Remnant: Wren

EL TURNO DE NOCHE

— ACTO I —

ESPAÑA

01

EL TURNO DE NOCHE

La comisaría de distrito de Villaverde olía a café quemado y a los años. Oliver Villa lo había notado desde el primer día, y once meses después seguía notándolo, lo cual probablemente significaba que nunca dejaría de notarlo. Se lo había mencionado una vez a Dante, quien le respondió que si eso era lo más raro que había encontrado en Villaverde, tenía suerte.

Oliver levantó la vista del formulario 17-B —Incidente Menor con Vehículo de Motor, tercero en la noche— y miró el reloj sobre la puerta. Las 2:14 de la madrugada. Faltaban cuatro horas y cuarenta y seis minutos para que terminara su turno.

—¿Qué miras? —dijo Dante Reyes desde el escritorio de enfrente, sin levantar los ojos de su propio papeleo.

—El reloj.

—El reloj no te ayuda. El reloj es tu enemigo.

—Gracias, Dante. Muy útil.

Dante Reyes tenía treinta y un años, seis de carrera, y la capacidad particular de parecer al mismo tiempo completamente relajado y perfectamente listo para actuar si era necesario. Era madrileño de tercera generación, hablaba con las manos, y había tomado a Oliver bajo su ala desde el primer día no por bondad exactamente, sino porque, según sus propias palabras, "un compañero nuevo desorientado es un compañero nuevo peligroso, y yo no quiero morir por tu culpa."

Se habían hecho amigos casi sin quererlo.

—¿Sabes lo que necesitas? —dijo Dante.

—Dormir.

—Café.

—Dante, ya llevamos tres.

—Cuatro.

Oliver puso el bolígrafo sobre el escritorio y se frotó los ojos. Había empezado en Villaverde en septiembre, transferido desde las prácticas de Vallecas. El capitán Riera lo había recibido con la entusiasta frialdad de alguien que acepta un paquete que no pidió: educado, eficiente, sin calor real.

—¿Por qué te metiste a policía? —le había preguntado Dante aquella primera semana, sentados en el coche patrulla frente a una panadería que cerraba tarde.

Oliver había pensado en su padre. En los papeles. En la cara de su madre cuando los agentes llamaron a la puerta aquel martes de lluvia.

—Para entender cómo funciona —había dicho.

Dante lo había mirado un momento y luego había asentido, como si eso fuera suficiente, como si entendiera que había más debajo pero que no era el momento.

Ahora, a las 2:14, Oliver firmó el formulario 17-B y lo puso en la bandeja de salida. Estiró los brazos sobre la cabeza, oyó cómo crujía algo en su espalda, y pensó que a los veintiséis años no debería haber crujidos.

El teléfono de la unidad sonó.

Dante lo miró. Oliver lo miró. Era el interno, el que usaba el patrullaje nocturno.

—Tu turno —dijo Dante.

—¿Por qué mío?

—Porque tú eres joven y yo soy sabio y los sabios no contestan teléfonos a las dos de la mañana.

Oliver lo descolgó.

—Villaverde, Villa al habla.

La voz al otro lado era de Carmona, uno de los patrulleros de la zona norte. Hablaba rápido, con ese tono particular de quien no sabe exactamente qué está reportando.

—Villa, tenemos... mira, tenemos una situación un poco rara. Encontramos a una niña.

Oliver cogió el bolígrafo.

—¿Menor no acompañada?

—Sí, pero... —Carmona bajó la voz, como si no quisiera que alguien lo oyera— No habla español. No habla nada que nosotros entendamos. Creemos que es inglés. Y Jiménez dice que tal vez algo más pero no sabe.

—¿Edad aproximada?

—Diez, doce. Difícil de decir. Está muy... oye, está muy descuidada. Los zapatos, tío. Los zapatos de esta niña están completamente destruidos.

Oliver ya se estaba poniendo de pie.

—¿Dónde la encontraron?

—Calle Pradillo, junto al parque. Estaba sentada en el bordillo. No lloraba ni nada. Solo... sentada.

—Bien. Tráiganla. Voy avisando a Servicios Sociales.

—Villa —dijo Carmona, y había algo en su tono— Ya avisamos. Dijeron que hasta las ocho no pueden mandar a nadie.

Oliver miró el reloj. Las 2:14. Cinco horas y tres cuartos.

—Bien —repitió—. Tráiganla. Yo me encargo.

Colgó y se quedó un momento de pie, con el bolígrafo en la mano. Dante lo miraba desde el otro escritorio con algo que no era exactamente curiosidad pero que se le parecía.

—¿Una niña? —dijo.

—Una niña. Sola, no habla español, muy descuidada.

—¿Y te llaman a ti porque...?

—Porque hablo inglés.

Dante se recostó en la silla.

—Ah. El idioma te delató.

—Siempre.



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En el texto hay: supervivencia, militar, aventura accion

Editado: 11.10.2026

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