanales de la torre. Para empeorar las cosas, la licenciada Rivas había advertido que realizaría inspecciones nocturnas sin previo aviso para comprobar que la convivencia del matrimonio fuera absoluta.

Ante el riesgo inminente de que una mirada indiscreta descubriera que Sofía dormía en la suite de invitados al otro lado del pasillo, Damián tomó una decisión tajante: ordenó al servicio trasladar todas las pertenencias de la joven al dormitorio principal.

El cambio fue un golpe devastador para la resistencia de Sofía.

La suite de Damián era un espacio imponente de paredes oscuras, luz tenue y una cama king size que dominaba el centro de la habitación. Ver sus vestidos sencillos colgados junto a los trajes de sastre del magnate y sus productos de higiene personal alineados en el mármol del baño junto a las colonias de madera de él convertía la mentira en una realidad asfixiante.

La primera noche under el mismo techo que la suite principal coincidió con la llegada de una tormenta feroz. El viento azotaba los cristales de los ventanales y los truenos retumbaban con fuerza sobre la ciudad, iluminando la penumbra del dormitorio con destellos azulados.

Sofía salió del baño vistiendo un pijama de seda gris de manga larga, con el cabello suelto cayéndole sobre la espalda. Al ver a Damián sentado en la cama, apoyado contra el respaldo de cuero con el torso desnudo y la vista fija en su tableta de trabajo, sintió que el aire de la estancia se volvía irrespirable.

La calidez que emanaba del cuerpo del hombre y el aroma a sándalo que impregnaba las sábanas hacían que cada fibra de su ser se pusiera en alerta.

Sin decir una palabra, Sofía caminó hacia el sofá de terciopelo ubicado frente al ventanal. Llevaba una almohada extra y una manta fina que había tomado del armario. Se acomodó como pudo en la superficie estrecha, dándole la espalda a la cama y acurrucándose contra el respaldo mientras el chasquido de la lluvia contra el vidrio resonaba a pocos centímetros de su cabeza.

Desde la cama, Damián dejó la tableta sobre la mesa de noche. Sus ojos oscuros siguieron cada uno de los movimientos de Sofía con una mezcla de irritación y una extraña opresión en el pecho.

—¿Qué estás haciendo, Sofía? —preguntó Damián con una voz grave que se abrió paso entre el rumor del viento.

—Dormir —respondió ella sin girarse, apretando la manta contra su barbilla—. Es lo más sensato.

—Ese sofá es de adorno. La temperatura de la habitación está bajando por la tormenta y te vas a enfermar —repuso él, alzando ligeramente el tono—. La cama tiene más de dos metros de ancho. No voy a morderte.

—Prefiero estar aquí, Damián —insistió Sofía, sintiendo que la voz le temblaba ligeramente por el frío que filtraba el ventanal y por los nervios que la consumían—. Ya estamos forzando las cosas demasiado durante el día. Necesito mantener un límite por las noches.

Damián apretó los dientes en la penumbra. Escuchar la terquedad en la voz de la joven, sabiendo que estaba tiritando a pocos metros de él mientras intentaba mantener una distancia que a ambos les quemaba, terminó por agotar la poca paciencia que le quedaba.

Se destapó de un solo movimiento, se puso de pie descalzo —vistiendo únicamente el pantalón de chándal oscuro— y caminó a pasos firmes hacia el sofá.

Sofía escuchó el sonido suave de sus pisadas sobre la alfombra y, antes de que pudiera reaccionar o incorporarse, la figura masiva de Damián se inclinó sobre ella. Sin pedir permiso ni dar espacio a réplicas, el magnate deslizó un brazo debajo de sus rodillas y el otro alrededor de su espalda, levantándola en brazos con una facilidad pasmosa.

Sofía soltó un ahogo de sorpresa y por instinto rodeó el cuello de Damián con los brazos para no caer, pegando su pecho contra el torso desnudo y cálido del hombre. El impacto del contacto físico fue como una descarga eléctrica que les cortó la respiración a ambos.

—¡Damián, suéltame! ¿Qué haces? —exclamó ella, intentando zafarse mientras la luz de un relámpago iluminaba el rostro esculpido del magnate.

Damián no la soltó. La apretó con más firmeza contra su pecho, sintiendo la ligereza de su cuerpo, la suavidad de la seda de su pijama y la fragancia a flores que emanaba de su cuello. Sostenerla de esa manera despiadaba en su interior un hambre voraz y una necesidad de protección que destruía cualquier fachada de frialdad.

Caminó los tres pasos hacia la cama, se inclinó y la depositó con una delicadeza extrema en el lado derecho de la enorme superficie, cubriéndola de inmediato con el edredón de plumas.

Sofía se quedó inmóvil en el colchón, con los ojos muy abiertos y el corazón martillándole contra las costillas a una velocidad desbocada.

Damián no se alejó de inmediato. Se apoyó con una mano a cada lado de la cabeza de Sofía, acorralándola sobre la almohada. Su rostro quedó a escasos centímetros del de ella, compartiendo el mismo aliento agitado en medio de la penumbra del dormitorio. La intensidad de sus miradas cruzadas hizo que el ruido de la tormenta exterior desapareciera por completo.

Damián extendió la mano y le apartó un mechón de cabello de la frente con una lentitud que rozaba la caricia, haciendo que un estremecimiento recorriera a Sofía de pies a cabeza.

—El contrato no dice que debas pasar frío —murmuró Damián con una voz baja, rasposa y cargada de una sensualidad abrumadora que hizo vibrar el aire—. Tampoco dice que deba ver cómo te castigas por mantener un orgullo que ya no tiene sentido entre nosotros.

—Esto es peligroso, Damián... —susurró Sofía, incapaz de apartar los ojos de los labios del hombre, sintiendo que las últimas defensas de su corazón se desmoronaban irrevocablemente.




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