El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 21

Tras la aplastante victoria en la junta directiva, la atmósfera en el penthouse cambió radicalmente. Por primera vez en meses, la pesada sombra de las amenazas corporativas parecía haberse disipado.

Damián, impulsado por una profunda gratitud y una necesidad inédita de compensar a Sofía por su brillante intervención ante los socios, tomó una decisión insólita: le dio la noche libre a todo el personal de servicio y anunció que él mismo se encargaría de preparar la cena de celebración.

​Sofía, que descansaba en la sala vistiendo una camiseta holgada de algodón y unos vaqueros sencillos, lo miró con escepticismo mientras el magnate se ajustaba un delantal negro sobre la camisa blanca de vestir.

​—Damián, has construido un imperio millonario, pero dudo que sepas encender la estufa sin consultar a un abogado —bromeó ella, apoyándose en la isla de granito de la cocina.

​—Es una pasta con salsa de tomates frescos y especias italianas —respondió Damián con arrogancia divertida, arremangándose la camisa hasta los codos—. He cerrado fusiones internacionales de alto riesgo; una receta tradicional no va a derrotarme.

​El entusiasmo del magnate, sin embargo, chocó de frente con la realidad en cuestión de minutos.

​Lo que comenzó como una demostración de control sofisticado se transformó rápidamente en un caos absoluto. Damián no midió la potencia de la placa de inducción, haciendo que la salsa de tomate chisporroteara violentamente, salpicando el azulejo blanco y su propia camisa.

Al intentar corregir el espesor de la masa casera que había decidido improvisar para acompañar el platillo, volcó por accidente el paquete entero de harina sobre la barra, levantando una densa nube blanca que cubrió la cocina por completo.

​Sofía soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en todo el piso.

​—¡Es un desastre completo! —exclamó ella, llevándose las manos a la boca mientras miraba la cara de Damián, que lucía un manchón negro de hollín en el pómulo y la frente cubierta de polvo blanco.

​Damián la miró con el ceño fruncido, pero la chispa de diversión en sus ojos oscuros delataba que la rigidez habitual había desaparecido por completo.

​—El proceso gastronómico requiere cierto grado de entropía —se justificó el magnate, tratando de mantener la compostura.

​—Eso no es entropía, es una escena de crimen culinario —se burló Sofía, acercándose a la barra para tomar un paño limpio.

​Antes de que pudiera limpiar la superficie, Damián metió la mano en el resto de harina acumulado en un tazón y le dio un toque suave en la punta de la nariz a Sofía, dejándole una marca blanca.

​Sofía se congeló por un segundo, abriendo los ojos de par en par. Miró a Damián, quien le dedicó una sonrisa afilada y victoriosa.

​—¿Ah, sí? Conque así vamos a jugar... —susurró ella.

​Sin pensarlo dos veces, Sofía tomó un puñado de harina y se lo arrojó directamente al pecho. El polvo cubrió la camisa de Damián, y en menos de cinco segundos la elegante cocina del penthouse se convirtió en el escenario de una guerra de harina desenfrenada.

Se persiguieron alrededor de la isla central entre risas infantiles, esquivando trapos voladores y salpicaduras de agua, olvidando por completo la etiqueta, los nombres de la prensa, los juicios de custodia y los contratos millonarios.

Por primera vez desde que se conocieron, no eran el multimillonario frío y la esposa alquilada; eran simplemente un hombre y una mujer disfrutando de una complicidad pura y sin ataduras.

​En medio del juego, Sofía tropezó ligeramente con el borde de una de las banquetas altas.

​Damián reaccionó con la velocidad de un reflejo felino. Estiró el brazo y la atrapó por la cintura antes de que tocara el suelo, tirando de ella hacia su cuerpo.

El impulso hizo que la espalda de Sofía chocara contra el borde de la isla de granito, quedando atrapada entre la barra y la figura imponente de Damián.

​Las risas se apagaron al instante.

​El silencio volvió a adueñarse de la estancia, volviéndose denso, pesado y cargado de una electricidad abrasadora.

​La cocina estaba hecha un desastre: la salsa de tomate comenzaba a humear levemente en la olla olvidada sobre la estufa, la harina cubría sus ropas y rostros, pero ninguno de los dos prestaba atención a su entorno.

​Damián mantenía los brazos amarrados a la cintura de Sofía, pegándola a su torso desnudo por los botones desabrochados de la camisa. Su respiración era agitada, profunda, y sus ojos oscuros recorrían cada centímetro del rostro de la joven, bajando desde sus ojos brillantes hasta detenerse en sus labios entreabiertos.

​Sofía sentía la palma cálida de Damián atravesando la tela de su camiseta, enviando descargas eléctricas directamente a su vientre.

El aroma a harina, tomate y el perfume de madera del hombre creaban una combinación embriagadora que le nublaba el juicio. Sus manos, que aún sostenían un resto de tela, subieron despacio hasta posarse sobre los hombros anchos de Damián, aferrándose a él.

​—Damián... —susurró Sofía con la voz ahogada por la intensidad del momento.

​—Ya no hay público, Sofía —raspó Damián con una voz grave, baja y cargada de un deseo contenido que rozaba la desesperación—. No hay cámaras. No hay socios. No hay ningunas reglas que tengamos que seguir para convencer a nadie más que a nosotros mismos.

​Damián redujo la distancia a milímetros. Su aliento cálido se mezcló con el de ella, y Sofía inclinó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y entregándose por completo a la inminencia del beso que ambos deseaban desde hacía semanas.

El toque de sus labios era inevitable; la atracción que habían intentado sofocar bajo cláusulas y profesionalismo había estallado en una llama imposible de apagar.

​Estaban a un suspiro de entregarse el uno al otro en medio del caos de la cocina.

​De pronto, un sonido seco, estridente y persistente rompió la atmósfera.




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