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OFICIAL
Tres días después de la visita al cementerio, Oliver recibió una llamada en su teléfono —el nuevo, que Axil le había proporcionado junto con la explicación de que el viejo seguía en Madrid siendo inútil— desde un número que no reconoció.
Contestó.
—Villa —dijo la voz. La misma de siempre: calma entrenada, sin acento identificable.
—Corvus.
—Me alegra que conteste. ¿Tiene un momento?
—Tengo todos los momentos. Estoy de baja técnicamente.
—Sí, lo sé. Por eso llamo ahora y no después. Cuando vuelva al trabajo su agenda va a ser... complicada, con el proceso de Riera y el informe que va a tener que dar.
—Lo sé.
—Bien. —Una pausa—. Hay algo que quiero ofrecerle. No ahora mismo. Cuando esté listo. Cuando los procesos formales de su situación estén resueltos.
—Adelante.
—Axil tiene posiciones de campo. No muchas, y no para todo el mundo. Requieren personas que puedan moverse entre jurisdicciones, que hablen idiomas, que tengan la clase de juicio que no viene del entrenamiento sino de algo anterior.
Oliver miró por la ventana de su apartamento. La calle de Villaverde, las farolas naranjas, el edificio de enfrente que necesitaba una mano de pintura.
—¿Me está ofreciendo trabajo?
—Le estoy ofreciendo una conversación sobre la posibilidad. Es diferente.
—¿Qué pasaría con mi trabajo actual?
—Eso es un detalle que los dos sabemos que tiene solución.
—¿Y Mei?
Una pausa.
—La investigadora Jang es un asunto de su gobierno. —Otra pausa—. Aunque si ella decidiera explorar opciones diferentes, Axil no tendría objeción a esa conversación también.
Oliver pensó en Mei diciéndole por Madrid con esa sencillez que no necesitaba elaboración.
—¿Las dos entidades? —dijo Oliver—. ¿Qué pasa con ellas?
—Siguen en la instalación de Nueva Zelanda, bajo supervisión médica. El doctor Havelock dice que el progreso es extraordinario. —Una pausa—. Usted puede seguir teniendo acceso, independientemente de lo que decida sobre lo demás. Eso no está condicionado a nada.
—¿Por qué?
—Porque se lo prometió a ella. Y porque Axil entiende que algunos compromisos son más importantes que cualquier acuerdo institucional.
Oliver guardó silencio durante un momento.
—¿Por qué me está haciendo esta oferta, Corvus?
—Ya se lo dije. En el comunicador, la primera noche. Porque usted pasó dieciséis días con esa niña sin intentar usarla para nada.
—No voy a dejar de hacer eso.
—Lo sé. Por eso lo estoy llamando.
Otra pausa.
—Piénselo —dijo Corvus—. No hay prisa. Pero pienso que usted sabe que lo que pasó en esa instalación en Sydney no es un evento aislado. Hay más Kronovus. Hay más Wren en el mundo que nadie está buscando todavía. —Una última pausa—. Hasta luego, Villa.
La línea se cortó.
Oliver se quedó con el teléfono en la mano, mirando la calle.
Dante llamó diez minutos después, porque era Dante y su timing era siempre el de las personas que aparecen cuando uno acaba de terminar de pensar algo importante.
—¿Estás en casa? —dijo Dante.
—Sí.
—Bajo en cinco minutos. Traje café de la máquina nueva. Dicen que es mejor.
—¿Quién dice?
—Nadie importante. Pero vamos a probar.
Oliver sonrió a pesar suyo.
—Cinco minutos —dijo.
Colgó. Miró la calle de nuevo.
Luego sacó del bolsillo la foto de su padre y el dibujo de Wren, los dos doblados juntos ahora, y los puso sobre la mesa junto al teléfono.
Fue a la cocina a buscar tazas.
Y en algún lugar al sur, a miles de kilómetros, las dos entidades que llevaban el nombre de Wren Villa aprendían —despacio, con paciencia, con la gentileza de algo que sabe que está en terreno nuevo— lo que significaba existir.
Afuera de la ventana, la calle de Villaverde seguía siendo exactamente la misma que siempre.
Y Oliver Villa, policía, fue a abrir la puerta.