El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 36

El silencio que reinaba en el despacho privado del tribunal contrastaba con el bullicio atenuado que llegaba desde el pasillo principal. A solo unos minutos de que la jueza Rivas abriera la sesión para el veredicto definitivo, la sala de espera reservada para las partes se sentía como un remanso helado.

​Damián cerró la puerta de roble con un chasquido seco. Se quitó el saco de la gabardina, dejándolo sobre uno de los sillones de cuero, y fijó sus ojos en Sofía.

​Había algo en la actitud de la joven desde el altercado con Natalia en la entrada que no encajaba con el simple pánico de un juicio.

Sofía permanecía de pie junto a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte, mientras sus dos manos cubrían de forma instintiva y constante la parte baja de su abdomen. No era un gesto casual de tensión; era una postura de resguardo absoluto, como si estuviera interponiendo su propio cuerpo para proteger un tesoro invisible de cualquier amenaza del exterior.

​Damián caminó despacio hacia ella. El crujido de sus pisadas sobre la alfombra hizo que Sofía se sobresaltara levemente.

​—Sofía —la llamó él con una voz suave, pero cargada de una exigencia que no admitía más evasivas—. Llevas todo el día aferrada a tu vientre. Lo hiciste cuando caíste en mis brazos en el pasaje, lo hiciste en la clínica ayer y lo estás haciendo ahora mismo.

​Sofía contuvo el aliento. Intentó bajar los brazos a los lados, pero el temblor involuntario de sus dedos la delató.

​—Es solo los nervios del juicio, Damián... —murmuró ella, intentando esquivar su mirada.

​—No me mientas —interrumpió Damián, dando un paso más hasta quedar a escasos centímetros de ella—. Te conozco. Conozco cada uno de tus gestos cuando estás asustada y cuando intentas cargar con el mundo sobre tus hombros tú sola. Cuando saliste del consultorio del doctor Arango ayer por la mañana, algo cambió en tus ojos. ¿Qué es lo que me estás ocultando?

​El tono de Damián no era de enojo, sino de una vulnerabilidad desesperada por romper el muro que amenazaba con distanciarlos de nuevo.

​Sofía miró el rostro del hombre que se había convertido en su escudo y su refugio. Las lágrimas, contenidas durante horas tras una coraza de valentía, rompieron la barrera de sus pestañas y comenzaron a rodar libremente por sus mejillas. El nudo que le atenazaba la garganta desde el día anterior se desintegró en un sollozo ahogado.

​—Teníamos tanto miedo de que los Sterling usaran cualquier cosa en nuestra contra... —articuló ella con la voz quebrada, llevando una mano temblorosa hacia sus propios labios para sofocar el llanto—. Que pensaras que esto era otra trampa... otra estrategia para forzarte o para amarrar la tutela de Leo...

​Damián frunció el ceño, sintiendo un vuelco violento en el pecho. Le tomó el rostro entre sus palmas, obligándola a mirarlo de frente con una devoción infinita.

​—¿De qué estás hablando, Sofía? Dímelo, por favor.

​Sofía tomó aire con dificultad. Con los dedos temblando por la emoción desbordada, buscó la mano derecha de Damián y la colocó nuevamente sobre su abdomen, presionando su palma contra la calidez de su cuerpo.

​—La mentira que Natalia inventó para la prensa... la acusación que nos hicieron en la corte para destruirme... —susurró Sofía, mirando fijamente los ojos oscuros del magnate—. Se convirtió en realidad, Damián. No tengo anemia. No es fatiga.

​El tiempo pareció congelarse en el pequeño despacho. Damián se quedó completamente rígido, sintiendo el pulso acelerado de Sofía bajo sus dedos.

​—Estoy embarazada —confesó ella en un hilo de voz, dejando caer la cabeza contra el pecho de él mientras los sollozos la sacudían por completo—. Estoy esperando un hijo tuyo. Un bebé nuestro.

​La revelación cayó sobre el empresario con la fuerza de un rayo en medio de la tormenta. Damián Vaughn, el hombre de negocios implacable, el gigante de la industria que jamás había pestañeado ante la presión de los mercados ni ante los ataques de sus enemigos, se quedó absolutamente mudo.

​El color se le fue del rostro por un segundo para ser reemplazado por un rubor de emoción pura y abrumadora. Las palabras se le congelaron en la garganta. Miró la mano que descansaba sobre el vientre de la mujer que amaba, sintiendo cómo una sacudida eléctrica le recorría la espina dorsal hasta el último rincón del alma.

​Siete semanas. La noche en que se entregaron por completo en el penthouse, borrando las cláusulas frías de un papel para dejarse llevar por la verdad de lo que sentían.

​Las piernas le flaquearon. Las fuerzas que lo mantenían erguido frente al mundo se desvanecieron en un instante ante la magnitud del milagro que acababa de escuchar.

​En un gesto de humildad y rendición absoluta, Damián se dejó caer de rodillas sobre la alfombra del despacho, quedando a la altura de la cintura de Sofía.

​—Damián... —musitó ella, sorprendida al verlo en esa posición.

​El magnate no respondió con palabras. Con las manos temblorosas, desabrochó despacio los botones inferiores del abrigo de Sofía, apartó la tela con un cuidado casi sagrado y pegó su frente contra el vientre plano de la joven.

​Un sollozo sordo y masculino escapó del pecho de Damián. Cerró los ojos con fuerza, rodeando la cintura de Sofía con los brazos mientras apretaba su rostro contra su cuerpo, sintiendo el latido de esa nueva vida que florecía en medio del caos.

​Lentamente, Damián separó la frente y depositó un beso largo, tibio y reverente sobre la tela del vestido, justo encima de su vientre.

​Sofía hundió sus dedos en el cabello oscuro de él, acariciándolo con una ternura infinita mientras sus lágrimas se mezclaban sobre la frente del hombre.

​Damián levantó la vista. Sus ojos, habitualmente severos, estaban completamente anegados en lágrimas, reflejando una luz de devoción, orgullo y protección que Sofía jamás había visto en él.

​—Un hijo... —raspó Damián con la voz rota por la emoción, tomando la mano de Sofía para llevarla hacia sus labios y besarle los nudillos con desesperación—. Dios mío, Sofía... un bebé nuestro.




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