La mente entre los paneles de metal

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La concurrencia se había tranquilizado otra vez. Pero la paz, en ese sitio, tenía un aspecto lóbrego y desesperante que generaba en Kent la necesidad de que vuelva a producirse algún alboroto. Room había desaparecido, y entre los refugiados empezaba a divagar con bastante frecuencia la figura lánguida y estrecha de Jeremy. Fast, en cambio, aún no se hacía presente, y eso no era una buena señal.

Estaban en un territorio alto. Otra vez por encima de la población, pero por lo menos allí no había nieve, aunque al anochecer se notaba el descenso brusco de la temperatura. El frío, la altura... Kent ya no quería volver a encontrarse con otra combinación de esos dos elementos. Su experiencia en el Everest le había resultado casi traumática, incluso antes de su tremebundo desenlace.

Y Fast, que no aparecía... ¿Se había arrepentido? Posiblemente, pero había una posibilidad peor: que se esté ocupando de otro asunto, de una situación urgente e inesperada que deba ser controlada de inmediato.

Pensó en los neurones. ¿Pero por qué una maquinaria tan poderosa necesitaría de la ayuda de aquellos autómatas menores? ¿Y por qué habría ido también en busca de un arma nuclear a lo más profundo del océano?

No tenía necesidad de hacerlo, salvo que esté herida, que haya sufrido algún desperfecto que le impida desplegar todo el poder de su propia constitución. Y, en tal caso, se entendería también que aún se mantenga escondida y que no se arriesgue a una confrontación directa con la humanidad, y que haya utilizado la temible función para manipular la mente artificial de los neurones y no directamente la de los humanos, porque quizá algo se lo esté impidiendo.

Pensó, pensó, consideró posibilidades, mientras a su alrededor la multitud callaba y aguardaba. Nadie se animaba a aventurar algún plan a seguir, o siquiera una hipótesis, pero todos tenían la misma sensación, la sensación de que algo terrible estaba a punto de desatarse contra ellos, mientras la claridad del día se desvanecía nuevamente y aquellos lejanos e inexplicables estruendos también cesaban, detonaciones que acaso ya habían cumplido su objetivo, que ya no necesitaban destruir más que lo que ya habían destruido.




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