El precio de su apellido

Capítulo 27

Despierto antes de que suene cualquier alarma, con esa alerta extraña que he desarrollado en apenas dos semanas de paternidad, escuchando de inmediato el silencio particular de la casa: Camila ya no está a mi lado, y a través del monitor de bebé sobre la mesilla, alcanzo a distinguir el sonido suave de su voz, cantando algo bajito en la habitación de Elena.

Me levanto sin hacer ruido, y la encuentro sentada en la mecedora, todavía en camisón, con Elena recién alimentada apoyada contra su hombro, meciéndose despacio mientras tararea una melodía que no reconozco del todo, quizás algo que su propia madre le cantaba de niña.

—Buenos días —susurro, apoyándome en el marco de la puerta, sin querer interrumpir el momento.

—Buenos días. —Camila levanta la vista, con una sonrisa cansada pero genuina—. ¿Dormiste algo, al menos?

—Lo suficiente. —Me acerco, besando su frente y luego la cabeza diminuta de Elena—. Es mi turno hoy. Vete a dormir un par de horas más, yo me encargo de todo hasta el mediodía.

—¿Estás seguro? Tienes esa llamada con Tanaka Group a las nueve.

—La pospuse. —Extiendo los brazos para recibir a Elena, con esa combinación de torpeza decreciente y ternura creciente que he ido descubriendo estas dos semanas—. Nada es más importante hoy que esto.

Camila me mira con una expresión que combina el agotamiento con algo más profundo, más agradecido, y después de asegurarse de que tengo todo lo necesario —los pañales limpios, el biberón con leche extraída para cuando Elena vuelva a tener hambre, la manta específica que parece calmarla mejor que las demás—, finalmente cede y va a descansar, dejándome solo con nuestra hija por primera vez durante un período extendido.

Las primeras horas transcurren con una mezcla de nerviosismo y una concentración total que rara vez aplico a nada más, ni siquiera a las negociaciones más complejas de mi carrera. Cambio un pañal con una precisión metódica que Camila probablemente encontraría graciosa si me viera, verificando cada paso dos veces, como si estuviera revisando un contrato antes de firmarlo. Preparo el biberón siguiendo las instrucciones que memoricé después de ver a Camila hacerlo docenas de veces, y cuando Elena finalmente se despierta, con ese quejido suave que precede al llanto completo, la levanto de la cuna con una confianza que no tenía hace apenas dos semanas.

—Hola, pequeña. —Le sonrío, acomodándola contra mi pecho—. Solo tú y yo esta mañana. Vamos a intentar no hacer que tu mamá se arrepienta de confiarme esto.

Elena me mira con esos ojos todavía indefinidos, y por un momento, mientras la sostengo, pienso en lo distinto que es este momento de cualquier otro en mi vida: no hay ninguna estrategia que aplicar aquí, ningún cálculo que hacer, ninguna variable que controlar más allá de responder, con la mayor presencia posible, a lo que esta pequeña persona necesita en cada instante.

Le doy el biberón sentado en el sofá del salón, con el sol de la mañana entrando suave por los ventanales, y mientras se alimenta, con esa concentración absoluta y seria que solo los bebés parecen capaces de mostrar, me encuentro hablándole en voz baja, de la misma manera en que he escuchado a Camila hacerlo tantas veces estas últimas semanas.

—Tu tía Valentina va a venir esta tarde —le cuento, con el mismo tono confesional que descubrí, casi por accidente, que uso solo con ella—. Y probablemente va a traer más ropa de la que necesitas, porque no sabe controlarse cuando se trata de comprarte cosas. Pero no le digas que dije eso.

A media mañana, mientras Elena duerme la siesta en su moisés junto al escritorio de mi estudio —Camila insistió en que la mantuviera cerca de donde estuviera trabajando, en lugar de dejarla sola en su habitación, algo que agradezco profundamente porque me permite seguir observándola incluso mientras reviso algunos correos urgentes—, recibo una llamada de Valentina.

—¿Cómo va el turno de papá soltero por un día? —pregunta, con ese tono burlón que nunca pierde del todo, sin importar cuánto hayamos crecido ambos estos últimos años.

—Sorprendentemente bien. —Sonrío, mirando hacia el moisés donde Elena duerme profundamente—. Aunque no sé cómo Camila hace esto todos los días sin ayuda mientras yo estoy en la oficina.

—Bienvenido al club de "subestimar completamente el trabajo invisible de las madres", hermano. Un club al que la mayoría de los hombres de tu generación pertenecen sin saberlo.

—Estoy intentando cambiar eso, Valentina.

—Lo sé. —Su voz se suaviza, perdiendo el tono burlón—. Y se nota, Draco. De verdad. Papá nunca habría hecho lo que estás haciendo hoy, ni en un millón de años.

Las palabras se quedan resonando después de que colgamos, y miro de nuevo hacia el moisés, hacia la respiración tranquila y rítmica de mi hija dormida, pensando en la distancia enorme entre el padre que tuve y el padre que estoy intentando ser, un camino que empezó, en realidad, mucho antes de que Elena naciera, en la consulta silenciosa de la doctora Solano, examinando patrones que llevaba toda mi vida sin cuestionar.

Elena se despierta llorando poco después del mediodía, con ese llanto agudo e insistente que todavía me genera un pico de pánico instantáneo, a pesar de las dos semanas de práctica. La levanto rápidamente, verificando el pañal primero —seco—, luego probando si tiene hambre —rechaza el biberón con un giro decidido de cabeza—, hasta que finalmente, después de pasear por la habitación meciéndola contra mi pecho, entiendo que simplemente quiere ser sostenida, cerca del calor de otro cuerpo, sin ninguna necesidad práctica más allá de esa.

Me siento con ella en el sofá del estudio, dejándola descansar contra mi pecho mientras le hablo en voz baja, contándole sobre el día que tuve, sobre la revisión que sigo haciendo en la empresa, sobre lo mucho que espero que crezca en un mundo distinto al que yo conocí, uno donde el poder se use para proteger en lugar de para controlar.




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