El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 33

Las luces del penthouse permanecieron encendidas durante toda la madrugada. Entre el ir y venir de correos con el equipo jurídico, la revisión minuciosa de los estados financieros de Beatriz Sterling y los cuidados continuos que requería el pequeño Leo, apenas hubo espacio para el descanso.

Sofía no se había separado de la mesa ni un solo instante, decidida a repasar cada documento hasta asegurarse de que no quedara ningún cabo suelto para la audiencia del tribunal.

​Sin embargo, al ponerse de pie para preparar una nueva jarra de café, la habitación entera pareció inclinarse sobre su eje. Un sudor frío le cubrió la nuca y una punzada de mareo violento le nubló la vista por completo.

​—Sofía... —alcanzó a pronunciar Damián, poniéndose de pie al notar el tambaleo de sus pasos.

​Antes de que ella pudiera sujetarse del borde de la barra de mármol, las fuerzas se le desvanecieron en las piernas y se desplomó. Damián cruzó la distancia en un segundo, alcanzando a sostenerla entre sus brazos antes de que su cuerpo golpeara el suelo.

​—¡Sofía! Abre los ojos, por favor —suplicó él, acariciándole el rostro pálido mientras la llevaba con delicadeza hacia el sofá principal.

​El desmayo duró solo unos segundos. Al recobrar el conocimiento, Sofía parpadeó con dificultad, encontrando los ojos de Damián llenos de una angustia desgarradora. Tenía las manos heladas y la respiración entrecortada, pero intentó esbozar una sonrisa para tranquilizarlo.

​—Estoy bien, de verdad... —susurró ella, llevándose una mano a la sien mientras intentaba incorporarse—. Es solo el cansancio acumulado de estos días, la falta de sueño y la tensión de todo lo que pasó en la residencia Sterling. Mi cuerpo simplemente me está pasando la factura.

​—Llevas días sin comer adecuadamente y no has dormido más de tres horas seguidas —reprendió Damián con voz suave pero firme, pasándole un vaso con agua templada—. No voy a permitir que te destruyas en el proceso de salvar a Leo. Mañana no iremos a ningún tribunal hasta que un médico te examine.

​A la mañana siguiente, antes de la reunión decisiva con los abogados penales, Damián coordinó una consulta privada. Para evitar cualquier filtración a la prensa o la interferencia de los contactos que la familia Sterling aún conservaba en la clínica central, eligió a un médico general independiente, un profesional de amplia trayectoria ajeno al círculo de la alta sociedad y con consultorio en un sector tranquilo de la ciudad.

​El doctor Arango, un hombre mayor de voz pausada y mirada serena, la recibió en su despacho. Damián permaneció en la sala de espera junto a Leo, a petición de la propia Sofía, quien insistía en que se trataba de un chequeo rápido para descartar un Cuadro de deshidratación o anemia por estrés.

​En el consultorio, el médico revisó los signos vitales de Sofía, le tomó la presión arterial y le practicó una pequeña prueba de sangre de laboratorio exprés para evaluar sus niveles de glucosa y hemoglobina.

​—Señorita Morales, su presión está un poco baja, pero el pulso es estable —comentó el doctor Arango, revisando los resultados que la enfermera le entregó en una bandeja metálica—. Sin embargo, hay un indicador en su química sanguínea que no encaja con un simple diagnóstico de fatiga por tensión emocional.

​Sofía enarcó las cejas, apoyando las manos sobre el borde de la Camilla.

—¿Tengo anemia, doctor? He tenido náuseas ligeras por las mañanas, pero asumí que era la gastritis por tanto café.

​El médico sonrió con amabilidad, guardó el estilógrafo en el bolsillo de su bata y la miró directamente a los ojos.

​—Las náuseas, los mareos repentinos y la baja de presión no son síntoma de anemia ni de agotamiento, señorita Morales —explicó el especialista con tono pausado—. Los niveles de la hormona gonadotropina coriónica en su sangre están considerablemente elevados.

​El aire pareció detenerse en la habitación. Sofía se congeló en su sitio, sintiendo que el latido de su propio corazón le retumbaba en los oídos con la fuerza de un trueno.

​—¿Qué... qué quiere decir con eso? —alcanzó a articular con la voz reducida a un hilo.

​—Quiere decir que usted no está enferma —respondió el doctor Arango, deslizando sobre el escritorio la hoja de resultados oficial—. Está embarazada. Tiene aproximadamente siete semanas de gestación.

​La noticia impactó en la mente de Sofía con la fuerza de una explosión silenciosa. Se llevó las dos manos a la boca, intentando contener un ahogo mientras el mundo a su alrededor se transformaba en un instante.

​Siete semanas. El cálculo matemático coincida con precisión absoluta con las semanas previas a la tormenta mediática, la última noche que habían compartido en el penthouse antes de que el contrato fuera destruido por la ira y las manipulaciones de la tía de Leo.

Aquella noche en que la pasión y la desesperación de saberse enamorados los llevó a entregarse sin reservas ni barreras, borrando las fronteras del acuerdo legal.

​Un hijo. Un bebé de Damián crecía en su interior en medio del caos, la persecución judicial y las ruinas de una relación que apenas comenzaba a reconstruirse sobre las verdades al descubierto.

​—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó el doctor con preocupación al ver las lágrimas silenciosas que rodaban por las mejillas de la joven.

​—Sí... sí, doctor —respondió Sofía, limpiándose el rostro con los dedos temblorosos—. Es solo... una sorpresa enorme.

​—Su estado de salud general es bueno, pero debe suspender de inmediato las noches en blanco, el consumo de cafeína y las situaciones de estrés extremo —advirtió el médico mientras redactaba una receta con suplementos vitamínicos y ácido fólico—. Su cuerpo necesita reposo para proteger el desarrollo del embrión.

​Sofía bajó la mirada hacia su vientre, aún plano, sintiendo una mezcla indescriptible de pavor, ternura y un amor visceral que le inundó el pecho. La falsa historia del embarazo que Natalia había inventado semanas atrás para difamarla ante la corte se convertía ahora en una realidad innegable, un milagro biológico gestado en el momento más oscuro de sus vidas.




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