El precio de su apellido

Capítulo 25

Camila

Las últimas dos semanas de embarazo transcurren con una lentitud extraña, como si el tiempo mismo se hubiera vuelto más denso a medida que la fecha de parto se acerca. Duermo mal, no por incomodidad física únicamente, sino por una mezcla de ansiedad y anticipación que no logro nombrar del todo: cada ruido nocturno me despierta pensando que podría ser el inicio del trabajo de parto, cada patada de Elena dentro de mí se siente como una cuenta regresiva silenciosa hacia un momento que, a la vez, deseo con desesperación y temo con la misma intensidad.

Draco, por su parte, ha reorganizado casi por completo su agenda de las últimas semanas, delegando responsabilidades que normalmente insistiría en supervisar personalmente, solo para asegurarse de estar disponible en cualquier momento, sin ningún retraso, cuando llegue el momento real. Duerme con el teléfono cargado al cien por ciento cada noche, la maleta del hospital lista junto a la puerta desde hace más de una semana, revisada y repasada tantas veces que empiezo a bromear con que va a terminar memorizando cada objeto que contiene.

—¿Estás nervioso? —le pregunto una noche, mientras cenamos algo ligero en la cocina, ambos demasiado inquietos para concentrarnos del todo en la comida.

—Aterrado. —Admite, con una honestidad que ya no le cuesta ningún esfuerzo ofrecer—. No de que algo salga mal, aunque también pienso en eso. Sino de no saber cómo ser el padre que Elena necesita, de repetir sin darme cuenta algún patrón que todavía no he identificado del todo en mí mismo.

—Vamos a aprenderlo juntos. —Le tomo la mano sobre la mesa—. Nadie llega completamente preparado a esto, Draco. Ni siquiera la gente que tuvo la infancia más sencilla y estable del mundo.

—Lo sé. Pero contigo a mi lado, siento que tengo al menos una oportunidad real de hacerlo bien.

Rompo fuente a las tres de la madrugada, dos semanas antes de la fecha estimada, con una sensación húmeda y caliente que me despierta de golpe en medio de un sueño que no logro recordar del todo. Me quedo inmóvil un instante, procesando lo que acaba de pasar, hasta que la primera contracción real, más intensa que cualquiera de las falsas que he sentido en las últimas semanas, me confirma sin ninguna duda que esta noche, por fin, va a nacer nuestra hija.

—Draco. —Lo sacudo suavemente, con una calma que me sorprende incluso a mí misma—. Draco, rompí fuente.

Se despierta de inmediato, con una rapidez que contradice por completo el sueño profundo del que acaba de salir, y en cuestión de segundos está sentado, alerta, encendiendo la lámpara de la mesilla con manos que, noto con una ternura extraña en medio de la situación, tiemblan apenas perceptiblemente.

—¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? ¿Necesitas algo ahora mismo?

—Estoy bien. —Sonrío, a pesar de la contracción que empieza a apretar de nuevo, más fuerte que la anterior—. Solo necesito que llames al hospital para avisar que vamos en camino, y que traigas la maleta que preparamos hace semanas.

Draco se mueve por la habitación con una eficiencia calculada que reconozco de sus mejores momentos de negociación, pero esta vez dirigida a algo completamente distinto: encontrar mis zapatos, ayudarme a ponerme ropa cómoda, llamar al hospital con instrucciones claras y precisas, todo mientras me mantiene informada de cada paso, sin ocultar ningún detalle, ni siquiera en medio de la urgencia del momento.

—El médico dice que nos esperan en la entrada de maternidad. Ya avisé a Valentina y a tu padre, están en camino también.

—¿Ya les avisaste? —Río entre una nueva contracción—. Draco, apenas acabamos de despertarnos.

—Prefiero que lo sepan cuanto antes. —Sonríe, con un nerviosismo genuino que contrasta con su usual control—. No quiero que se pierdan ningún momento de esto.

Draco

El trayecto al hospital transcurre en una mezcla extraña de urgencia y de una calma forzada que intento proyectar por el bien de Camila, aunque por dentro siento una combinación de emociones que nunca había experimentado con esta intensidad: terror genuino ante la posibilidad de que algo salga mal, una excitación desbordante ante la idea de finalmente conocer a nuestra hija, y una vulnerabilidad completa frente a una situación que, por primera vez en mi vida adulta, no puedo controlar ni manipular ni resolver con ninguna estrategia calculada.

Conduzco con cuidado pero con firmeza, mientras Camila, a mi lado, respira a través de las contracciones con una técnica que practicamos juntos durante las clases de preparación al parto, apretando mi mano con fuerza cada vez que el dolor se intensifica.

—Vas a estar bien —le digo, en un semáforo en rojo, aprovechando el momento de pausa para mirarla—. Y Elena también. Los médicos dijeron que todo se ve perfectamente saludable.

—Lo sé. —Sonríe, a pesar del esfuerzo evidente—. Solo... nunca había sentido algo así de intenso.

—Estoy aquí. Para lo que necesites, todo el tiempo.

Las calles a esa hora están casi completamente vacías, iluminadas apenas por las farolas amarillentas que se suceden una tras otra mientras avanzamos, y el silencio de la ciudad dormida contrasta de manera extraña con la tormenta de emociones que siento crecer dentro de mí con cada contracción. En un semáforo, mientras esperamos el cambio a verde, Camila aprieta mi mano con una fuerza que me sorprende, y cuando la miro, encuentro una expresión que mezcla el dolor físico evidente con algo más parecido a la determinación pura.

—¿En qué piensas? —le pregunto, buscando distraerla, aunque sea por unos segundos, del dolor de la contracción.

—En que hace un año, en esta misma época, no tenía ni idea de que mi vida iba a terminar aquí, en este coche, contigo, camino a tener a nuestra hija. —Sonríe, a pesar del esfuerzo—. Si alguien me hubiera dicho, la noche de aquella cena en el restaurante, que terminaríamos así, no le habría creído ni una palabra.




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