El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 29

La gigantesca mansión de la familia Sterling, ubicada en el sector más exclusivo de la capital, era un monumento al lujo frío y estéril. No había risas, ni juguetes esparcidos por la alfombra, ni el aroma a galletas recién horneadas que Sofía solía preparar. Allí, en la tercera planta, la habitación asignada a Leo se sentía más como una celda de aislamiento decorada con elegancia que como el cuarto de un niño de cuatro años.

​Desde que llegó tres días atrás, Leo no había dejado de llorar en voz baja. Sentado en el borde de una cama enorme con dosel, con las piernas colgando y abrazando con fuerza las rodillas contra su pecho, el pequeño miraba fijamente la puerta cerrada.

​En la planta baja, ajenas por completo al desamparo del niño, Beatriz y Natalia Sterling celebraban en el comedor principal junto a su equipo de abogados.

Sobre la mesa descansaban los documentos de solicitud de pensión alimenticia provisional expedidos tras la medida cautelar: una suma astronómica mensual que la corte exigiría a las empresas de Damián mientras durara la investigación de la custodia.

​—Tres millones de dólares al año solo en manutención y administración de bienes del menor —comentó Natalia, dando un sorbo a su copa de champán con una sonrisa triunfal—. Damián Vaughn pagará cada centavo de nuestra victoria mientras nosotros retenemos a su preciado sobrino.

​—Asegúrate de que la servidumbre mantenga al niño en su cuarto —indicó Beatriz con voz tajante, cortando un trozo de carne sin levantar la vista—. No quiero rabietas ni desorden cuando vengan los reporteros a tomar las fotos de la 'reunión familiar'. Ese niño es nuestra garantía financiera y no voy a permitir que arruine la imagen que presentamos al juez.

​Para las Sterling, Leo no era más que un cheque al portador con rostro infantil, una herramienta de venganza para arrodillar al imperio Vaughn.

​Arriba, las horas pasaban con una lentitud tortuosa. Una joven empleada doméstica llamada Marta, de rostro amable y mirada compasiva, ingresó al cuarto llevando una bandeja con sopa caliente y jugo de frutas.

​—Hola, mi amor —dijo Marta en un murmullo suave, poniéndose a la altura del niño y dejando la bandeja sobre la mesa de noche—. Tienes que comer un poco. Mira, preparé la sopa que me pediste.

​Leo ni siquiera parpadeó. Tenía los ojos rojos, hinchados por las noches en blanco, y las mejillas pálidas.

​—No quiero —murmuró el pequeño con la voz rota y ahogada—. Quiero a mi mami Sofía. Quiero irme con mi tío Damián... Llévame a mi casa, por favor.

​—Corazón, tienes que comer algo —insistió Marta con profunda tristeza, intentando acercarle la cuchara—. Si no comes, te vas a enfermar.

​El niño giró la cara con brusquedad, apartando la bandeja con el brazo. La sopa se derramó sobre la alfombra, pero a Leo no le importó. Se tumbó de lado en la cama, acurrucándose en posición fetal mientras los sollozos volvían a sacudir su frágil cuerpecito.

​—¡Mami Sofía! —lloraba desconsoladamente, hundiendo la cara en la almohada ajena—. ¡Ven por mí! ¡Tío Damián, sácame de aquí!

​A la mañana siguiente, la situación empeoró de forma drástica. Cuando Marta entró a la habitación para levantarlo, encontró al pequeño temblando bajo las cobijas, con los labios secos y la piel ardiendo. La huelga de hambre de tres días y el choque emocional violento de la separación habían terminado por colapsar las defensas del niño.

​Marta le tocó la frente y dejó escapar un ahogado grito de susto: el calor que emanaba de la piel del pequeño era alarmante.

​La sirvienta corrió hacia el despacho de Beatriz para advertir de la situación.

​—Señora Sterling, el niño tiene una fiebre muy alta —informó la empleada con angustia—. Está delirando y se niega a tomar agua. Hay que llamar al médico de urgencia.

​Beatriz ni siquiera se levantó de su escritorio. Continuó revisando unos catálogos de moda con absoluta indiferencia.

​—Dale un antipirético de la despensa y déjalo descansar —respondió Beatriz con frialdad descartable—. Los niños siempre dramizan para llamar la atención. Si llamamos a una ambulancia o a un médico privado, la prensa se enterará y dirán que no sabemos cuidarlo. No exageres y vuelve a tus labores.

​Marta apretó los puños, sintiendo una mezcla de rabia e impotencia que le revolvió el estómago. Regresó a la habitación de Leo. El pequeño ardía en fiebre, balbuceando palabras incomprensibles mientras sus manitas buscaban en el aire la presencia protectora que le habían arrancado.

​—Mami... Sofía... me duele la cabeza... —gemía el niño entre sueños, con la respiración corta y agitada.

​Marta miró hacia el pasillo; la casa estaba en silencio y las Sterling se habían ido al club social de la ciudad. La joven sirvienta no podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo la crueldad de esa familia ponía en riesgo la vida de un inocente.

​Cerró la puerta del cuarto con llave por dentro, sacó su teléfono personal con manos temblorosas y buscó en la agenda el número que había guardado a escondidas días atrás: el contacto de emergencia que la antigua niñera de Leo le había facilitado antes de la mudanza.

​A trescientos kilómetros de allí, en la modesta cocina de la finca de sus padres, Sofía permanecía sentada frente a la mesa de madera. Sobre la superficie descansaban los borradores de la apelación judicial que su abogado público intentaba redactar.

Tenía el rostro demacrado por la falta de sueño y la mirada perdida en el vacío, atormentada por la incertidumbre sobre el estado de su niño.

​De pronto, su celular comenzó a vibrar sobre la mesa.

​Sofía observó la pantalla: era un número desconocido de la capital. Con el corazón latiéndole desbocado en el pecho, contestó al instante.

​—¿Hola? —dijo Sofía con la voz enmarañada por los nervios.

​—¿Señorita Sofía Morales? —susurró una voz agitada y temblorosa al otro lado de la línea, acompañada por el sonido de un llanto infantil de fondo.




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