Llegué a la granja justo cuando el sol se desvanecía. Entré despacio. El silencio me recibió denso, espeso. Subí las escaleras y me detuve en el umbral de la habitación.
Giselle estaba de pie, inmóvil, junto a la cama. Lía no se movía. Estaba allí, en el suelo, y el aire olía a hierro y a algo roto. Giselle giró hacia mí con los ojos desorbitados, como si no pudiera creer que estaba ahí. Tenía las manos manchadas, temblándole todo el cuerpo.
—¿Qué hiciste? —pregunté, con la voz quebrada, los ojos muy abiertos, fingiendo horror—. Giselle… ¿qué hiciste?
Ella dio un paso hacia mí, desesperada.
—No quería… ella… iba a llevarte… dijo que tú me necesitabas lejos… no supe qué hacer…
Me acerqué despacio, sin apartar la vista del cuerpo, y la tomé entre mis brazos. Ella se desplomó contra mí, sollozando sin consuelo.
—Tengo miedo, Elian… no sabía cómo… no pensé que…
—Shhh —le acaricié la espalda, besándole la cabeza—. Ya pasó. Estás conmigo. Yo te ayudo. No estás sola.
Se separó un poco para mirarme, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—¿No me odias?
—Jamás —le acaricié la cara—. Sé por qué lo hiciste. Tenías miedo. Miedo de perderme. Eso no es maldad… es amor. Un amor que te desbordó.
La besé entonces, despacio, profundo, y ella respondió con desesperación, agarrándose a mí como si yo fuera lo único firme en el mundo. La guié hacia la cama. La acosté. Y mientras la tocaba, mientras la hacía mía, no aparté la vista de lo que había en el suelo. Cada vez que miraba el cadáver, ella se estremecía más, y yo me endurecía, me prendía más, la hacía sentir que éramos uno solo, que lo que había hecho nos unía para siempre.
—Lo hiciste por nosotros —le susurraba al oído—. Nadie nos separará jamás. Eres mía. Solo mía.
—Solo tuya —repetía ella, entre gemidos y lágrimas—. Siempre tuya.
Terminamos abrazados, sudados, respirando entrecortado. Miré el reloj.
—Diez minutos —le dije, suavemente—. En diez minutos llegan.
Ella se incorporó, asustada.
—¿Quién?
—La policía —dije, acariciándole la mano— ya saben que tú te llevaste a Lía Saliste por las cámaras
Sus ojos se llenaron de confusión.
—¿como saben que estoy aquí ?
Mire como su miedo se apoderaba de ella y solo repetía Tú estás aquí conmigo Qué vamos a hacer ,No estoy sola
Y ahí por fin me pude darme cuenta A qué punto puede llegar una persona que está completamente manipulada y que la controlan esa sensación me excitaba más y me hacía pensar, verla tan vulnerable indefensa Me encantaba
La tomé de la barbilla, mirándola a los ojos con ternura infinita y le dije te amo Giselle.
necesito que me ates, Giselle. Que me encadenes a la cama con esas cadenas que tienes. Que vean que yo no pude irme. Que tú me tienes , Para que sepan que yo también estuve aquí. Que no te escapaste. Que estuvimos juntos.
—¿Y si me llevan? —susurró.
—Me llevas contigo en el corazón —le besé los labios—. Les diré todo. Les diré que me amabas tanto que no podías dejarme. Que tenías miedo de que me alejara. Que todo lo hiciste por protegernos. Ellos lo entenderán. Y yo te esperaré. Toda la vida si hace falta. Pero necesito que me ates. Ahora. Antes de que lleguen.
Dudó un segundo. Luego asintió. Tomó las cadenas. Me ató las muñecas a la cabecera, fuerte, segura.
—¿Duele? —preguntó, con voz tierna.
—No —le sonreí—. Me siento seguro contigo.
Se sentó a mi lado y me acarició la cara.
—Siempre te voy a cuidar —prometió—. Nadie te hace daño. Nadie te aleja de mí.
Las sirenas empezaron a escucharse a lo lejos. Giselle se levantó, pero no huyó. Se quedó de pie junto a la cama, mirándome, con una sonrisa extraña, dulce y rota a la vez.
—Ya vienen —dije—. No huyas. Quédate. Diles la verdad. Todo lo que sientes.
La puerta de abajo se abrió de golpe. Pasos. Voces. Subieron las escaleras. Cuando entraron, se detuvieron de golpe.
El cadáver en el suelo. Giselle de pie, mirándome. Y yo, amarrado a la cama, despeinado, con la cara de quien ha vivido un infierno.
—¡Aquí! —gritó uno—. Tenemos al sospechoso y al rehén.
Se acercaron a Giselle. Ella no opuso resistencia. La tomaron de los brazos para esposarla y entonces soltó una risa suave, extraña, que heló la sangre de todos. Me miró a mí, con los ojos brillantes de amor puro.
—No se preocupen —les dijo a los policías, sin dejar de mirarme—. Lo hice por él. Todo. Las otras… ella le hacían daño. Le iban a quitar. Él es mío. Siempre.
—Vámonos —le dijo el oficial.
La sacaron. Ella caminó mirándome hasta que la puerta se cerró. No gritó. No se defendió. Solo repetía: "Lo amo. Todo lo hice por su bien".
Se quedaron dos oficiales conmigo. Empezaron a desatarme.
—Tranquilo, joven —dijo uno—. Ya está a salvo.
Cuando me soltaron, me froté las muñecas y bajé la cabeza. La voz me salió temblorosa, quebrada, tan real que hasta yo me lo creí.
—No sé cómo llegamos a esto —susurré—. Todo iba bien… y de pronto… me dijo que tenía que cuidarme. Que nadie podía acercarse. Que todas las chicas que me miraban eran una amenaza.
Me callé un momento, tragando con dificultad.
—Me ató a la cama. Me dijo que así nunca nos separaríamos. Que Lía… que Lía era la última. Que ya nadie nos estorbaría. No pude detenerla. Lo intenté… pero me amenazó. Dijo que si me oponía, me llevaba con ella.
El oficial me puso una mano en el hombro.
—No tiene la culpa. Usted fue la víctima aquí.
Levanté la vista, con los ojos llenos de lágrimas que no derramé.
—La quise tanto… y ella… se rompió.
—Descanse —me dijeron—. Mañana le tomamos su declaración completa.
Asentí. Me quedé solo en la habitación, mirando la puerta por donde se la llevaron. Me acerqué a la ventana y vi cómo subían al coche patrulla. Ella iba mirando hacia adelante, sonriendo levemente, como si supiera que la esperaba algo hermoso.
Me quedé allí, de pie, en el silencio que había construido pieza por pieza. Nadie me había visto. Nadie me había oído. Yo era el chico dulce, el chico bueno, el chico que sobrevivió a quien más lo amaba.
Me acaricié las muñecas, donde las cadenas habían dejado marcas leves. Dolían. Y me sonreí. Perfecto. Todo perfecto.
—Descansa, Giselle —susurré—. Gracias por protegerme.