La mano de Damián descansaba inmóvil sobre el vientre de Sofía. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos e impenetrables, la buscaban con una mezcla de ansiedad pura y desvelo. La calidez de su palma atravesaba la tela del abrigo, pero en lugar de hablar, Sofía sintió que un nudo helado le atenazaba la garganta.
—Sofía... me estás asustando —murmuró Damián, afianzando el agarre con delicadeza pero sin retirar la mano—. ¿Qué dijo el doctor?
El impacto de las palabras del médico aún retumbaba en la mente de la joven como un eco ensordecedor. Apenas unos días atrás, la abogada de los Sterling la había acusado frente al juez de inventar un embarazo para amarrar la fortuna de los Vaughn y asegurar su estancia en el penthouse. La sola idea de confesarle la verdad en ese preciso instante le infundió un pánico paralizante.
¿Y si Damián, en el fondo de su alma, dudaba de ella? ¿Y si pensaba que este bebé era una maniobra calculada para fortalecer la posición de ambos de cara a la audiencia final, o peor aún, que el único lazo que los mantendría unidos sería la obligación biológica y no un amor real?
—Es... es un cuadro severo de deshidratación y estrés acumulado —mintió Sofía, apartando la mirada mientras le retiraba suavemente la mano del vientre—. El médico dice que la baja de presión se debe a las noches en blanco. Me recetó suplementos, hierro y reposo absoluto.
Damián la examinó con detenimiento, notando el temblor casi imperceptible de sus labios y la palidez de sus mejillas. Aunque intuyó que había una sombra oculta detrás de sus ojos, decidió no presionarla. La tensión de los últimos días había rozado límites inhumanos para todos.
—Está bien —dijo él, envolviéndole la espalda con el brazo para guiarla hacia la salida—. Iremos a casa. Prepararé todo para que descanses mientras el equipo legal termina de pulir las pruebas contra Beatriz.
Desde la banqueta opuesta de la calle, envuelta en el interior de un sedán de cristales polarizados, Natalia Sterling observaba la escena a través de la lente de un teleobjetivo.
Natalia no había descansado desde la debacle de la noche anterior en la residencia de sus tíos. La llamada de su padre, furioso y descolocado tras el chantaje fallido y la amenaza de la grabación digital, la había obligado a actuar por su cuenta.
Sabiendo que la custodia de Leo y el fideicomiso se les escapaban de las manos, había pagado a un investigador privado para seguir cada paso de los Vaughn durante las horas previas a la audiencia.
Cuando el rastreador le informó que Sofía había ingresado a un consultorio médico independiente en un sector discreto de la ciudad, Natalia intuyó que algo no encajaba.
—¿A qué especialidad corresponde ese despacho? —demandó Natalia por el celular, sin despegar los ojos de la pareja que subía a la camioneta ejecutiva de Damián.
—El doctor Arango es médico general, señorita Sterling —respondió la voz del investigador al otro lado de la línea—. Pero su consultorio comparte registro y laboratorio con un centro de diagnóstico ginecológico y obstétrico. La orden de laboratorio procesada hace veinte minutos llevaba código prioritario de análisis de embarazo.
Natalia apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Una mueca de rabia y malevolencia se dibujó en sus labios rojos.
—¿Embarazo? —siseó para sí misma, sintiendo que la hiedra del despecho le oprimía el pecho—. La primera vez fue un rumor manipulado para difamarla en la prensa... Pero si esta muerta de hambre realmente está esperando un hijo de Damián, la jueza Rivas jamás le quitará la tutela de Leo ni la validez a la familia que construyeron.
Mientras el vehículo de Damián se alejaba en dirección al penthouse, Sofía permanecía en el asiento del copiloto mirando fijamente la ciudad a través del cristal. En el asiento trasero, Leo dormitaba profundamente, abrazando al oso de peluche que Damián le había comprado camino al departamento.
El silencio dentro del automóvil era denso, cargado de una intimidad no dicha. Sofía llevó instintivamente una mano hacia su regazo, acariciando la zona donde una nueva vida comenzaba a latir en secreto.
El miedo a las sospechas de Damián la devoraba por dentro, pero al mismo tiempo, el instinto de protección hacia ese bebé y hacia Leo le otorgaba una fuerza desconocida.
Por la tarde, mientras Damián se encerraba en el despacho para coordinar la presentación del dispositivo de audio con los peritos forenses, Sofía se refugió en la habitación principal. Sentada en el borde de la gran cama, sacó de su bolso el sobre blanco que el médico le había entregado antes de salir.
Desplegó el informe de laboratorio. Las letras impresas en negro sobre blanco confirmaban lo que su cuerpo ya sabía: Resultado: Positivo. Semanas de gestación: 7.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, cayendo sobre el papel.
—Te voy a proteger —susurró para sí misma, con la voz ahogada por la emoción—. A ti y a Leo. No dejaré que nadie use esta bendición como una pieza de juego.
En ese mismo instante, en el edificio corporativo de los Sterling, Natalia irrumpía en la oficina de su padre con un expediente bajo el brazo.
—La niña buena de la provincia no tenía anemia, papá —declaró Natalia, arrojando sobre el escritorio de cristal las fotografías tomadas en la puerta de la clínica y la copia de la orden de laboratorio que su contacto en el centro médico le acababa de filtrar por una suma exorbitante.
Arturo Sterling, demacrado y con las ojeras marcadas por la derrota de la noche anterior, levantó la vista hacia las imágenes.
—¿Qué es esto? —preguntó el hombre con voz hosca.
—Sofía Morales está realmente embarazada de Damián —escupió Natalia con una sonrisa calculadora y macabra—. Y por la cara con la que salió de esa clínica, Damián todavía no lo sabe.
Creen que nos tienen arrinconados con la grabación de anoche, pero si revelamos esta información en la corte antes de que ellos la presenten, podemos acusar a Sofía de ocultar información médica relevante para alterar la estabilidad emocional del menor o manipular el proceso de adopción.
#150 en Novela contemporánea
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Editado: 26.09.2026