Existían 2 posibilidades: que Rainer esté muerto o que antes del derrumbe haya logrado transferir su consciencia al núcleo intelectual del droide, previendo la catástrofe que se avecinaba, tal como habría ocurrido, muchos siglos antes, con aquel emperador precolombino según un documento que Rainer conocía y que analizaba frecuentemente a través de una copia que nadie le autorizó a obtener.
Porque el último sitio en el que el droide fue localizado era muy cercano a la fosa en la que estaba escondido el terrible submarino atómico, cuyo uso había sido prohibido por el Área de Regulación de la OTAN, razón por la cual Rainer, su irresponsable comandante, fue destituido de las fuerzas armadas. Rainer se había autoproclamado el dueño de ese vehículo, se sentía orgulloso de él y de la desaparición del archipiélago provocada por uno de sus misiles, y la cual rubricó su destino militar.
Y también existía otra posibilidad, mucho más rebuscada: que sea la consciencia del emperador la que haya logrado transferirse a ese núcleo intelectual desde el núcleo original, el que estaba retratado en el documento y que formaba parte de un armazón milenario del cual, supuestamente, sólo había quedado un dedo de oro.
Teorías, conjeturas, que se encendían y se apagan en la mente de Kent como luces navideñas, mientras esperaba, entre ese montón de refugiados, el desenlace. Sí, todo era probable, todo era comprensible y justificable, y a la vez no. Cualquier cosa pudo haber ocurrido, y cualquiera podría ocurrir, en cualquier momento...
Lo único cierto era que había una mente en ese núcleo, y ya sea la puramente artificial, o la de Rainer, o la del antiguo emperador, cualquiera de las tres tenía alguna razón para aspirar a la extinción del género humano.
Editado: 01.10.2026