El precio de su apellido

Capítulo 22

Las semanas siguientes transcurren con una normalidad que todavía me sorprende cada mañana: desayunos juntos antes de que cada uno salga hacia su propio trabajo, mensajes durante el día que ya no se sienten como una tarea de terapia sino como un hábito genuino, cenas donde hablamos de todo, desde el avance de Ferrer Consulting hasta los cambios que Draco sigue implementando en Marchetti Holdings, cada vez con menos esfuerzo consciente y más naturalidad.

El vientre apenas empieza a notarse, una curva suave que descubro casi por accidente frente al espejo una mañana, y que Draco, cuando la nota por primera vez, toca con una reverencia tan cuidadosa que me hace reír.

—Vas a asustarlo si sigues tocándolo así de despacio, como si fuera a romperse.

—No sé cómo tocar algo tan importante de otra manera. —Sonríe, sin apartar la mano—. Perdón si soy torpe con esto. Es nuevo para mí, en todos los sentidos.

—Lo estás haciendo perfecto —digo, y lo digo en serio.

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La cita para la ecografía de las veinte semanas llega con una expectativa que ninguno de los dos intenta disimular. Es la primera vez que vamos a poder saber, si el bebé coopera, si vamos a tener una niña o un niño, y aunque ambos coincidimos, semanas atrás, en que no nos importa realmente cuál sea, la anticipación de finalmente poder empezar a imaginar con más detalle quién va a llegar a nuestras vidas nos tiene, a los dos, más nerviosos de lo que ninguno admite del todo.

—¿Quieres saberlo hoy, o prefieres esperar a que nazca? —pregunta Draco, en la sala de espera, tomándome la mano mientras aguardamos que nos llamen.

—Quiero saberlo. —Sonrío, sintiendo la emoción burbujeando bajo la superficie—. No creo que pueda soportar meses enteros sin saberlo, ahora que estamos tan cerca.

—Yo tampoco, si te soy honesto.

La doctora que nos atiende, una mujer de trato cálido y directo que hemos aprendido a apreciar en cada visita anterior, aplica el gel frío sobre mi vientre y mueve el transductor con la práctica de quien ha hecho este mismo procedimiento miles de veces, mientras la pantalla frente a nosotros se llena de las formas todavía borrosas pero cada vez más reconocibles de nuestro bebé.

—Ahí está la columna —dice, señalando con el cursor—. Y aquí, el corazón, latiendo perfectamente. Todo se ve muy saludable hasta ahora.

Draco aprieta mi mano con fuerza, sin apartar la vista de la pantalla, y siento el mismo nudo de emoción que sentí la primera vez que escuchamos el latido, meses atrás.

—¿Quieren saber el sexo? —pregunta la doctora, con una sonrisa que sugiere que ya tiene la respuesta lista.

—Sí —decimos los dos al mismo tiempo, casi encima el uno del otro, lo cual nos hace reír a ambos, aliviando un poco la tensión nerviosa del momento.

La doctora mueve el transductor un poco más, ajustando el ángulo, y después de unos segundos que se sienten eternos, señala la pantalla con una certeza tranquila.

—Felicidades. Van a tener una niña.

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El silencio que sigue dura apenas un instante, hasta que Draco, con una emoción que no intenta contener, se inclina y me besa la frente, luego la mejilla, luego, finalmente, los labios, con una sonrisa tan amplia que apenas puede sostener el beso sin romperlo con la risa.

—Una niña —repite, como si necesitara decirlo en voz alta para creerlo del todo—. Vamos a tener una hija, Camila.

—Vamos a tener una hija. —Río, con lágrimas asomándose sin ningún esfuerzo por contenerlas—. No puedo creerlo.

La doctora nos da un momento, imprimiendo algunas imágenes de la ecografía para que nos las llevemos, mientras Draco, todavía con mi mano entre las suyas, no aparta la vista de la pantalla, como si pudiera memorizar cada detalle borroso de la hija que todavía no conocemos.

—¿Ya tienes algún nombre en mente? —pregunta, mientras salimos de la consulta, caminando hacia el coche con una ligereza en los pasos que ninguno de los dos había sentido en semanas.

—Algunos, aunque no estaba seguro de si íbamos a tener niño o niña. —Sonrío, pensando en las listas que he estado armando en secreto, en las notas del cuaderno de cuero que compramos en Italia—. ¿Y tú?

—Tengo una idea. —Draco se detiene junto al coche, con una expresión que combina la nerviosidad con algo más vulnerable—. Es solo una sugerencia, no tiene que ser definitiva.

—Te escucho.

—¿Qué piensas de Elena? —Ve mi expresión cambiar de inmediato, y se apresura a aclarar—. No por la persona que conocemos. Sino porque era el nombre de mi abuela, la madre de mi padre, alguien que nunca conocí pero de quien mi padre hablaba con mucho cariño cuando yo era niño. Sé que la coincidencia con Elena Vasconcelos hace que sea complicado, así que entendería completamente si prefieres que busquemos otra opción.

Pienso la sugerencia con cuidado, sorprendida de la vulnerabilidad genuina detrás de la propuesta, y aunque la coincidencia de nombres efectivamente me genera una pausa incómoda al principio, algo en la manera en que Draco lo explica, con tanto cuidado y tanta disposición a dejarlo ir si no me siento cómoda, me hace considerarlo más allá de la reacción inicial.

—Dame tiempo para pensarlo —digo finalmente—. No es un no. Solo necesito procesar la conexión antes de decidir si podemos separar completamente el nombre de la persona.

—Por supuesto. No hay ninguna prisa.

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Esa noche, llamamos a nuestros padres para compartir la noticia: mi padre, que llora abiertamente al teléfono, con la misma emoción desbordada que mostró cuando le dije que volvía a casa de Draco; Valentina, que grita tan fuerte de alegría que tenemos que apartarnos el teléfono del oído, prometiendo de inmediato empezar a comprar ropa de bebé antes de que terminemos siquiera la llamada.

Cuando finalmente nos quedamos solos, sentados en el sofá con las imágenes de la ecografía todavía sobre la mesa entre nosotros, Draco me rodea con un brazo, y me acurruco contra su pecho, sintiendo una paz que no había sentido en meses, quizás en años.




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