Legalmente mío #1

Capítulo 27

Capítulo 27:

❝Qué "oportunos" todos❞

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ஜChristian Teixeiraஜ

No pude evitarlo. Fue algo instintivo. Como si lo hiciera cada día. Como una costumbre que disfruto.

Y maldita sea que lo hago.

Rozar con mis dedos su piel fue... un instinto que no quise dejar pasar. Es demasiada tentación. Demasiada son las ganas que le traigo a mi esposa, en todos los sentidos. Por eso estoy dispuesto a aclarar todo este asunto entre nosotros. Planeo confesarme sin excusas ni titubeos, sin dejar espacio para dudas ni malas interpretaciones.

Pero, ¿qué le pasa al destino que no quiere que me confiese? Cuando se disculpó por lo de anoche, pude haberle dicho que la amo como jodido loco y que la quiero en mi vida sin un maldito contrato de por medio, que quiero construir un futuro y una familia con ella, que quiero llegar a viejo de su mano mientras vemos a nuestros hijos y nietos hacer sus vidas.

Pero en ese momento, ese instante en que parecía que el universo estaba a mi favor para declararme, mi esposa decidió huir a su habitación para arreglarse para la cena con los Davis, no sin antes mandarme a hacer lo mismo como si fuera un niño... quizás su mascota.

Sonrío como idiota frente al espejo mientras acomodo mi corbata.

Puedo ser su mascota si ella lo quiere.

—Estoy completamente loco —murmuro para mí mismo, escuchando su voz desde afuera preguntando si ya he acabado—. Sí, ya he...

Frunzo el ceño antes de volver a sonreír a mi reflejo y deshago el nudo de mi corbata. Agarro el saco sin estrujarlo y salgo de mi habitación, topándome con mi esposa.

Se me va el aliento. Literalmente.

Lleva un vestido Gucci blanco ceñido hasta la cintura, con vuelos que caen suavemente. Los tirantes son medianos y se amarran en forma de lazos sobre sus hombros. La longitud del vestido es corta, a mitad de los muslos, mostrando sus preciosas piernas de modelo. Lleva una chaqueta en un tono lila, desabrochado sus botones dorados que hacen juego con el dorado de la marca Louis Vuitton plasmada en su cartera de mano lila, y las hebillas de cierre de sus zapatos blancos de tacón alto y punta cuadrada.

Su cabello va recogido en un moño alto, que da la impresión de estar flojo, con un par de mechones cayendo a ambos lados de su rostro, apenas maquillado.

¿A qué sabrá el gloss que llevan sus labios?

—¿Qué pasa? —Su voz me saca de mis pensamientos y la veo mirarse la ropa con el ceño fruncido— ¿Me veo mal?

—Todo lo contrario —murmuro, avanzando hacia ella—. Te ves jodidamente guapa, minha esposa.

Al oírme, el leve rubor que se había puesto se intensifica por el sonrojo natural en sus mejillas.

—Yo... —balbucea, incapaz de sostenerme la mirada hasta que nota la corbata en mi mano— ¿No estabas listo?

Buen cambio de tema.

—Me faltaba la corbata —se la ofrecí con una pequeña sonrisa, ante su mirada cargada de sorpresa—. Esperaba que tú me la pusieras.

—Tienes manos y conocimiento suficiente —el nerviosismo la delata en su risa y en el par de pasos que retrocedió—. No lo necesitas.

A pesar de su rechazo, no me lo tomo como tal. Sus reacciones son suficientes para darme una pequeña esperanza de que no le soy indiferente. Sin embargo, algo la sigue frenando.

¿Qué es lo que la retiene?

—No lo necesito, tienes razón —avanzo hacia ella, eliminando toda la distancia que nos separaba—. Quiero que mi esposa me ponga la corbata.

Abre sus ojos como platos, su boca entreabierta por la sorpresa. Intenta hablar, pero nada le sale. Solo mira de la corbata en mi mano hacia mi rostro y luego al suelo.

—¿Puedes ponerme la corbata, minha esposa? —pregunto, sin borrar la sonrisa de mis labios.

—Está bien, te la pongo —nerviosa, me quita la corbata de las manos—. Pero no digas esas cosas así.

Con un leve temblor en sus manos, me coloca la corbata y empieza a hacerle el nudo. Pongo mis manos en su cintura y noto nuevamente la sorpresa teñida en su rostro y la tensión evidente en su cuerpo. Cuando me inclino hacia su oído, sus manos se detienen por un instante.

—¿Por qué? —susurro, notando como su piel se eriza al sentirme tan cerca— Estamos solos.

El momento justo para confesarme.

—Precisamente por eso —con rapidez acaba de atarme la corbata y retrocede, sin dejar de mirarme—. No hay necesidad de actuar cuando nadie nos mira.

Alzo una ceja, viéndola fingir que no le causo absolutamente nada.

—¿Crees que estoy actuando?

Ella guarda silencio. Yo estoy dispuesto a soltarle todo. Pero parece que ahora tampoco es el momento.

—Disculpen que les interrumpa —Nana nos mira con una sonrisa de disculpa—. El señor Davis está esperándolos abajo.

—¿Sebastián está aquí? —Ashley le pregunta con extrañeza.

—Vaya, al parecer tenemos escoltas durante el camino.

Ante mi ironía, Ashley reprime una risa y tras darme una mirada nerviosa, baja a la planta inferior a saludar a su amigo.

Suelto un suspiro, con las manos en la cintura en forma de jarra mirando al techo.

—¿No podías darnos un momento, universo?

No. Definitivamente no podía darme tiempo a decirle todo.

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El silencio en el comedor de los Davis no era incómodo, pero tampoco era lo contrario del todo. Simplemente estaba ahí presente, existiendo. Mientras todos cenábamos, de vez en cuando mirándonos la cara con bastante brevedad.

Habíamos llegado poco menos de media hora, tuvimos una breve charla tras las debidas presentaciones de Ashley y los Davis. Yo los conozco a todos. Mauricio e Ivanna son los padres de Sebastián, Samira y Saúl. León y su esposa Luna son sus tíos. También están los abuelos que viven en Sevilla, Oscar y Patricia.

Sebastián se dedica a la fotografía y trabaja en la empresa de su madre. Ivanna es la cabeza de Davis's Fashion Company, y su esposo maneja la vicepresidencia y las finanzas de dicha empresa.




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