El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 31

La patrulla de la policía no tardó en estacionarse frente a la entrada principal de la residencia Sterling. Los destellos rojos y azules de las luces giratorias atravesaban las cortinas de la habitación, proyectando sombras siniestras sobre las paredes.

​Arturo Sterling observaba la escena desde la puerta del dormitorio con una calma fría y calculadora. Con un gesto imperioso de la mano, ordenó a los dos guardias de seguridad privada que retrocedieran un paso, manteniéndose a la espera en el pasillo.

​—Esperen afuera un momento —mandó Arturo a los uniformados de la empresa privada, ajustándose el cuello de su bata de seda—. Yo me encargo de hablar con los oficiales cuando suban.

​Arturo cerró parcialmente la puerta para aislar el ruido, dejando a Damián y a Sofía atrapados en el interior. La atmósfera en la estancia era densa, sofocante por la tensión.

Leo, con la compresa tibia todavía sobre su frente, respiraba con dificultad entre el regazo de Sofía, ajeno a la red de intrigas que se tejía sobre su cabeza.

​—Eres un hombre muy inteligente para los negocios, Damián, pero patéticamente torpe en cuestiones de familia —comenzó Arturo, apoyando la espalda contra el marco de la puerta y cruzándose de brazos con una sonrisa llena de suficiencia

—. Sabes perfectamente lo que va a ocurrir en diez minutos cuando los oficiales crucen ese umbral. Allanamiento de morada con agravantes, violación de una medida cautelar de protección infantil y resistencia a la autoridad.

Con estos antecedentes, la jueza Rivas no solo te negará la patria potestad de por vida, sino que pasarás al menos dos años tras las rejas antes de ver un tribunal de apelación.

​Damián no se movió del frente de la cama. Sus hombros se mantuvieron rígidos, sosteniendo la mirada del hombre que tenía enfrente con un odio concentrado que amenazaba con quebrarle la compostura.

​—Di lo que quieres, Arturo —raspó Damián con voz grave y cortante, sin rodeos ni diplomacia—. No te molestas en apartar a tus guardias si tu único objetivo es entregarme a la policía. Pon tus cartas sobre la mesa.

​Arturo dejó escapar una risita seca, disfrutando cada segundo del control absoluto que ejercía sobre la situación.

​—Me gusta la gente práctica —respondió el hombre, dando dos pasos lentos hacia el centro de la habitación—. La situación es sencilla. Mi esposa Beatriz y yo no tenemos ningún interés en pasar los próximos diez años criando a un niño traumatizado que ni siquiera lleva nuestra sangre directa. Sin embargo, la medida cautelar nos otorga una posición de negociación envidiable.

​Sofía apretó los puños contra las sabanas de la cama, sintiendo que la náusea le recorría la garganta ante el tono descarado del hombre.

​—Hay una forma de arreglar esto aquí mismo, antes de que el inspector de policía suba estas escaleras —continuó Arturo, sacando de su bolsillo interior una pluma estilográfica de plata y una carpeta de cuero que traía preparada desde la planta baja

—. Mañana a primera hora, tus abogados redactarán la transferencia del 30% de las acciones ordinarias con derecho a voto de Vaughn Enterprises a nombre de la sociedad de inversiones de los Sterling.

A cambio, yo le diré al oficial que tu presencia esta noche fue un malentendido doméstico, que habías venido bajo mi autorización para revisar el estado de salud del niño.

​Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación, roto únicamente por el murmullo lejano de la lluvia y la respiración agitada del pequeño Leo.

​Sofía miró a Damián con el corazón desbocado. El treinta por ciento de las acciones del conglomerado Vaughn no era solo una suma astronómica de cientos de millones de dólares; representaba el control operativo absoluto del imperio que la familia de Damián había tardado tres generaciones en levantar. Perder ese porcentaje significaba entregar el timón de su empresa a sus peores enemigos corporativos.

​—¿El treinta por ciento? —repitió Damián en un murmullo helado, analizando cada rasgo de la cara de su cuñado.

​—Es el precio de tu libertad y de la custodia de tu sobrino —sentenció Arturo sin un solo atisbo de vergüenza—. Firmas el compromiso previo ahora mismo en este documento preliminar, y la denuncia por allanamiento desaparece. Mañana notificaremos a la corte que renunciamos a la custodia temporal por motivos de salud familiar y le devolveremos el niño a la señorita Morales. Todos ganan.

​Damián permaneció inmóvil. En su mente de negociador implacable, las piezas del rompecabezas que habían comenzado meses atrás finalmente encajaron con una claridad aterradora.

​—No les importa la custodia —dijo Damián con una lentitud casi espectral, dando un paso firme hacia su cuñado—. Nunca les importó el niño, ni su dolor por la pérdida de sus padres, ni el ambiente en el que iba a crecer.

​Arturo enarcó una ceja con arrogancia.

—No seas sentimental, Damián. En el mundo real, todo se reduce a activos y pasivos.

​—No se trata solo del control de mi empresa, ¿verdad? —prosiguió el magnate, fijando una mirada que hizo que la sonrisa de Arturo se congelara por primera vez

—. Mi hermano difunto dejó una cláusula de fideicomiso irrevocable a nombre de Leo. Un fondo de reserva que se activa únicamente si la tutela legal recae sobre la familia materna antes de que el niño cumpla los cinco años. Un fondo de cincuenta millones de dólares para la manutención del tutor.

​Arturo abrió la boca para interrumpir, pero Damián no le dio espacio. El magnate avanzó otro paso, acorralando físicamente al hombre contra la pared cercana a la puerta.

​—Todo este circo mediático, las acusaciones de fraude en el juzgado, la manipulación de los extractos bancarios de Sofía... todo estuvo financiado por ustedes desde el primer día

—escupió Damián con la voz vibrando de una rabia contenida pero mortal—. Usaron la muerte de mi hermano y el sufrimiento de un niño de cuatro años como un simple instrumento de extorsión para saquear el patrimonio de mi familia. Nunca quisieron ser sus tíos; solo querían desvalijar el fideicomiso de un huérfano.




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