⚠️ ADVERTENCIA:
CONTENIDO DELICADO ⚠️
Este capítulo trata temas de canibalismo, perturbación psicológica y escenas como mutilación, Se recomienda discreción. No apto para todos los públicos.
El sol empezaba a bajar cuando llegué a su puerta. El cielo se teñía de naranja y violeta, de esos colores suaves que parecen prometer que todo está bien. Ella abrió en cuanto toqué, como si hubiera estado esperando justo detrás de la madera. Se veía hermosa: el cabello recogido, una blusa clara, esa sonrisa tímida que solo yo había logrado sacarle. Al verme, sus ojos se iluminaron.
—Pensé que no vendrías —dijo, saliendo al encuentro y tomándome la mano—. Me alegra tanto que estés aquí.
La besé suavemente en la frente. No en los labios. Todavía no.
—Te dije que volvería —respondí, con esa voz tranquila que la hacía sentir segura—. Y cumplo lo que prometo.
—¿A dónde vamos? —preguntó, cerrando la puerta tras de sí y aferrándose a mi brazo.
—Tengo un lugar —dije—. Mío. Lejos del ruido. Donde nadie nos molesta. Quiero llevarte. ¿Te gustaría?
Dudó un instante. Miró la calle vacía, luego mi rostro.
—¿Solo nosotros? —susurró.
—Solo nosotros —aseguré—. Nadie más. Podemos hablar. Estar tranquilos. Como tú mereces.
Apretó mi mano.
—Está bien. Contigo confío.
Caminamos hasta el coche. Le abrí la puerta. Se sentó y miró todo con curiosidad, sin sospechar nada. Arrancué y dejamos atrás las calles conocidas, las tiendas, la gente, todo lo que ella reconocía. La ciudad se fue alejando poco a poco, sustituida por campos, árboles, caminos de tierra. Elena miraba por la ventana, los ojos muy abiertos, fascinada por la luz del atardecer sobre los sembradíos.
—Es tan tranquilo aquí —murmuró—. No sabía que existía algo así tan cerca.
—Lo guardé para ti —dije, sin apartar la vista del camino—. Solo para ti.
Me miró y sonrió, con esa confianza ciega que me daba poder sobre ella.
—Eres tan bueno conmigo, Elian… —susurró—. Nadie nunca me ha tratado así.
No respondí. Solo apreté un poco más el volante. No soy bueno, pensé. Soy el peor de todos. Y eso es justo lo que necesitas para caer.
Llegamos. La pequeña construcción apareció entre los árboles: de madera, sencilla, apartada, sin vecinos a la vista. La había comprado meses atrás, en silencio, sin decirle a nadie me aseguré de comprarla en el lugar más remoto y alejado de la ciudad ,donde nadie pudiera escuchar nada a varios kilómetros a la redonda donde nadie pudiera intervenir cada vez que tuviera una de mis víctimas aquí mismo. Había ido preparando todo: limpiando, acomodando, dejando listo el escenario para cuando llegara el momento. Y ahora estaba aquí, Ella estaba aquí eso me encantaba Pues sería mi primera víctima en este lugar y de solo pensarlo me emocionaba
Detuve el coche. Elena miró la casa con asombro.
—¿Es tuya?
—Mía —dije—. Vamos.
Bajamos. La tomé de la mano. Sus dedos eran tibios, suaves, sin idea de que ya no había camino de vuelta. Entramos. El interior olía a madera vieja y limpieza reciente. Una luz tenue iluminaba la estancia principal. Todo estaba en orden. Todo estaba listo.
Elena soltó mi mano y dio unos pasos hacia el centro, mirando todo a su alrededor.
—Es hermoso —dijo, la voz llena de asombro—. Tan… tranquilo.
Me acerqué por detrás. La rodeé con los brazos. Se tensó un instante, luego se relajó contra mí.
—Ahora somos solo nosotros —susurré en su oído—. Nadie nos va a interrumpir. Nadie nos va a encontrar.
—Me gusta —respondió, girándose hacia mí—. Me siento segura contigo, Elian.
La miré a los ojos. Quería grabarme esa imagen: ella entregada, confiada, creyendo que la amaba. Me acerqué y la besé. No fue como las veces anteriores. Hubo hambre en ello, posesión, algo que la hizo abrir los ojos un instante, confundida, pero no se apartó. La sostuve con firmeza. La sentí temblar entre mis brazos, no de miedo todavía, sino de emoción.
—Elian… —susurró cuando nos separamos—. Yo… nunca he estado con nadie así. Quiero… quiero que sea tú. Solo tú.
La acaricié la mejilla, despacio, y negué con la cabeza.
—Aún no —dije—. Hay tiempo. No hay prisa.
Ella asintió, aunque un poco confundida, mientras yo me preguntaba qué sentiré ahora que sé que es virgen , A qué sabrá una pobre alma pura e inocente
—Está bien. Lo que tú quieras.
La guié hacia la habitación trasera. La luz era más tenue ahí. Todo estaba preparado. Ella no lo sabía. No veía lo que yo veía.
—Ven —dije, tomándola de la mano—. Déjame mirarte.
Se quedó quieta mientras la recorría con la mirada. Su piel, su forma, la forma en que respiraba, viva, cálida, mía. Sentí algo despertar dentro de mí, oscuro y fuerte, una necesidad que no sabía poner en nombre. Me acerqué y pasé un dedo suavemente por su brazo. Ella cerró los ojos, disfrutando el contacto.
—Eres perfecta —murmuré—. Tan delicada. Tan… mía.
—Tuya —repitió ella, sin saber lo que decía de verdad.
Saqué lo que tenía preparado. No fue de golpe. Fui suave. Le dije que quería verla, tocarla, conocerla entera. Ella confió. Se dejó guiar la vi completamente desnuda y me excité Pero no por la manera que piensan simplemente solo de pensar cómo se vería su sangre correr en ese cuerpo perfecto que tenía , me acerqué a ella y La besé Y cuando la primera punta rozó su piel, apenas una línea superficial, ella abrió los ojos con sorpresa.
—¿Elian…?
—No tengas miedo —dije, con voz que yo mismo no reconocía—. Solo déjame ver. Déjame sentir.
Salió rojo. Brillante, caliente, lento. La vi caer, gota a gota, y algo dentro de mí se tensó con una fuerza que me hizo contener el aliento. No era solo la sangre. Era el control. Era saber que su vida estaba en mis manos. Que yo podía detenerla o dejarla fluir. Que nadie en el mundo tenía ese poder sobre ella excepto yo.
—Duele un poco… —susurró ella, con voz temblorosa.
—Lo sé —respondí, acercándome más—. Pero mira qué hermoso es. Eres hermosa así.
Me miró con miedo empezando a asomar en sus ojos.
—¿Elian… qué estás haciendo?
—Conociéndote —dije, trazando otra línea fina sobre su piel—. De verdad. Como nadie te ha conocido jamás no pude resistir e hice varios cortes más todo superficiales pero lo suficientemente profundo para deleitarme con ella.
Más sangre. Más rojo. Más vida derramándose despacio. Y con cada gota, algo en mí crecía. Me excitaba. La verdad me quema admitirlo, pero sí. Verla así, vulnerable, mía, sufriendo por mi mano… me hacía sentir poderoso. Me hacía sentir vivo.
—Por favor… —suplicó, con lágrimas empezando a brotar—, no me hagas más daño… te lo ruego…
—No me pidas eso —dije, y mi voz sonó áspera, dura—. No me pidas que pare.
Cuando menos pensé solo verla en esa situación ,ver cómo me rogaba, ver la cara que tenía y ver toda esa sangre sentí mi entrepierna ponerse dura, no pude resistirme me senté en la cama y poco a poco desabroche el botón de mi pantalón y empecé a masturbarme, solo verla llorar y verla en esa situación tan vulnerable necesitaba cada vez más,
Estaba a punto de terminar cuando Solo escuché que ella Habló