El precio de su apellido

Capítulo 24

Valentina se toma la organización del baby shower con la misma intensidad metódica con la que su hermano cierra negociaciones millonarias, y para cuando llega el día, tres semanas antes de la fecha estimada de parto, el jardín trasero de nuestra casa se ha transformado por completo: guirnaldas de flores blancas y verde salvia cuelgan entre los árboles, mesas cubiertas de manteles de lino claro se distribuyen bajo un toldo improvisado que protege del sol de la tarde, y en el centro de todo, una mesa dedicada exclusivamente a los postres exhibe una torre de macarons de pistacho, cupcakes decorados con diminutas coronitas de azúcar, y una tarta principal, obra de una pastelería que Valentina insistió en contratar, con la palabra "Elena" escrita en letra cursiva dorada sobre un fondo de flores comestibles.

—No tenías que hacer todo esto —le digo, cuando llego al jardín una hora antes de que empiecen a llegar los invitados, todavía sorprendida por la magnitud de la decoración.

—Por supuesto que tenía que hacerlo. —Valentina me abraza, radiante, con el mismo entusiasmo que ha mostrado desde que se enteró del embarazo—. Voy a ser tía por primera vez, Camila. Esto es lo mínimo que puedo hacer para celebrarlo como se merece.

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Los invitados empiezan a llegar poco después del mediodía, y el jardín se llena, poco a poco, de un grupo variado que refleja los distintos mundos que se han entrelazado en mi vida durante el último año. Mi padre llega temprano, cargando una caja envuelta con torpeza evidente que, según me confiesa entre risas, contiene un móvil de cuna que él mismo intentó armar sin éxito y que finalmente tuvo que llevar a una tienda para que se lo terminaran de ensamblar.

—Se ve hermosa, Camila —dice, besándome la mejilla, con los ojos ya un poco húmedos—. Tu madre estaría feliz de ver esto.

—Lo sé, papá.

Marisol llega con un grupo de amigas mías de la universidad, mujeres que no había visto con regularidad desde que toda esta historia con Draco empezó, y con las que retomo la conversación con una facilidad sorprendente, como si los meses de distancia no hubieran importado del todo. Una de ellas, Regina, que ahora trabaja como abogada corporativa, me hace reír contando historias de nuestros años de universidad que Draco, sentado cerca escuchando con atención, claramente disfruta descubrir.

—No tenía ni idea de que fueras tan desastre organizando fiestas de fin de semestre —le dice a Regina, con una sonrisa genuina—. Me cuesta imaginarlo, considerando lo organizada que parece Camila en todo lo demás.

—Ah, eso es porque todavía no la has visto bajo presión real de examen final —responde Regina, riendo—. Ahí es donde se ponía verdaderamente caótica.

Draco se ríe con ganas, un sonido que llena el jardín de una calidez informal que contrasta enormemente con la imagen fría y calculadora que sus socios de negocios probablemente todavía tienen de él.

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Mateo, mi primer cliente de Ferrer Consulting, llega acompañado de su esposa, una mujer menuda y sonriente llamada Sofía, y de su tía Beatriz Aldana, cuya presencia genera cierta tensión inicial que se disuelve rápidamente en cuanto queda claro que viene con intenciones completamente amistosas.

—Traje esto —dice Beatriz, entregándome una caja pequeña envuelta con un lazo elegante—. Ropa de una boutique italiana que descubrí el año pasado. Espero que sea de tu gusto.

—Gracias, Beatriz. De verdad.

—Y quería decirte algo más. —Baja la voz, acercándose un poco—. Después de aquella gala, cuando nos conocimos, hice algunos comentarios que probablemente no fueron muy amables. Quería disculparme por eso, ahora que he tenido oportunidad de conocerte mejor a través de mi sobrino y de ver, de primera mano, el tipo de trabajo cuidadoso y ético que haces con Ferrer Consulting.

—Te lo agradezco mucho, Beatriz. —Sonrío, genuinamente conmovida—. Y gracias, también, por confiarme el caso de Mateo. Fue el comienzo de todo lo que he construido.

Mateo se acerca en ese momento, con una sonrisa amplia, cargando un regalo grande envuelto en papel azul pastel.

—La panadería está mejor que nunca —dice, después de saludarme con un abrazo cálido—. Contratamos a dos empleados nuevos el mes pasado, gracias a que pudimos renegociar los términos con los proveedores después de que identificaste el problema.

—Me alegra muchísimo escuchar eso.

—Y quería que supieras algo. —Baja un poco la voz, mirando de reojo hacia donde Draco conversa con mi padre cerca de la mesa de bebidas—. Sé que fue tu esposo quien decidió no seguir adelante con la adquisición que casi nos destruye. Sofía y yo hablamos de eso, y queríamos agradecerle también a él, si te parece apropiado.

—Creo que le encantaría escucharlo directamente de ustedes.

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Valentina organiza, hacia media tarde, algunos juegos tradicionales de baby shower que generan carcajadas por todo el jardín: adivinar la medida de mi vientre con un rollo de listón, un concurso de quién puede cambiar más rápido el pañal de un muñeco con los ojos vendados —que gana, para sorpresa de nadie, mi padre, con una destreza sorprendente que atribuye a los años cambiando pañales cuando yo era bebé—, y un momento particularmente entrañable donde cada invitado escribe un consejo o un deseo para Elena en una tarjeta pequeña que luego se guarda en una caja especial, para abrirla, según decide Valentina con dramatismo, "cuando cumpla dieciocho años y necesite toda la sabiduría acumulada de las personas que la quisieron desde antes de nacer".

Draco, cuando le toca escribir su tarjeta, se toma un tiempo considerablemente más largo que el resto de los invitados, con una expresión concentrada que me hace sonreír desde la distancia mientras converso con Regina y Sofía sobre los primeros meses de crianza, un tema en el que Sofía, madre de dos niños pequeños, ofrece consejos con generosidad.

—¿Qué escribiste? —le pregunto a Draco más tarde, cuando finalmente logro robarle un momento a solas junto a la mesa de postres.




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