Remnant: Wren

WREN

02

WREN

La asistente social llegó a las ocho y cuarto, una mujer de mediana edad llamada Carmen Valls que tenía la competencia tranquila de quien ha visto muchas situaciones difíciles y la ha desarrollado no como distancia sino como un tipo particular de calma funcional. Revisó a la niña, hizo preguntas que la niña no respondió, y luego habló con Oliver en el pasillo con la voz baja y los brazos cruzados.

—Físicamente está bien —dijo—. Desnutrida levemente, deshidratada, los pies tienen ampollas pero nada grave. Pero ese silencio... —Hizo una pausa—. No es mutismo selectivo típico. Es algo diferente. Esta niña está evaluando constantemente.

—Lo noté —dijo Oliver.

—¿Habló algo?

—Nada. Ni una sola palabra en toda la noche.

Carmen Valls asintió despacio.

—Vamos a necesitar una intérprete oficial. Y un psicólogo especializado. Pero hasta que encontremos quién es, legalmente no puede irse a ningún centro, tiene que quedarse bajo supervisión policial o en custodia provisional.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que la identifiquemos o hasta que aparezca algún familiar. —Una pausa—. ¿Búsquedas?

—Negativas. No existe en ningún registro.

Carmen Valls miró hacia la sala donde estaba la niña. A través del cristal de la puerta podían verla: sentada en la misma silla, con la espalda recta, mirando algo en la pared con una concentración que parecía casi meditativa.

—Llámame si cambia algo —dijo Carmen—. Y Oliver... —Lo miró directamente—. Sé cuidadoso. Esta niña viene de algún lugar. Y ese lugar, sea cual sea, no es un lugar normal.

Oliver pensó en los zapatos.

—Lo sé —dijo.

El capitán Riera llegó a las nueve. Era un hombre de cincuenta y dos años con el pelo plateado y una capacidad extraordinaria para hacer que cada conversación pareciera una evaluación de rendimiento. Escuchó el resumen de Oliver con los brazos cruzados y una expresión que no revelaba nada.

—Menor no identificada, origen desconocido, no habla —repitió, como si estuviera transcribiéndolo.

—Correcto.

—¿Alguna hipótesis?

—Podría haber escapado de alguna situación doméstica. Los registros de desaparecidas no dan nada, pero eso a veces significa que la situación de la que escapó no quería que la encontraran.

Riera lo miró un momento.

—Mantenla aquí de momento. Sigue intentando comunicarte. Si en cuarenta y ocho horas no tenemos nada, la transferimos a custodia de menores.

—Sí, capitán.

Riera se fue. Oliver se quedó mirando su escritorio y la sensación vagamente incómoda de que algo en esa conversación había sido ligeramente... calculado. Pero no sabía qué ni cómo explicarlo, así que lo dejó estar.

Dante apareció a su lado con dos cafés.

—¿Y?

—Cuarenta y ocho horas —dijo Oliver.

—Suficiente para algo. —Dante miró hacia la sala—. ¿Va a comer algo real?

—Le traje una barrita de cereales a las tres de la mañana.

—Eso no cuenta como real.

—Sé que no cuenta.

Dante puso los dos cafés sobre el escritorio de Oliver y fue a buscar algo de la máquina expendedora: un sándwich envuelto en plástico de dudosa frescura y un zumo de naranja. Los puso sobre una bandeja de cartón y se los llevó a la niña con la naturalidad de quien no está haciendo nada especial.

Oliver lo observó desde la puerta. Dante puso la bandeja frente a la niña, dijo algo en español que claramente ella no entendió, y luego, con perfecta mímica, señaló el sándwich, se llevó una mano imaginaria a la boca y masticó con exageración. La niña lo miró. Luego miró el sándwich. Luego, inesperadamente, hizo algo que Oliver no había visto antes: el más mínimo asomo de algo que casi podría haber sido una sonrisa. No llegó a serlo del todo. Pero estuvo cerca.

Dante volvió satisfecho.

—Tiene sentido del humor —dijo—. Eso es buena señal.

Oliver pasó la mañana al escritorio, entre llamadas y papeleo, con la puerta de la sala entreabierta para poder verla. La niña comió el sándwich. Bebió el zumo. Luego volvió a su quietud particular, que no era aburrimiento sino algo más parecido a la espera. Como si estuviera esperando que algo pasara o que alguien demostrara ser lo que decía ser.

A las once y media, Oliver entró con otro café para él y un vaso de agua para ella. Se sentó en la silla del lado, la misma posición de la noche anterior: al lado, no enfrente.

Sacó del bolsillo un cuaderno pequeño y un bolígrafo.

—Voy a intentar algo —dijo en inglés—. No tienes que responder si no quieres. Pero si hay algo que quieres decirme, puedes escribirlo. O dibujarlo. Lo que sea.

Puso el cuaderno y el bolígrafo sobre el escritorio, entre los dos, en territorio neutral.

La niña los miró. Miró el cuaderno, miró el bolígrafo, y luego lo miró a él con esos ojos que medían y registraban.



#124 en Ciencia ficción
#1525 en Otros
#290 en Acción

En el texto hay: supervivencia, militar, aventura accion

Editado: 11.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.